Llegaron a los barrios bajos cuando la noche ya no olía a fiesta, sino a humo.
Barricadas improvisadas cerraban las calles estrechas. Carretas volcadas. Muebles rotos. Hierros cruzados. Hombres y mujeres vigilaban con piedras en las manos como si fueran armas sagradas.
Zane hizo una señal. Los dejaron pasar.
En medio de la calle principal ardían los retratos del rey. El rostro solemne de Amadeo devorado por llamas nerviosas. Pergaminos con el poema que se recitaba cada aniversario del Vínculo eran lanzados al fuego entre abucheos.
—Mira esto — le señala unos cuerpos cubiertos con sabanas — son tres más, van quince en esta semana.
—Están superando el número — dice ella —¿es el hambre?
—No es solo el hambre, se cree que estos son de los que quedan de los infectados por la plaga, pero lo dudo.
Ella miraba los cuerpos, parecían más muertos de hambre que de otra cosa, no se notaba nada que indicara una plaga o alguna enfermedad.
—Es una enfermedad rara — siguió Zane, como leyendo sus pensamientos — dicen que solo afecta a los adultos, tienen prohibido acercarse al lugar, solo llevan niños, y tampoco permiten beber del agua del manantial, aseguran de que esta infectada. Por el momento con estas muertes hay tres huerfanos más.
Ella asiente
—Se hará el protocolo de siempre, lleva a los tres en secreto a la frontera. Nosotros nos encargamos del resto.
—Ven, hay personas nuevas que quieren escuchar de la rebelión.
Entraron en una casa estrecha. Madera vieja. Escalones que crujían. En el segundo piso, decenas de personas comían en silencio raciones que habían cruzado desde la Frontera Gris.
Arianne observó las manos. Callosas. Agrietadas. Temblorosas.
Zane tomó la palabra.
—Estamos pasando hambre. Estamos muriendo en las calles de frío. ¿Y dónde está el rey? Comiendo cordero en su gran fiesta. Sentado en un trono hecho con nuestro acero.
Un murmullo áspero recorrió la habitación.
Zane tenía veintiséis años, su cabello negro, largo y espeso, lo llevaba sujeto en una cola baja que dejaba al descubierto un rostro anguloso, de pómulos marcados y mandíbula firme.
Su ropa hablaba antes que él. Vestía como lo que era, un campesino, en el reino de Ardavan, las clases estaban cruelmente marcadas, hasta por el olor se podría reconocer esa brecha cruel que separaba a los seres humanos en ese reino de una vida digna.
Su ropa constaba de una camisa de lino basto, gastada en los codos. Chaleco oscuro con remiendos visibles. Botas cubiertas de barro seco. Sus ojos eran amables. No débiles. No ingenuos. Amables.
Tenía esa dulzura extraña en un hombre que ha visto injusticias y decidió no volverse cruel por ello. Cuando hablaba con los niños rescatados o con los campesinos exhaustos, su voz bajaba un tono, casi protector. Cuando hablaba ante la multitud, se transformaba.
—¿Qué hacen cuando atrapan a un rebelde? —continuó—. Lo obligan a besar los pies del rey Amadeo… y luego lo matan frente a su gente.
Un golpe de puño contra la mesa.
—¡Basta! ¡Basta de que vivan de nuestras tierras las personas equivocadas! Esta rebelión exige que nuestras tierras sean nuestras.
—¡Los campesinos están muriendo en los campos! ¡Eso es lo que dice el rey! —gritó alguien.
Arianne, bajo el nombre de Adrián, sintió un orgullo silencioso. Cinco años encendiendo la chispa. Cinco años sembrando descontento como quien planta una cosecha paciente.
Zane la señaló.
—Él es Adrián.
Ella se levantó.
La habitación se aquietó.
—Durante cinco años hemos liderado algo más que una revuelta —dijo, con voz firme—. No buscamos decorar una monarquía abusiva. Buscamos proteger a quienes sostienen el reino con sus manos y no tienen pan para sus hijos.
Silencio expectante.
—Hace cuatro años, la plaga arrasó aldeas enteras. Miles murieron. ¿Qué ocurrió con sus niños?
Alguien bajó la mirada.
—Fueron llevados a la fuerza a los campos. Por orden de Amadeo. Niños de cinco años trabajando sin descanso. Niñas castigadas a través del abuso a su dignidad, por generales que creen que el poder es licencia.
El aire se volvió denso.
—La rebelión no es traición. Es humanidad. Hemos protegido a cientos de niños y campesinos. Protegiendo así al futuro.
—¿Cómo? —preguntó una mujer.
—Con los aliados correctos. El pueblo no es el único descontento con el rey.
Un estruendo abajo interrumpió la reunión.
Voces. Órdenes. Caballos.
—¡El general Lucien está aquí!
El caos explotó.
Gritos. Pisadas. Gente huyendo por las escaleras.
Arianne corrió junto a Zane. La clavícula le seguía ardiendo, vio debajo de su blusa un moretón extendiéndose como tinta bajo la piel.
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Editado: 16.04.2026