Sonja caminaba por calles que ya no parecían su reino.
El pueblo estaba desbordado. Los soldados intentaban recuperar sacos de grano, pero recibían piedras a cambio. El aire vibraba con gritos, hambre y algo más peligroso que la rabia, desesperación.
Bajo un abrigo oscuro que ocultaba su rostro, avanzaba sin levantar la mirada. A su lado, Isabella, envuelta también en tela gruesa, sostenía con torpeza una bolsa demasiado pesada para sus catorce años.
A su alrededor, el mundo se rompía.
Un niño arrancaba pan mohoso del suelo.
Dos hombres se golpeaban por un puñado de trigo.
Una niña era empujada con brutalidad por intentar aferrarse a un saco que no era suyo.
Isabella tembló.
Era la primera vez que veía el hambre sin tapices que la adornaran. Sin música que la disimulara.
Se aferró al brazo de su madre.
Sonja no podía permitirse llorar ahora.
Doblaron una esquina y allí, esperaba una carreta sencilla. Madera gastada. Un caballo paciente. Un cochero de rostro curtido.
Sonja se acercó y bajó levemente la cabeza.
—Mi señor, necesito agua.
El cochero la miró fijo. No como un desconocido. Como alguien que mide el peso de una decisión.
—Sé dónde hay.
Golpeó el suelo tres veces con la bota.
Un ritmo breve. Preciso.
Sonja entendió.
Subió a la carreta sin decir más. Isabella la siguió, los dedos helados, los ojos húmedos.
La madre la abrazó con firmeza mientras la carreta comenzaba a moverse.
Isabella lloraba en silencio. No comprendía del todo qué estaba ocurriendo. Solo sabía que el palacio ya no era seguro, que las calles eran un campo de batalla y que el mundo que conocía se estaba deshaciendo.
Apoyó el rostro contra el pecho de su madre.
—¿Va a pasar? —susurró.
Sonja cerró los ojos un segundo.
El ruido quedó atrás poco a poco. Pero el hambre, el humo y los gritos seguían suspendidos en el aire.
Apretó a su hija con más fuerza.
—Sí —dijo, aunque no sabía si hablaba del caos… o de la vida que acababan de abandonar — duerme.
Ella cierra los ojos, no por tener sueño, si no para no ver más el dolor.
—Isabella… despierta. Llegamos.
La voz de su madre la sacó del sueño como si la arrancaran de una habitación tibia y la dejaran al aire libre.
Isabella abrió los ojos.
El mundo había cambiado.
Ya no había calles rotas ni humo. Frente a ellas se alzaban murallas inmensas de piedra blanca, limpias. La tierra seca se extendía alrededor.
Se incorporó en la carreta, desorientada.
—¿Dónde estamos?
—Silencio —susurró Sonja, con suavidad, pero firmeza.
Bajó primero. Ayudó a su hija. Luego se volvió hacia el cochero.
—Gracias.
Él inclinó apenas la cabeza, sin añadir palabra.
Sonja caminó hacia las puertas monumentales. Allí, esperándola como si el tiempo no hubiera pasado, estaba Don Esteban.
El hombre se inclinó ante ellas.
—Mi señora.
Las puertas comenzaron a abrirse con un sonido profundo, como si la piedra respirara.
Al cruzar el umbral y escuchar el golpe sólido del cierre detrás de ellas, Sonja dejó escapar el aire que había contenido desde la noche anterior.
—Bienvenida a la Frontera Gris, Sonja —dijo Don Esteban.
Ella se quitó la capa.
Lo abrazó.
Isabella miraba todo con los ojos muy abiertos. Dentro de las murallas no había desolación. Había orden. Pasillos de piedra clara. Antorchas alineadas. Movimiento silencioso y disciplinado.
—¿Qué es este lugar? —preguntó, asombrada.
Don Esteban sonrió apenas.
—Las preguntas vendrán después.
Hizo un gesto con la mano.
—Síganme.
Don Esteban las condujo por pasillos de piedra clara hasta una casa limpia, pulcra y ordenada, iluminada por antorchas. No había lujo, pero sí orden. Silencio. Propósito.
En la sala estaba, Arianne esperaba de pie junto a una mesa de mármol decorada con unas flores blancas.
Al verlas entrar, frunció levemente el ceño.
No reconoció a la mujer de inmediato.
Pero a la joven sí.
—Ella es Isabella —dijo con firmeza—. La hija del rey Amadeo. La vi en el aniversario.
Don Esteban asintió.
—Y la otra es la reina Sonja. Primera esposa de Amadeo.
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Editado: 16.04.2026