El palacio estaba en silencio.
No era un silencio de descanso. Era ese silencio que precede a las batallas, cuando hasta las paredes parecen contener la respiración.
En sus habitaciones, Sofía y Maelhor estaban expectantes. La conversación entre Sonja y Amadeo podía inclinar el destino de tres reinos. Y ambos lo sabían.
Lucien también.
El joven general aguardaba en el pasillo, apoyado contra la pared, mirando el techo de madera tallada. Las figuras de antiguas victorias parecían burlarse de la miseria presente. Tenía hambre. Un hambre que ya no era solo del cuerpo, sino del alma. Se llevó la mano al estómago con discreción. Nadie debía notar que el gran general apenas comía una vez al día.
Frente a la puerta del rey, Olivia la segunda se anunció con firmeza.
Los guardias entraron y regresaron de inmediato.
—Su Majestad ordena que se marche. No desea ver a nadie.
La voz del rey, hostil, atravesó la madera.
Bruna la tercera lo intentó después.
—Majestad, es urgente…
—¡He dicho que me dejen en paz!
El grito sacudió el corredor.
Desde una esquina, Sonja observaba la escena. Su rostro estaba sereno, pero sus manos estaban cerradas con tanta fuerza que los nudillos se tornaban blancos.
Ella era la reina.
No pediría permiso.
Avanzó.
Los guardias intentaron anunciarla, pero ya era tarde. Abrió la puerta sin esperar respuesta.
Amadeo estaba de espaldas, contemplando su copa como si en el vino pudiera ahogar decisiones.
—¡He dicho que se larguen!
—Soy yo.
Su voz no fue alta. No necesitaba serlo.
El rey se giró.
Y por un instante, el hombre desplazó al monarca.
—Sonja…
La hostilidad se evaporó.
Sonja vestía su ropa real, un vestido rojo, especialmente confeccionado para ella, la reina…su reina.
El vestido de hombros bajos dejaba ver el collar de diamante que alguna vez le regaló por el nacimiento de Lucien, la cintura estaba ceñida con un cinturón labrado de oro.
Y sobre su majestuoso cabello miel, ese que siempre le quitaba el aliento, estaba su corona, una que nadie jamás le quitaría.
—¿Qué haces aquí?
Ella avanzó despacio.
—Escuché que el rey no quería ver a nadie. Y decidí averiguar qué le sucede.
Amadeo se burló con ironía.
—¿Desde cuándo te importa lo que me pase?
Ella se detuvo a pocos pasos de él. Lo miró como se mira a alguien que todavía duele.
—Te ves acabado
Se acerca hasta él y limpia con un pañuelo su rostro. Amadeo inspeccionaba sus movimientos, Sonja se inclinó.
—Aunque para mi sigues siendo ese niño de 12 años que me juró que nadie jamás me lastimaría, ni siquiera él.
Amadeo bajo la mirada buscando no llorar.
—¿Qué quieres?
—¿Es verdad que invadirás la Frontera Gris?
El nombre cayó pesado entre ambos.
—No es asunto tuyo.
—Sí lo es. Y sabes por qué.
La mandíbula de Amadeo se tensó.
—Ya no perteneces a la Frontera Gris. Ahora perteneces a Ardavan. No lo olvides.
Sonja se puso de pie.
—No le hagas daño a mi gente.
—Tu gente soy yo —replicó él con dureza mientras hacía lo mismo —. Y lo has olvidado.
Ella negó suavemente.
—No lo hagas. Por favor… no lo hagas.
La voz se le quebró. Las lágrimas de ella comenzaron a caer sin permiso, mientras se aferraba a su pecho.
—Por favor, mi amor… no lo hagas.
Ese “mi amor” fue como una llave antigua que encajó en una cerradura olvidada.
Amadeo sintió el abrazo. Sintió las lágrimas empapando su túnica. Sintió el peso de años compartidos.
Una lágrima descendió por su propia mejilla antes de que pudiera impedirlo.
La rodeó con los brazos y cerró los ojos, Sonja se lavaba el cabello con flores de jazmín, y ese olor estaba metido en su mente, incluso si ahora olía a vino.
—Mi amor, por favor, no lo hagas.
Seguía diciendo una y otra vez.
El suspiró
—Sonja, por favor, márchate.
Ella alza la mirada y se la clava con un rencor absoluto.
—Si haces esto, te juro que no me volverás a ver la cara nunca más en toda tu vida.
Ella se seca las lagrimas y sale de la habitación, dejando al rey como su hubiera perdido una batalla más.
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Editado: 16.04.2026