Los Sin Trono

2 - La Frontera Gris

El sol de la mañana se filtraba sobre los vastos campos de la Frontera Gris, tiñendo de oro los surcos de las cosechas y reflejando destellos sobre el manantial cristalino que daba vida a toda la región. Cada brizna de hierba parecía cultivada con precisión, cada árbol y cada planta estaba colocado con intención.

Arianne Acorath caminaba al son del viento que ondeaba su delicado vestido de gasa celeste, y movía su cabello negro con puntas grises. Era una mujer fuerte, de cuerpo definido por la disciplina, y la herencia de una madre con figura de reloj de arena. Sus ojos ámbar inspeccionaban cada brote y a cada trabajador.

La Frontera Gris era un mundo aparte, creado bajo la ideología de sus antepasados, durante años la han protegido de cualquier intento de tomarla, nadie allí estaba al azar, todos tenían su función clara y todos amaban ser parte de ese lugar.

—Este surco necesita más riego —dijo, señalando a un joven jornalero que llevaba un cubo de agua—. Y asegúrate de que la rotación de hoy no afecte las cosechas.

El joven asintió, nervioso por el tono firme pero justo de la voz de Arianne.

A su lado, su padre, Esteban Acorath, caminaba con la elegancia de un guerrero veterano. A sus cincuenta años, viudo, con cicatrices que hablaban de batallas pasadas, su porte era el de un hombre sabio, fuerte, un perfecto líder.

—Tus operativos recientes están funcionando —dijo él, rompiendo el silencio. Su voz era grave y pausada, pero con un filo que obligaba a escuchar cada palabra—No has levantado sospechas, ¿verdad?

—Ninguna —respondió Arianne, enderezando la espalda—. He cruzado la frontera cientos de veces y nadie nos ha detectado. Incluso el descontento por el hambre ha jugado a nuestro favor.

Don Esteban asintió, satisfecho, mirando el palacio soberano, una estructura circular de proporciones colosales coronada por una cúpula de oro bruñido. Arcos infinitos rodean su fachada, mientras que torres menores, como centinelas de marfil, flanquean el cuerpo principal.

Su diseño era único, tenía una población que dominaba de todo, desde la ingeniería como la estética, todo en la frontera estaba pensado con elegancia y funcionalidad, predominaba las piedras blancas, las juntas de oro y el manantial que pasaba por toda la basta región de unos 500 mil habitantes.

Junto a su padre suben las escalinatas largas y anchas que dividen la ciudad en dos, se alzaba en línea recta hacia el corazón del palacio. A los lados, los edificios se aferran a los riscos naturales de la montaña, integrando la roca natural con la piedra tallada. La frontera se alzaba cuesta arriba en círculos, aprovechando cada espacio.

Llegaron al comedor principal, una oda al mármol blanco, pulido con un suelo que parecía un espejo líquido, la luz natural entraba por una serie de arcos en herradura cuyos bordes están recubiertos de un oro bruñido. Sin paredes que lo separan del inmenso jardín de flores rosas, celestes y verdes.

En el centro, una mesa de banquete tallada en un bloque macizo de mármol, rodeada por unas sillas acolchadas blancas.

Don Esteban se apoya en uno de los arcos y mira con orgullo sus tierras.

Desde allí se veía la calle principal. Batallones de soldados marchan en formación perfecta, con su impecable uniforme blanco y dorado.

Todos caminaban de un lado a otro, haciendo sus cosas, en sus tierras no existían títulos, todo se ganaba con mérito. Las personas hacían lo que quisieran y si eran buenos ganaban dinero.

—Las cosechas están maravillosas — declara con felicidad, se gira y sirve un vaso de agua fresca —. Toma asiento, hija mía.

Arianne se acomodó.

Don Esteban suspiró, tomando asiento frente a ella. Sus manos, grandes y firmes, descansaban sobre la mesa.

—Ha llegado una carta del rey Amadeo Ardent. Quiere invitarnos al aniversario del Vínculo de Acero.

Arianne arqueó una ceja, su mirada ámbar chispeando con ironía.

—¿Por qué querrían eso?

—Están en crisis —dijo él —. Seguramente quieren acercarse, tal vez ganarse nuestra confianza o ver cómo me matan.

Ella recibe un vaso con agua con amabilidad de una de las asistentas — gracias

Dice con una sonrisa.

—Padre, no vamos a ir, ¿verdad?

—Debemos —insistió Don Esteban, serio, pero con un toque de humor—. Rechazar la invitación sería admitir que no queremos negociar.

—No queremos negociar —dijo Arianne, cruzando los brazos y girando ligeramente la cabeza.

—Sí, pero no podemos mostrarlo —respondió él, con un gesto calculador—. Debemos dejar que piensen que somos idiotas. Nadie sospecha de los idiotas.

—Padre, hemos liderado por 5 años una rebelión en contra de esas personas, ¿solo vamos a ir y comer con ellos?

—Si, es justo lo que vamos a hacer. Por qué si lo hacemos, ellos no van a sospechar que somos los lideres tras la rebelión. A los enemigos hay que tenerlos cercas, y si creen que somos amigos, es mucho mejor.

Arianne rodó los ojos, suspirando con un toque de exasperación:

—¿Va a estar el lujurioso de Leonte?




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