Los Sin Trono

13 - Ceder no es debilidad

La sala de reuniones no tenía ventanas abiertas, pero el aire igual pesaba. Como si las paredes de piedra hubieran aprendido a guardar silencio y secretos.

El rey Maelhor permanecía sentado en la cabecera de la mesa. No llevaba corona, pero la tensión le dibujaba una más pesada que el oro.

A su derecha, Lucien.

Al otro extremo en la otra cabecera, un enfurecido Amadeo.

—Debes ceder —dijo Maelhor al fin, con voz firme, aunque no elevada.

Amadeo apoyó ambas manos sobre la mesa, los nudillos blancos.

—Jamás daré mis tierras. Mi padre las ganó a filo de espada. No las entregaré por miedo… ni por caridad.

Lucien se inclinó apenas hacia adelante.

—No es caridad. Es supervivencia. Tendremos comida por un año. Agua asegurada. Tiempo para reorganizarnos.

Amadeo soltó una risa seca.

—Ningún plato de comida me convencerá de ceder lo que nos pertenece.

El silencio cayó como una losa.

Maelhor lo miró sin parpadear.

—Entonces buscaré negociar por mi cuenta.

Los ojos de Amadeo ardieron.

—¿Estás rompiendo el Vínculo?

Maelhor no vaciló.

—Haré lo que sea por mi gente.

Se puso de pie.

—Don Esteban ofrece comida y agua. No voy a dejar que mi pueblo muera de hambre por unas tierras que ni siquiera conoces.

Amadeo frunció el ceño.

—¿No tienes orgullo?

La pregunta fue una flecha directa al pecho.

—Mi amor por mi reino es mayor, ¿de qué te sirve ser rey de un reino en ruinas?

—No los necesitamos, basta con Leonte y sus relaciones, el chico debe hacer algo.

—Leonte ni siquiera sabe que día es hoy, Ardent, ¿vas a dejar el destino de nuestros reinos en manos de un indulgente como ese muchacho?

Amadeo entrecerró los ojos.

—Entonces, tomaremos a la Frontera Gris a la fuerza.

Se enderezó con orgullo feroz.

—Mañana mismo ordenaré a mis tropas avanzar.

Lucien golpeó la mesa con la palma.

—¡No! No le pediré a mi gente que pelee con hambre. Están muriendo. ¿Quieres enviarlos a la guerra con el estómago vacío?

—Irán —respondió Amadeo con frialdad—. Con o sin ustedes.

El eco de sus pasos al salir de la habitación fue más fuerte que cualquier grito.

La puerta se cerró.

Y el reino pareció cerrar con ella.

Maelhor y Lucien quedaron en silencio. No como aliados. No como enemigos. Como hombres que entendían la ambición de Amadeo y lo peligrosa que era.

Lucien habló primero.

—Si avanza, la rebelión empeorara.

Maelhor no respondió de inmediato.

Miraba la puerta.

Pero en realidad pensaba en otra cosa.

En otra sala.

En otra conversación.

Solo esperaba que Sofía hubiera logrado convencer a Sonja.

***

La habitación de la reina olía a vino y pan.

Sonja estaba sentada junto a la ventana, el libro abierto en las manos, aunque sus ojos no se movían sobre las líneas.

Sofía anunció su presencia y entró.

—Pensé que en este reino las mujeres no podían leer.

Sonja levantó la vista despacio. Una sonrisa ladeada, elegante y peligrosa.

—Yo hago lo que se me plazca.

Cerró el libro con suavidad. La tensión política se quedó al otro lado de la puerta cuando abrió los brazos. El abrazo fue real, sin protocolos, sin coronas. Cálido. Necesario.

—Estás hermosa.

Sofía rió, pero sus ojos la estudiaban.

—Jamás igualaré tu belleza.

—Eso es ambición, mi hermosa amiga —susurró Sonja, y por un instante volvió a ser la joven que conspiraba sueños en jardines, no la mujer atrapada en un trono frío.

Se sentaron frente a frente. Dos reinas. Dos amigas. Dos mujeres agotadas de fingir firmeza.

—Ahora dime… ¿qué trae a la reina amada a mi habitación?

Sofía respiró hondo.

—Vine a visitar a una buena amiga, mientras nuestros esposos fingen que saben lo que hacen.

Sonja dejó escapar una risa leve, más aire que sonido.

—Lamento no tener nada que ofrecerte. No avisaste.

Sofía la miró alrededor. Demasiado orden. Demasiado vacío.

—Aunque hubiera avisado, habrías dicho lo mismo.

El silencio fue breve, pero pesado.




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