Adrián y Zane avanzaban, todos estaban vestidos con el uniforme del ejército.
Una cota de malla que le cubría desde el cuello hasta las rodillas, el metal entrelazado brillando con discreción bajo la luz. Sobre ella llevaba una sobreveste roja intensa, marcada en el pecho con un escudo heráldico del reino de Ardavan.
Un cinturón de cuero ajustaba la tela a su cintura, mientras brazales metálicos y guantes gruesos protegían sus brazos y manos.
El casco de acero cubría sus rostros con sobriedad, y las botas altas de cuero completaban el atuendo.
Caminaban despacio absorbidos por la noche. Su grupo se deslizaba entre las sombras con pasos medidos, respiraciones contenidas. La base del ejército dormía confiada, abrazada por el resplandor tibio de las antorchas.
Uno de los miembros trepó con sigilo y, uno a uno, fue apagando los fuegos. La luz murió sin quejarse. Todo quedó en penumbras. El plan había sido ensayado hasta el cansancio, cada movimiento cronometrado como el latido de un reloj clandestino.
Se dispersaron.
Dos por ventana.
Uno en el techo.
Otros dos ocultos en una carreta llena de sacos y barriles de madera.
La noche contuvo el aliento.
Y entonces, sin trompetas ni gritos, el golpe comenzó.
Primero entraron Adrián y Zane en las oficinas del general Lucien. Ya había estado allí antes, fue una dos veces por inspección, quería conocer la base. Saber quienes eran sus aliados. Esta vez estaba por algo mayor.
El lugar olía a vino, sobre el escritorio de madera gastada reposaban unas cartas a medio escribir junto a un tintero húmedo.
Adrián tomó una con cautela y la leyó en voz baja:
—Son para los ejércitos en Valharik y Dravakar. Les promete que pronto enviarán más comida.
Zane frunció el ceño.
—¿De dónde van a sacar comida?
Adrián deslizó los ojos por el papel.
—Dice que será enviada dentro de tres días.
Zane asintió despacio.
Tres días.
Eso significaba reservas ocultas. Sus informantes no le mintieron, tienen comida en la base, suficiente para abastecer al ejercito de Amadeo.
Adrián se asomó al pasillo. Al fondo, un guardia permanecía de pie, inmóvil. El apagó la antorcha junto a la puerta y la oscuridad se cerró como un puño.
Esperaron la señal.
Tres golpes secos contra el suelo.
Metal contra piedra.
La contraseña.
Era de los suyos.
Caminaron hasta el joven. Este apartó la chaqueta y mostró el sello de la rebelión: una corona dorada bordada con tres gemas en la parte superior, amarillo, verde y rojo. En el centro, un rayo la partía en dos. La ruptura de los reinos convertida en símbolo.
Con un gesto sutil indicó la ruta. Luego se quedó quieto, fingiendo no haber visto nada.
Avanzaron.
Bajaron unas escaleras estrechas hasta encontrar dos guardias custodiando una puerta al fondo. No hubo duda. Allí estaba lo que buscaban.
Adrián apagó la antorcha y se recostaron contra el muro. Los soldados se tensaron y armaron alborotó. No eran de su bando.
Esperaron.
En la penumbra apenas se distinguían las formas.
Adrián colocó el pie como barricada cuando el primero se acercó. Lo desestabilizó. La espada entró limpia por la espalda.
Zane hizo lo mismo con el segundo. Esta vez, el filo atravesó el cuello. El sonido fue breve. Final.
Abrieron la puerta.
La habitación se iluminaba con la luz de la luna débil que entraba por la ventana abierta, allí ya estaban dos personas vestidas de soldados esperando la señal, ellos tocan el piso tres veces con la espada.
Sacos. Cajas. Barriles.
La señal era clara. Debían sacar la comida de inmediato
Abrieron la ventana y comenzaron a pasar los víveres con rapidez.
Entonces, pasos.
Adrián levantó la mano
—Saca todo. Yo veo...
El aire se volvió denso. Un leve olor a vino se filtró entre la piedra.
Ella se colocó frente a la puerta y la cerró despacio.
Botas pesadas. Cautelosas.
No había duda.
Adrián cerró de golpe.
—¡Ciérrenla por dentro!
Escuchó el cerrojo caer.
Por fuera, silencio.
Demasiado silencio.
Se inclinó y comenzó a avanzar a gatas. Una pequeña luz entraba por las ventanas de los costados, pero no era suficiente para ver lo que sucedía en su plenitud.
De pronto, una patada brutal la lanzó al suelo.
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Editado: 16.04.2026