Los Sin Trono

7 - Esa noche

Arianne y Esteban:

La habitación que les asignaron en el palacio no tenía nada de real. Era más bien un refugio improvisado para invitados incómodos. Afuera había conmoción en las calles y, según explicaron, lo prudente era permanecer en el castillo por seguridad. No eran los únicos retenidos por la prudencia ajena.

Arianne apenas cruzó el umbral se dejó caer en la cama con la mano al costado.

—Me duele —murmuró, irritada más por el día que por el cuerpo.

Su padre caminaba de un lado a otro como si pudiera desgastar el suelo con su ansiedad.

—Es mala suerte —sentenció—. Justo el día que lo conoces… el general te ve como Adrián.

Ella alzó la mirada.

—Sí. La vida tiene un sentido del humor bastante cruel.

Se lanzó sobre la cama sin ceremonia.

—Levántate —ordenó él—. Cámbiate, al menos para que duermas cómoda.

—No tengo más ropa, solo este pesado vestido, que te dije no iba a funcionar.

—Nos dejaron camisones.

Arianne tomó el suyo entre dos dedos. La tela era fina. Demasiado fina. Lo levantó contra la luz tenue.

—¿Esto lo escogió el rey Leonte? —preguntó con una ceja alzada.

—Van a darnos habitaciones separadas. Compórtate. No hagas escándalo. Y es imposible que el general te haya reconocido.

Ella lo miró fijo

—Claro que no lo hizo, pero igual, va a estar buscando al muchacho que apuñaló el pie de su soldado.

No añadió nada más. No hacía falta.

—Tranquila, hemos salido de peores.

Fue entonces cuando notó la suciedad en sus manos, el polvo marcando su piel como un recuerdo obstinado.

—¿Dónde puedo lavarme?

Su padre soltó una risa breve, sin humor.

—En este reino no hay agua. Ya pregunté. Es costosa. Para bañarse hay que ir a una especie de río.

Arianne se quedó helada.

—¿Un río? ¿Así vive esta gente?

—Así viven. Al parecer no usan el manantial que nos robaron por que piensan que esta infectado con una plaga, lo que es imposible por que nosotros bebemos de esa agua y estamos sanos.

Deja caer los hombros

—Estoy cansada, demasiado como hablar de la rebelión, padre. ¿Con que me puedo limpiar?

—Solo vino.

Ella lo pensó un segundo.

—Es mejor que nada.

Sirvió vino en una jofaina y, con gesto decidido, comenzó a limpiarse la tierra del rostro y los brazos. El aroma dulce y áspero impregnó el aire húmedo de la habitación.

Cuando terminó, se colocó el camisón. La tela rozó su piel con una ligereza incómoda.

Su padre ya se había retirado.

Se acercó al balcón.

La habitación era común: piso de madera oscura, paredes de piedra, techos bajos que parecían aplastar el aire. Todo olía a humedad antigua. Afuera, el paisaje no ofrecía consuelo. Antorchas dispersas. Sombras largas. Un murmullo lejano de una ciudad que esa noche no dormiría tranquila.

Pensó en la gente que, mientras ella ocupaba una cama del palacio, tal vez no comería al día siguiente.

Caius e Isabella:

La biblioteca del palacio Ardent respiraba polvo. Estanterías altísimas trepaban por las paredes como bosques petrificados, y la única luz provenía de una lámpara de aceite que Caius sostenía con cuidado, como si cargara una pequeña luna doméstica.

Había decidido aprovechar la noche. Con la conmoción en el reino y los invitados retenidos, nadie notaría su ausencia. O eso creyó.

—No deberías estar aquí.

La voz surgió desde la penumbra.

Caius se giró con un sobresalto apenas digno de su reputación. La llama titiló. Frente a él, emergiendo de la oscuridad como si perteneciera a ella, estaba Isabella.

Suspiró.

—Por un momento pensé que eras un espectro.

—Eso sería más aceptable que un invitado curioso —respondió ella con suavidad.

—¿Qué haces aquí?

—Leyendo.

Caius miró alrededor.

—Está a oscuras.

—Mi padre prohibió que las mujeres leyeran los libros de esta sección.

Lo dijo sin dramatismo.

—Lo cual —añadió— hizo que me interesaran más.

Caius frunció el ceño. La conocía desde que ambos corrían por los pasillos sin títulos ni protocolos que los ataran. Isabella tenía catorce años ahora. Tercera hija del rey con la reina Sonja. Dulce, sí. Curiosa, siempre. Y con una obstinación silenciosa que pocos notaban.

Tomó uno de los libros que ella sostenía.

—Matemática —leyó.




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