Los Sin Trono

8- La verdadera razón

El olor a hierbas machacadas llenaba la estancia. No era incienso ni perfume cortesano. Era conocimiento. Era ciencia.

Arianne apretó los dientes mientras la doctora Lucia extendía sobre su clavícula un ungüento espeso, de tono verdoso, que despedía un leve aroma a menta amarga y corteza triturada.

—Te advertí que no fueras imprudente —murmuró la mujer sin suavizar la voz.

Lucía era una de las mentes más brillantes de la Frontera Gris. Allí no solo levantaban murallas: levantaban saber. Habían perfeccionado sistemas de filtración, técnicas quirúrgicas y remedios que en otros reinos parecían brujería.

—No sabía que Amadeo era tan hostil con su propio pueblo —respondió Arianne, aún con la piel ardiendo bajo los dedos firmes de la médica.

Lucía era intimidante, con una actitud de hierro que te obligaba a decir la verdad sin saber por qué. Dueña de un delgado y fuerte cuerpo que cubría con vestidos de seda delicados.

La gasa y la seda eran telas abundantes en la Frontera Gris, donde se fabricaba a manos llenas. En otros reinos eran un privilegio, allí rompiendo con las líneas que separan a las personas, era como comprar una piedra.

Lucía presionó con precisión.

—Los hombres que temen perder poder no reaccionan con hospitalidad.

Don Esteban caminaba de un lado a otro, un gesto típico en él cuando estaba nervioso, pero que a Arianne le pateaba en el estómago.

—No esperábamos que aquello ocurriera —dijo, finalmente—. Jamás he expuesto a mi hija.

Lucía lo miró con severidad.

—Exponerla no siempre es empujarla al frente de batalla. A veces es permitirle creer que puede enfrentarse a un general como Lucien y salir ilesa.

—Aunque aprenda a pelear —continuó la doctora—, nunca combatirá al nivel de un hombre que ha dedicado su vida a la guerra.

Arianne sostuvo la mirada de Lucía.

—No quiero combatir a su nivel. Para derrotarlo no debo pelear.

Lucía no respondió. Terminó de vendarla con cuidado y se puso de pie.

—Vístete. Y procura no moverte el parche, es necesario para que el ungüento penetre.

Al salir del vestidor, vio a su padre desanimado, sabía que se sentía culpable por haberla expuesto al peligro.

—Todo está bien —dijo con serenidad—. Ya pasó lo peor. No hay tiempo para lágrimas. Debemos continuar.

Don Esteban la observó unos segundos antes de hablar.

—Recibiremos una visita. Un nuevo reino quiere negociar.

—¿Negociar qué?

—Agua.

Ella arqueó una ceja.

—¿De qué reino?

—Dravakar

El nombre quedo suspendido en el aire mientras Arianne y Lucía lo veían asombrados

—¿Me explicas? — Pregunta Arianne

—Quieren comprar agua y comida, no hay mucho que explicar.

—¿Cómo le vamos a dar entrada a esa gente a nuestro reino?

—Por qué el rey Maelhor es un hombre sensato que ama a su pueblo. Podremos negociar, con algo de suerte hará entrar a Amadeo en razón, acabaremos con esta rebelión y muchas personas saldrán beneficiadas.

—Padre, no creo en ellos. No creo en sus modales y sonrisas. Esas personas son…

—Sé quienes son mis verdaderos enemigos, hija. Tu deberías saber lo mismo.

Ella suspira incomoda.

—Deberías aprovechar la oportunidad para acercarte a la reina Sofía, necesitamos conocer más de ese reino, si la rebelión sigue, no tenemos como atacarlo.

Ella piensa en las palabras de su pabre y luego en la intimidante reina Sofía.

—No sé que hablar con ella.

El ladea un poco

—Aunque no lo creas Sofía era amiga de tu madre, ambas se llevaban bien y creo que tendrás mucho de que hablar con ella.

Arianne hace mala cara.

—Mira que pequeño son estos reinos.

Comenta con sarcasmo.

El reino de Dravacar

El palacio de Dravakar parecía flotar sobre el mar como una criatura descansando sombre el mar sin hundirse jamás.

Sus columnas llenas de historia se asentaban en el fondo del mar. Las terrazas recibían la brisa salada. Y bajo el suelo de piedra clara, sus costumbres arraigadas y protegidas de generación en generación.

Maelhor sostenía una carta abierta entre los dedos.

El sello de Amadeo había sido roto con pulcritud, pero las palabras seguían intactas, tensas como un hilo a punto de romperse.

Frente a él, el puerto vibraba con su rutina: barcos entrando, barcos saliendo, comerciantes negociando con voces entrenadas, piratas sonrientes que sabían cuándo robar y cuándo firmar contratos. Dravakar era el único reino del Vínculo con salida al mar.

A su lado se colocó Lián, su hijo mayor.




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