Los Sin Trono

15 - Un nuevo impuesto

El rey entró sin anunciarse a la sala de reunión. La capa arrastró apenas sobre la piedra, como si incluso el suelo supiera que aquella conversación no sería amable.

Maelhor ya estaba sentado en la mesa central. Lucien permanecía erguido, manos detrás de la espalda, mirada firme.

El rey tomó asiento.

—No voy a negociar —dijo sin preámbulos—. Pero tampoco invadiré las fronteras…Por ahora.

El silencio fue inmediato.

Miró a Lucien.

—Suba el impuesto al pan. Negociaré con algunos reinos para traer comida.

Lucien quedó perplejo

—Ya no tienen dinero, rey.

—El que no pueda pagar el impuesto lo pagará con trabajo, llévenlos a los cultivos y que trabajen.

—Sabes que hay una plaga en esos cultivos, morirán.

—Entonces, si mueren es una boca menos que alimentar, todos quedamos contentos.

Lucien no podía crear lo que escuchaba.

Maelhor soltó una risa seca.

—Quedaremos en la quiebra por tu arrogancia.

El rey lo miró de lado.

—Son mis tierras.

La tensión se volvió casi visible.

—Subir el impuesto causará una revuelta — respondió Maelhor, firme

Se inclinó apenas hacia adelante.

—Su ejército también está en mis tierras y las de Leonte, ninguno tenemos como alimentarlos, ¿no cree que perderán su lealtad?

—Mi ejercito tiene prioridad en comida, bebida y en todo. Yo les enviare comida a tus tierras.

—Rey, ¿de donde sacará el dinero para abastecer a un ejercito de veinte mil hombres?

Pregunta Maelhor irritado.

—Tengo algo que vale mucho dinero, algo que no se consigue en cualquier parte.

Lucien frunce el ceño

—Una hija hermosa, virgen y reinos que me quieren de aliados.

—Padre, Isabella es una niña.

—Amadeo, tu sabes como terminan esos matrimonios, no le hagas eso a tu hija.

El rey apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Ya tomé una decisión.

Sus ojos pasaron de uno a otro.

—Estoy siendo razonable al no invadir la frontera.

Se levantó.

—Prepárenlo todo.

Y se marchó.

La puerta se cerró con un eco grave.

Maelhor exhaló lentamente.

—Razonable —repitió en voz baja.

Lucien permaneció inmóvil, pero su mente ya calculaba cifras, rutas, consecuencias.

La puerta aún vibraba por la salida del rey cuando el silencio quedó entre ellos como un tercer consejero incómodo.

Lucien no miró a Maelhor de inmediato. Sus ojos estaban fijos en el mapa extendido sobre la mesa, en esas líneas que pretendían ordenar el mundo.

—Decida lo mejor para su pueblo —dijo al fin, con voz contenida—. No puedo ayudarlo más.

Maelhor alzó una ceja.

Lucien continuó:

—Ni siquiera a Leonte. Vean por su cuenta qué pueden hacer. Si deben actuar a espaldas de mi padre… háganlo.

Aquello no era una sugerencia ligera. Era una grieta.

Maelhor lo observó con atención renovada.

—¿Desde cuándo me da permiso para traicionar al rey?

—Desde que alimentar a la gente importa más que su orgullo.

El silencio se tensó.

Maelhor cambió de ángulo.

—¿Cuándo fue la última vez que comió?

Lucien parpadeó, sorprendido por la pregunta.

—Ayer. A las cuatro de la tarde.

Maelhor negó con la cabeza, casi exasperado.

—Quiere salvar un reino sin haber probado pan en más de un día.

Lucien no respondió.

—Haga lo que tenga que hacer.

Se dirigió a la puerta.

Antes de salir, añadió sin volverse:

—Pero hágalo rápido.

Y se marchó.

Un rey orgulloso.

Un general hambriento.

Un pueblo al borde.

Impuesto al pan

Las calles se llenaron de alboroto ante el nuevo impuesto al pan. El aire olía a harina y rabia. Las personas empezaron a lanzar piedras a los soldados; arrojaban todo lo que tenían a la mano desde las ventanas, como si cada objeto fuese una sílaba furiosa en un idioma que el palacio fingía no entender.

—¡LARGO! — Gritaban las personas furiosas

—¡COMAN PIEDRA! — Le gritaban otros




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