La reina Sonja irrumpió en la habitación de Amadeo con una carta temblando entre los dedos.
—¿Es cierto?
Amadeo ni siquiera se volvió al principio.
—No volveré a perdonarte que entres sin anunciarte.
Ella estaba hecha de furia contenida.
—Respóndeme. ¿Isabella será dada en matrimonio al hijo del rey de Varethia?
—Sí.
Lo dijo sin dramatismo. Bebió vino. Miró al horizonte.
Desde la ventana aún se alzaba una columna gris. El humo de la base le ardía en el pecho. El fuego había sido sofocado, pero no las pérdidas. Rebeldes disfrazados de soldados. Comida robada. Parte quemada. Traidores dentro de su propio reino.
Toda la noche apagando llamas.
La última reserva de agua, perdida.
Era la mañana siguiente, pero el aire todavía sabía a ceniza.
—No puedes hacer eso —dijo Sonja, acercándose—. Ese hombre tiene treinta años. ¡Isabella apenas catorce!
—Ella conoce su deber —respondió él, sin apartar la vista del humo.
—Es una niña, no merece esto. No quiero que esté atrapada en un matrimonio infeliz.
Amadeo se giró y la miró, molesto.
—¿Como tú?
Sonja resopló.
—No se trata de ti. No se trata de nosotros. Se trata de Isabella. Ella no merece este futuro.
Le mostró la carta.
—Sabes qué tipo de hombre es él.
—Tiene mucho oro. Isabella tendrá una vida privilegiada. Tiene tierras vastas que no sabe explotar y su ejército es pequeño. Es un buen trato. Además, es guapo; a Isabella le va a gustar.
—¡No!
Le gritó.
Amadeo endureció la mirada.
—¿Qué te pasa? Todos conocen su deber en este castillo. Tú deberías hacer lo mismo. Ya cedí en no invadir tu preciada Frontera, pero Isabella también es mi hija.
—No —repitió con fuerza—. Ella no será dada en matrimonio a un hombre que solo la ve como moneda de cambio.
—Sonja, te he tenido una interminable paciencia, pero todo tiene un límite.
—Te dije que no —alzó la voz.
Amadeo la miró con rabia.
—Basta de tu arrogancia. Basta de que me alces la voz. Tú no eres nadie.
—Soy la madre de Isabella.
—Hace doce años me apartaste. Te fuiste a otra habitación. Me prohibiste tocarte. Dejaste de asistir a los eventos. Si tanto te preocupaba tu hija, debiste sacrificarte. Lo hecho está hecho.
—No le hagas esto —susurró ella.
—Soy el rey.
Sus ojos eran piedra pulida. Sin grietas.
Sonja entendió en ese instante que el hombre al que había amado ya no habitaba ese cuerpo.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Yo no necesitaba una corona para ser feliz. Solo te necesitaba a ti. Y tú ya no estás.
Las palabras quedaron suspendidas, vibrando contra las paredes.
Se quitó la corona.
La dejó caer al suelo.
El metal resonó con una dignidad herida.
—Dásela a Olivia, la segunda. O a quien quieras. Yo ya no soy la reina. Y tú no eres mi esposo.
Amadeo soltó una risa seca.
—No seas idiota. Deja el drama y retírate.
Ella no respondió.
Caminó por los pasillos como si atravesara un mausoleo. Cada tapiz parecía observarla. Cada guardia fingía no verla.
Llegó a la habitación de Isabella.
La niña estaba llorando en su cama, desconsolada.
Sonja cruzó la distancia en segundos y la abrazó con fuerza.
—Escúchame. Toma una bolsa. Llénala con todas tus joyas. Esta noche nos iremos del palacio.
Isabella alzó el rostro, temblando.
—¿A dónde?
—Haz lo que te digo.
La besó en la frente.
—¿Llevo mi ropa también?
Sonja negó.
—A donde vamos, nuestras ropas no servirán de nada. Solo tus joyas. Todas.
—Madre, ¿a dónde vamos?
Sonja miró los ojos húmedos de su hija, violetas como los suyos. Isabella era hermosa, codiciada, pero ella no permitiría que el futuro de su hija fuera manchado. No mientras estuviera viva.
—Esta noche, cuando todos duerman, ambas dejaremos de ser Ardent.
Y con esa promesa latiendo, salió de la habitación.
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Editado: 16.04.2026