Arianne abandonó el salón con la excusa perfecta en los labios.
—He olvidado algo en el carruaje.
Nadie cuestionó a la invitada de honor. La música seguía vibrando, el vino corría como río generoso, y su padre la cubría con otra conversación interminable.
—Hubiera hecho esto desde el inicio — dijo mientras entraba al carruaje — me hubiera ahorrado la molestía de toparme con el general cara de muro.
El carruaje la esperaba en la penumbra exterior. El cochero vigilaba con la espalda recta, alerta como un centinela discreto.
—No espíe —le advirtió ella al subir.
Él se sonrojó de inmediato.
—Jamás haría algo así, mi señorita.
Arianne arqueó una ceja.
—Lo ha hecho varias veces.
—Nunca veo nada —murmuró, bajando la cabeza con genuina desilusión.
Dentro del carruaje, la transformación comenzó.
Se despojó del vestido con rapidez entrenada y emergió como Adrián.
Vestía como un hombre suspendido entre mercenario y noble menor.
La camisa de lino claro era amplia, de mangas abullonadas recogidas con firmeza en los puños. Ligera, pero pensada para moverse sin restricciones. Encima, el jubón de cuero oscuro se ajustaba a su torso con costuras marcadas que sugerían uso real. Una faja verde profundo ceñía su cintura, allí podría descansar una espada o una bolsa de monedas. Los pantalones oscuros no dejaban tela sobrante. Las botas altas, negras y firmes, hablaban de marcha y polvo.El sombrero ladeado completaba la figura.
A la final lucía como un hombre que podía mezclarse entre sombras, alguien común, de los que nadie ve, nadie teme.
La peluca rubia ocultaba su cabello. Lo más difícil era disimular la suavidad de sus facciones, ocultar sus pechos y endurecer su postura. Respirar distinto. Caminar distinto. Pero tenía cinco años en ese papel y tenia sus maneras.
—No se vaya lejos —le dijo al cochero al bajar—. Cuando vuelva, necesitaré el vestido.
Él asintió.
—La ayudaré a salir.
—¿Cómo?
El cochero miró hacia el palacio.
—Solo sígame el juego.
Arianne sostuvo su mirada.
Asintió.
El cochero llamó a uno de los asistentes del castillo.
—Encontré a este chico merodeando por el palacio —anunció con fingida molestia.
El guardia se acercó con expresión áspera.
—¿Cómo entraste?
Arianne bajó el mentón, endureció la voz.
—Necesito hablar con el rey. Es urgente.
No hubo advertencia.
El golpe llegó brutal, seco, lanzándola contra el suelo de piedra. El impacto le robó el aire.
El cochero quedó helado.
No esperaban esa respuesta.
—El chico solo tiene hambre —intervino el cochero—. No hace falta…
—Tenemos órdenes del rey —cortó el guardia—. Golpear o matar a los merodeadores.
La levantó con rudeza. El dolor estalló en su clavícula como fuego concentrado. Iba a golpearla de nuevo.
—¡Si así tratan a su pueblo, llamaré a mi amo y nos iremos de inmediato! —exclamó el cochero, indignado.
El guardia vaciló.
La amenaza no era pequeña. Si algo pasaba por su culpa, podría meterse en un buen problema.
—Que se largue —gruñó al final.
Arianne se apartó, adolorida. Cada respiración punzaba.
Salió del perímetro del palacio conteniendo el gesto. No debía encorvarse. Adrián no se encorvaría.
Más allá de las luces, un caballo oscuro la esperaba.
Zane.
Uno de los aliados de la rebelión, el único que sabía que era mujer.
Sus ojos brillaban con urgencia.
—Tienes que ver esto. Ahora.
No hubo más palabras.
Zane sostuvo las riendas con una mano y le ofreció la otra.
—Rápido.
Arianne apoyó el pie en el estribo. El movimiento le arrancó un destello de dolor en la clavícula. Subió igual.
Apenas se acomodaba en la silla cuando algo llamó su atención.
Las puertas del castillo se abrieron con un estruendo contenido.
Antorchas descendiendo las escalinatas. Botas firmes. Caballos ensillados con rapidez militar. Y en medio de ellos, erguido, sin capa festiva ni sonrisa diplomática, estaba el general Lucien.
No salía como príncipe, salía como comandante.
Su silueta era inconfundible incluso a distancia. Recta. Concentrada. Sus hombres lo rodeaban con esa tensión silenciosa que precede a una misión real.
Arianne sintió un frío distinto al de la noche.
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Editado: 16.04.2026