Los Sin Trono

10 - La visita

Era de día en la Frontera Gris.

Un día claro, casi insultante, como si el cielo no supiera lo que había pasado bajo él.

Arianne cruzó el umbral de un edificio enorme lleno de luz y aire fresco.

Cientos de niños caminaban de un lado a otro. Algunos en silencio. Otros aferrados a manos conocidas. Otros simplemente mirando, como si el mundo todavía fuera un lugar que pudiera romperse de nuevo.

Arianne sintió el peso de cada paso.

Zafiro se acercó a ella con el rostro serio, pero firme.

Era una joven de rasgos exóticos, y presencia invaluable, era la mano derecha de Arianne y la encargada de Las Escuelas Grises.

—Los niños rescatados están asustados —dijo en voz baja—. Pero ya han sido alimentados. Bañados. Están más calmados… sobre todo cuando reconocieron a otros compañeros.

Arianne recorrió el salón con la mirada. Vio abrazos torpes. Vio miradas que empezaban a recordar cómo se sonríe.

—¿Su estado de salud?

Zafiro suspiró.

—Lucía los revisó a todos. Están desnutridos. Las niñas…

Arianne asintió antes de que terminara la frase.

No hacía falta decirlo en voz alta. Algunas heridas no necesitaban descripción para doler.

El silencio entre ellas fue breve, pero lleno de promesas.

—Que tengan todo lo que necesiten —ordenó Arianne—. Ropa limpia. Médicos. Seguridad en las puertas. Nadie entra sin mi permiso.

Zafiro asintió.

Arianne se permitió un segundo más para mirar el lugar.

Niños jugando con trozos de madera como si fueran tesoros. Una pequeña riendo mientras otra le trenzaba el cabello. Un niño dormido sobre una mesa, exhausto, pero a salvo.

A salvo.

La palabra parecía frágil.

—Prepárate —dijo Arianne finalmente—. En unas horas llegará el rey de Dravakar.

El aire cambió apenas.

—El no puede entrar aquí — le recalcó Arianne — que ningun niño entre o salga mientras están los reyes en nuestras tierras.

—Si

Asiente Zafiro para verla marchar.

Arianne llevaba años rescatando niños de las tierras robadas con ayuda de Zane, pero por lo que escuchó ayer estaban investigando, y luego de robar la comida algo le decía que no se quedarían sentados esperando que la rebelión se saliera con la suya.

***

La Frontera Gris no tenía nada de gris.

Desde la altura del carruaje real, el rey Maelhor comprendió que aquel nombre no le hacía justicia. Ante sus ojos, la ciudad se desplegaba como una reliquia recién desenterrada: cúpulas doradas respirando bajo el sol, torres erguidas como lanzas ceremoniales y un entramado perfecto de mármol y agua que parecía obedecer a una geometría impresionante.

La reina Sofía guardó silencio, pero su mirada lo decía todo. Había visto palacios, fortalezas, capitales orgullosas. Sin embargo, aquello… aquello era una fantasía.

A su lado, Lian, sintió algo que no esperaba: humildad. Siempre pensó que su reino era el más hermoso de todos, pero ahora, estaba con la boca cerrada.

Las torres vigilaban el horizonte con una solemnidad casi humana. Entre avenidas amplias, jardines perfectamente delineados y canales de agua cristalina, la vida transitaba con una calma orgullosa.

—Padre… —murmuró Lian—. Esto no parece una frontera.

—No lo es —respondió Maelhor con gravedad contenida— es un mundo nuevo.

El carruaje avanzó hasta el castillo principal.

Era circular, imponente, como un anillo cerrado sobre sí mismo. El mármol pulido del acceso reflejó sus figuras al descender. Vestían como reyes… y, aun así, el lugar los hacía sentir pequeños.

Árboles cuidadosamente dispuestos flanqueaban la entrada, sus copas formando una bóveda verde que suavizaba la majestuosidad del edificio. Allí los esperaban Don Esteban y su hija Arianne.

Ambos realizaron una reverencia impecable.

—Bienvenidos —dijo Don Esteban, con una voz firme pero hospitalaria.

—Mi señor, es un honor ser invitado a sus tierras —respondió Maelhor con cortesía impecable.

El anfitrión hizo un gesto hacia un grupo de sirvientes vestidos en gasas blanca y sedas azules que sostenían grandes recipientes con agua cristalina.

Ellos aceptan y la beben para quedar pasmados.

—Esto es…

Lián baja la cabeza impresionado.

—Por favor, acepten nuestros regalos. Pescados frescos, propios de la tierra de Drakavar. Les resultarán sublimes.

Don Esteban observó con detenimiento. Las criaturas plateadas se movían aún, vivas, ágiles.

—¿Están vivos?

—La mejor manera de trasladarlos —respondió el rey.

Una sonrisa leve, apenas insinuada, curvó sus labios.




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