Los Siglos Amándote

|Te encontré... Otra vez|

Actualmente:

—¡Einar! ¡Dale! ¿Qué tanto mirás?

Llamaba un chico hacia otro. El pelinegro había quedado observando como aquél chico albino que había ingresado a la secundaria se había quedado totalmente paralizado viéndolo. Einar tuvo su tiempo para analizarlo: El albino llevaba el uniforme completo, limpio como si hubiera sido ya lavado horas antes del horario de entrada. El cabello corto, como el corte de una mujer; estaba desordenado, aunque en su lugar. Raramente presentaba una que otra cicatriz en la cara, una de las más notorias era una vertical que llegaba hasta la mitad de la mejilla y que causaba un poco la caída del párpado inferior. Estaba paralizado, agarrando nerviosamente una de las tiras de la mochila. Era extraño.

—¡Dale! Die' horas ahí parado. —Un chico de cabellos tan claros que muy difícilmente podían decirle "castaño" agarró del brazo a Einar.

—Uh, loco. No me dejás ni mirar —Se quejó el pelinegro.

—¿Y qué era? —Preguntó el chico, todavía fastidiado.

—Uno nuevo, se notaba —Explicó el muchacho —. Ese parecía cloro, Genaro, todo blanco.

—¿Albinismo? —Preguntó tímidamente la chica que los acompañaba. Ella iba callada con ellos, como si tan solo fuera sombra.

—Sí, eso —Respondió Einar.

Ellos continuaban charlando mientras caminaban serenamente por los pasillos.

Pero para Aiken...

Apenas observó al pelinegro, se quedó paralizado. Ya han pasado siglos que lo iba reencontrando, pero el destino cruel siempre volvía a recaer sobre ellos. La maldición los había atado, sin saber qué más hacer al respecto. Al mirarlo, en el pecho de Einar brillaba una tenue luz dorada que él quizás no veía pero que sí estaba.

Cuando ese chico se cabello castaño se llevó tironeando del brazo a Einar, sintió que se le inundaban las ganas de retirarse de ahí. Ya no quería volver a repetir ese ciclo de muerte que los arrastraba. Era horrible solo pensar que la maldición los hacía volver a encontrarse cada vida solo para hacerlos sufrir. Porque Einar, por cada siglo que pasa no lo reconoce mientras que él sí lo recuerda.

Guarda en su memoria su risa, la manera de sonreír, sus ojos... Lo que el pelinegro olvidaba, el albino se lo guardaba con dulzura. En anteriores vidas fueron amigos muy unidos y ahora era volver a empezar de cero otra vez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.