Maelhor solicitó un momento a solas con don Esteban. Lian lo acompañó.
El estudio era exactamente lo que el rey esperaba… y, aun así, lo superaba. Amplio, sobrio, con estanterías de madera oscura cargadas de mapas y volúmenes antiguos. Pero lo verdaderamente imponente era la vista: un ventanal semicircular que dominaba todas las tierras de la Frontera Gris. Campos, canales, ganado, torres de vigilancia y, a lo lejos, una muralla que cortaba el horizonte como una herida mal curada.
Les sirvieron más agua en copas altas de cristal.
Maelhor sostuvo la suya, observando el líquido transparente.
—¿No tienen vino?
Don Esteban negó con serenidad.
—En mis tierras solo se bebe agua.
Lian arqueó apenas una ceja. Maelhor no comentó nada, pero tomó un sorbo.
Desde la altura del estudio podían ver a las tropas entrenando: movimientos coordinados, disciplina firme. Espadas, lanzas… y arcos.
Maelhor afinó la mirada.
—Hay mujeres entre sus filas.
—Sí.
—¿Pelean?
—Son nuestras mejores arqueras —respondió don Esteban con naturalidad—. Y las estrategas más agudas.
El rey lo miró de reojo.
—Eso no es común.
—En mis tierras no veo lo que otros ven. Veo talento. Y, cuando lo reconozco, lo uso.
Silencio.
Maelhor señaló a Lian.
—Mi hijo será rey. Debe estar presente en estas conversaciones.
—No tengo inconveniente —respondió Esteban.
Salieron hacia los sillones del balcón y tomaron asiento frente a frente.
—Sus tierras son indescriptibles en belleza y riqueza —admitió Maelhor—. Estoy impresionado.
—Agradezco sus palabras, majestad.
Esteban sostuvo la mirada con calma.
—Tiene una hermosa familia. Y la reina Sofía es todo lo que dicen de ella.
Maelhor soltó una risa breve.
—Cuidado. Soy un hombre celoso.
Esteban sonrió.
—No debe temer de mí.
Lian intervino con ligereza estudiada.
—No me sorprende. Las mujeres aquí son bellísimas.
—La Frontera Gris es rica en razas mestizas —explicó Esteban—. Aquí viven personas de muchas regiones. Algunos llegaron con pasados difíciles. Esa mezcla ha enriquecido nuestra sangre… y nuestra belleza.
Maelhor asintió lentamente.
—En Drakavar no ocurre eso. La mayoría comparte las facciones de Sofía y Lian. El más diverso soy yo, y aun así mis ojos son los típicos de la zona.
—Cada reino tiene sus normas —respondió Esteban sin juicio.
El rey cambió de rumbo.
—¿Ha pensado en herederos? Arianne es inteligente… pero es mujer. No sería reconocida como líder en muchas tierras.
Esteban lo miró con una calma que no era debilidad.
—No será reconocida como reina, pero aquí no hay tronos y nadie puede arrebatarle estas tierras. Y a los habitantes de la Frontera no les importa si quien gobierna es hombre o mujer, mientras lo haga bien.
—Aun así, debe querer nietos —insistió Maelhor.
Esteban rió, genuino.
—No lo había pensado.
Lian inclinó la cabeza.
—Siendo un hombre tan bien parecido y viudo… ¿por qué no ha buscado otra esposa?
Esteban se quedó pensativo un momento.
—Amo la soledad más de lo que debería. Incluso la idea de tener una hija me incomodaba en su momento.
Su voz no se quebró, pero bajó un tono.
—La madre de Arianne era hermosa. Libre. Trabajaba la tierra como mi hija lo hace ahora. Fue… una noche de desliz. Nació Arianne. Y su madre murió en el parto.
El jardín pareció aquietarse.
—Quedé solo con ella. Para mí, Arianne es lo que nunca quise… pero siempre necesité. Me siento satisfecho como padre, aunque el apego no es algo común en mí.
Maelhor sostuvo su copa, incrédulo.
—¿La necesidad tampoco lo es?
Esteban sonrió apenas.
—Siempre se encuentra algo que la resuelva.
El aire cambió.
Maelhor dejó la copa sobre la mesa baja.
—La razón de mi visita es una tregua. Los tres reinos necesitan abastecimiento. Queremos que la Frontera Gris provea comida: carne, arroz, agua… todo. Estamos dispuestos a pagar el precio que pida.
Esteban se puso de pie, caminó hasta la baranda del balcón y señaló el horizonte.
La muralla.
—Esas tierras, más allá de esa división, pertenecían a la Frontera Gris. Hace 40 años, el padre del rey Amadeo las tomó por la guerra.
Lian tensó la mandíbula.
—Mi propuesta es sencilla —continuó Esteban—. Abasteceré a los tres reinos durante un año completo. Sin precio. Todo lo que han visto. Todo lo que han probado.
Giró el rostro hacia Maelhor.
—A cambio, quiero de vuelta mis tierras.
Silencio.
El viento movió apenas las hojas de los árboles.
—No puedo… —empezó Maelhor.
—Es mi único precio —interrumpió Esteban, sin elevar la voz—. No negociaré nada más.
—Si Amadeo se niega, ¿hay alguna otra forma de hacer negocio solo entre nosotros?
Esteban se mostró sorprendido.
—¿Piensa traicionar a su aliado?
—Prefiero traicionar a Amadeo que a mi reino.
—Creo que la decisión es suya, rey. Yo quiero mis tierras de vuelta y no voy a descansar hasta recuperarlas. Si Amadeo se niega, usted puede ser mi aliado. A cambio, tendrá comida y agua para su reino.
Lian no podía creer lo que escuchaba.
—Así será —dijo su padre con firmeza.
La conversación había terminado.
***
Los jardines de la Frontera Gris no parecían cultivados. Parecían soñados.
Cascadas descendían por terrazas de piedra clara, deshilachando el agua en hilos brillantes que cantaban contra estanques tranquilos. Senderos curvos serpenteaban entre macizos de flores que competían en color, forma y perfume. Rojos profundos, azules eléctricos, blancos que parecían recién inventados.
Arianne caminaba con paso seguro.
—Aquí cultivamos flores de todos los reinos —explicó—. Hemos recibido muchos regalos diplomáticos a lo largo de los años. Decidimos plantarlos. Ahora forman parte de nuestros jardines.
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Editado: 16.04.2026