La gran sala de reunión del palacio de Ardavan estaba cargada de una tensión casi palpable entre sus muros de piedra y paredes revestidas con paneles de madera tallada que exhibían grandes frescos de escenas de batallas, caballeros y estandartes ondeando bajo cielos encendidos.
El color rojo propio de la casa Ardent predominaba con un aire de territorialidad en cada esquina y llegaba hasta el techo, sostenido por vigas robustas de madera oscura.
Afuera, la ciudad murmuraba con el hambre creciente, barricadas improvisadas bloqueaban calles y mercados, y los motines comenzaban a desbordarse.
En la cabecera de la mesa, Amadeo Ardent, “El rey niño”, conocido así por haber tomado el trono a los 5 años, cuando su padre perdió el derecho a gobernar por matar a una persona en batalla. Ahora tenía 50 años, y era el líder del “Vínculo de Acero”. Era un hombre de cabello castaño claro que brillaba con el sol, unos feroces ojos oscuros capaces de mover los dados del mundo, y su sonrisa casi macabra no pasaba desapercibida.
El rey era conocido como despiadado, una fama merecida. Su porte imponía respeto y frialdad. Cada línea de su rostro mostraba años de estrategia y decisiones calculadas.
Su reino era basto y se expandía más allá de lo que los ojos podían ver, un gobernante en constante expansión, nadie quería ser su enemigo, aunque tampoco se le conocía amigos. Tenían el ejercito más grande del mundo, 20 mil hombres dispuestos a la batalla nunca perdían. Nunca.
—La última guerra nos ha dejado sin dinero —replicó con dureza Maelor Draveth, "El Rey Amado" de Dravakar.
Contemporaneo con Amadeo era lo opuesto a él, de rostro gentil, barba larga y cabello rizado castaño oscuro. Su presencia desataba una sonrisa cálida y amable en quienes lo miraban.
Era amado en su reino, el segundo más grande. Conocido por ser inteligente, justo, prudente. Su población era la más educada, sus calles las más limpias, era un reino de mercaderes, todo lo exportaban e importaba, su flota era basta como el mismo océano.
Tenía unos bellos ojos verdes esmeraldas que parecían medir el mundo como un tablero de ajedrez —Sin fondos no podremos sostener al pueblo.
—Sin esa guerra no tendríamos paz —dijo Amadeo, firme—. Nuestros reinos deben ser defendidos.
Maelor se apoyó en la mesa, dejando entrever su impaciencia.
—Eso es falso. Solo buscabas expandirte. Ahora los aldeanos mueren de hambre.
Desde un costado, Lucien, hijo de Amadeo, General en Jefe del ejército de Ardent y del Vínculo de Acero intervino:
—Las protestas se han tornado violentas. La gente levanta barricadas y bloquea el paso a nuestros generales que van a cobrar tributos.
—Mátalos —dijo Amadeo, como si la palabra fuera suficiente para ordenar la muerte.
Lucien frunció el ceño con un destello de humanidad. Era uno de los cinco hijos del rey, un joven de 29 años que heredo la belleza y elegancia de su madre. Con unos ojos violetas casi irreales, y un cabello castaño claro perfectamente peinado, tenía la prudencia que carecía su padre, el respeto de todos los reinos y su gente, pero la mano filosa de un general que no le costaba tomar decisiones.
—Eso es una locura. No podemos asesinar a nuestra gente. Nos quedaríamos sin trabajadores ni soldados.
En el extremo opuesto se alzaba Leontes Valhar, “El Rey Hermoso”, del reino de Valharik.
El más joven de todos: apenas diecinueve años, y una actitud tan relajada que rozaba la indiferencia. Su cuerpo, moldeado por entrenamientos pensados para guerras que nunca le interesó pelear.
Alto, llamativo, peligrosamente atractivo. Su cabello negro caía sin esfuerzo, como si incluso el desorden le obedeciera, y sus ojos grises, siempre cargados de un desinterés provocador, hacían sentir a cualquiera como algo pasajero.
No creía en causas, ni en lealtades, ni en futuros. Usaba su encanto como un arma ligera: miradas, sonrisas a medias, promesas que nunca pensaba cumplir.
Vivía para el instante, para la diversión sin consecuencias… y eso, precisamente eso, era lo que llevaba a Amadeo al borde de la ansiedad.
Pero seguía, no solo por la abundancia de oro, plata y toda clase de piedras preciosas que había en sus tierras, sino por la intrincada red de alianzas matrimoniales que su linaje había tejido durante generaciones. Era el único cuya riqueza se extendía más allá de los muros de su castillo; su sangre lo unía a otros pueblos, a otras coronas.
—Tienen un pésimo vino. No deberías ser anfitriones de estas reuniones.
—Tu reino es el más descontento —lo reprendió Amadeo—, fruto de tu pereza, están pasando más hambre.
Leontes encogió los hombros:
—En mi reino hay suficiente licor y diversiones. La gente olvidará que tiene hambre.
Amadeo lo miró con fría determinación.
—Hay otra forma de combatir la hambruna: tomar la Frontera Gris.
Leontes sonrió con picardía:
—¿Otra guerra? Amadeo, hay maneras más divertidas de morir.
—No tenemos dinero para financiar una guerra —intervino Maelor, apretando los labios.
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Editado: 26.03.2026