Arianne salió al carruaje, su vestido negro, caía con estructura impecable. El corpiño, bordado con filigranas doradas y el cinturón de piedras doradas, delineaba su silueta. En el centro de su pecho, una piedra de ónix como un corazón encendido. Las mangas, de gasa translúcida, caían con gracia.
Subió al carruaje donde su padre la esperaba, con porte impecable y la mirada firme, estaba envuelto en un traje azul con capa larga,
—Me voy a aburrir — dice ella de mala gana.
—Todos nos vamos a aburrir.
Esteban suspira para perder su mirada por la pequeña ventana.
El palacio se llenaba de asistentes. El príncipe Lucien, vestía un abrigo negro largo de corte imperial. La prenda caía con impecable estructura hasta debajo de las rodillas, ceñida al torso con precisión y abierta apenas lo necesario para permitir el movimiento. Bajo el abrigo unos pantalones igualmente oscuros, de corte recto y elegante, que se introducían con precisión dentro de unas botas altas de cuero negro pulido.
—¿Los Acorath, aceptaron venir? — Pregunta Caius inspeccionando el lugar.
—Si — responde Lucien
Alzan la vista y ven a Leonte bebiendo — se le ve feliz, para no gustarle el vino de estas tierras — dice Caius
—Trajo su propio vino.
Su relación con Caius era buena, lo admiraba como un gran tesorero y estratega, su mente era brillante, y a diferencia de sus padres, ellos no jugaban a dominio si no a unidad, mientras más personas valiosas tengas de tu lado, más probabilidades de ganar.
***
Ante sus ojos, Lucien era un hombre que tenía el encanto peligroso de quien sabe exactamente el efecto que causa, su porte erguido era naturalmente autoritario, como si la fuerza nació el mismo día que él. Sus ojos violetas eran casi hipnóticos, no había arrogancia en su expresión, sino un dominio propio peligroso.
Por su parte, Caius era un joven que combinaba la seriedad con la dulce juventud, su mirada analítica no dejaba de ser amable, tenia la elegancia de quien ha sido educado con valores de roble. Su cabello rubio lacio estaba sujeto en una cola, vestía la típica capa verde de la familia real de Dravakar y debajo un traje gris que resaltaba su piel brillante.
Apenas Arianne los vio los quiso matar con sus propias manos.
—No voy a poder hacer esto — dice dándose la vuelta.
Su padre la sujeta con delicadeza — Te quedas.
—Los odio a todos — le susurra.
—Y ellos nos odian a nosotros — le dice en el mismo tono.
Ella suspira y se suelta.
El sonido del violín amenizaba el ambiente, la comida pasaba de un lado a otro.
El gran salón se alzaba como el corazón pétreo del castillo, vasto y solemne, sostenido por hileras de columnas de piedra que formaban arcos perfectos a ambos lados. Las paredes, conservaban la textura áspera del tiempo.
—Este lugar es de mal gusto — dice Arianne al oído de su padre — es oscuro.
—No vinimos a criticar este horrible lugar — le dice en el mismo tono.
Desde el techo elevado colgaban enormes candelabros de hierro forjado, cargados de velas encendidas cuya luz cálida descendía como una lluvia dorada sobre el suelo ajedrezado en verde y marfil.
En los niveles superiores, balcones de piedra recorrían ambos lados, protegidos por barandillas talladas con detalle, por donde se asomaban personas que los veían de manera divertida.
—Parece que somos los invitados de la noche.
Dice Arianne a Esteban
—Así parece.
Banderines y estandartes de colores vibrantes colgaban entre las arcada.
Rojo para la casa Ardent; Verde para la casa Draveth y amarillo para la casa Valhar. Cada uno marcado con escudos y símbolos heráldicos que hablaban de linajes, alianzas y viejas batallas.
Al fondo, una mesa elevada con piedra y madera dominaba el espacio, reservada para la autoridad.
En ese caso los tres reyes estaban allí, junto a sus esposas.
En el centro se imponía el rey Amadeo, en su trono de acero y oro; a su derecha, Olivia la segunda una mujer delicada pero imprudente, de ojos marrones, sonrisa falsa y cuerpo delicado. Su piel oscura brillaba como una vela más. A su izquierda Bruna la tercera, una jovencita de unos 20 años, con la mirada baja y sonrisa tímida, de piel canela y cabello marrón. Ambas estaban vestidas como típicas mujeres del reino de Ardavan, con telas pesadas, ornamentadas con bordados de oro, telas que caían con pesadez, colores imponentes y coronas tan brillantes como las estrellas.
A la derecha el rey Maelhor junto a su eterna reina Sofía, una mujer cuya belleza rompía el aliento. Sofía era la elegancia hecha persona, de unos atrevidos ojos verdes esmeralda, que observaban a Arianne con curiosidad.
Su cabello rubio en diferentes tonos estaba recogido con perfección. El traje blanco era típico de su titulo de reina. Decorado con ornamentos de plata, destacaban unas mangas extraordinariamente largas, que caían con dramatismo, y un cuello alto que enmarcaba un rostro que envejece con lentitud y dignidad, pero en especial uno que aprendía cada día, y es que su verdadera fama era de reina hermosa e inteligente.
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Editado: 26.03.2026