Arianne cruzaba el salón con la elegancia precisa de quién baila sobre un tablero invisible. No miraba puertas, medía distancias. No contaba pasos, calculaba rutas.
Su padre sostenía la atención de nobles y consejeros con historias estratégicamente largas. Reía alto. Gesticulaba. Era una cortina humana.
Nadie debía notar cuando su hija desapareciera.
La carta había llegado antes del atardecer.
Un aliado en la rebelión exigía la presencia de ella, una situación importante se había salido de sus manos y necesitaba apoyo urgente. Arianne debía salir, cambiar su vestido por su traje de Adrián y huir antes de que el vino se acabara.
Cuando irrumpieron las mujeres danzantes con campanillas y telas brillantes, el salón se convirtió en un torbellino. Risas. Palmas. Distracción.
Perfecto.
Arianne se deslizó hacia el jardín.
La noche estaba fresca. Las murallas se elevaban imponentes, orgullosas, convencidas de su invulnerabilidad. Pero toda muralla tiene un punto de quiebre. Una piedra mal asentada. Una sombra que cubre lo que no debería.
Ella lo encontraría.
El jardín era tan complejo de entender como la razón por la cual esos tres reyes seguían trabajando juntos.
Se extendía amplio, silencioso, como si hubiera sido diseñado para pensar antes que para contemplar. A ambos lados, hileras de árboles altos y densos trazaban senderos que se bifurcaban con sutileza, formando un laberinto natural. No había muros visibles, pero uno podía perderse igual. Las copas se entrelazaban arriba, dejando que la luna descendiera en fragmentos, como si la noche filtrara la luz con cautela.
Carecía de flores. Todo era de un verde que parecía haber decidido no cambiar nunca. En el centro, donde los senderos convergían como venas hacia un corazón de piedra, había un pozo. Redondo. Antiguo. De bordes gastados, no tenía cuerda visible ni cubo colgando, solo la boca oscura abierta hacia abajo, no había monedas brillando en el fondo, solo sombra.
—La fiesta es dentro del castillo —dijo una voz firme detrás de ella—. No se admiten invitados en el jardín sin autorización.
Arianne se ergio y giró.
El príncipe Lucien.
No el rumor. No la leyenda. El hombre.
Se reverenció con precisión.
—Príncipe.
Él negó con la cabeza.
—No se reverencie. Soy más general que príncipe.
Ella frunció el ceño.
—¿No es el príncipe heredero Lucien?
—Soy el mayor —respondió con serenidad—, pero al dedicarme a la guerra, el heredero será mi hermano, Ivar.
Arianne asintió levemente.
—No se puede tenerlo todo.
Lucien la observó, intentando descifrar si aquello era ironía.
—Debe volver de inmediato a la sala. Las reglas dicen…
—¿Por qué hay protestas? —interrumpió ella con suavidad cortante—. Camino a su palacio las vi.
Él no parpadeó.
—Problemas menores.
—Escuché que tenían hambre. No me parece un problema menor.
Lucien se mantuvo erguido, firme como si estuviera frente a una formación enemiga.
—Le pido que regrese al salón.
Arianne inclinó ligeramente la cabeza.
—Si su pueblo tiene hambre, ¿una fiesta ostentosa es una forma de respetarlos?
Él sonrió con amabilidad calculada.
—No debe preocuparse. El reino tiene sus asuntos controlados.
Ella encogió los hombros.
—Interesante lo que llaman “controlado” en sus tierras.
Se dio la vuelta como si obedeciera y avanzó hacia el gran salón. Pero en el último momento giró hacía otro camino esperando despistarlo.
Era más intimidante en persona. No necesitaba alzar la voz para imponer silencio. Lo traía consigo. Ella había escuchado historias. Que era implacable en la batalla. Que avanzaba sin titubeos. Que incluso su propio ejército le temía más que al enemigo. No por crueldad gratuita, sino por disciplina. Por esa forma de mirar que no prometía salvación, solo resultado.
Sigue su camino buscando salir del laberinto verdoso, su objetivo era la muralla. Cuando llegó al final lo vio. De pie con los brazos cruzados y la mirada fija en ella.
Esos terribles ojos violetas que parecían más impenetrables que la misma muralla.
—El salón queda por allá — señala la puerta de ingreso
Arianne alzó el mentón.
—Se supone que soy la invitada de honor. Si quiero ver los jardines, ¿cuál es el problema?
—Es la invitada de honor en la fiesta. Y la fiesta es dentro.
Ella soltó un suspiro apenas audible.
—Debería relajarse un poco, general.
Intentó rodearlo.
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Editado: 16.04.2026