Adrián inspeccionaba la nueva base con pasos medidos. Era un escondite improvisado, pero funcionaba.
Zane cerró la puerta tras de sí.
—La gente está yendo a la antigua base a pedir comida —dijo en voz baja—. No pueden salir. Los soldados vigilan cada esquina.
Adrián asintió.
—Me están buscando.
—¿Por qué no fuimos al envío de hoy? Era hoy.
Ella apoyó las manos sobre la mesa vieja de madera, todo allí era recogido de la basura. No era el Lujo que estaba acostumbrada, pero era lo esencial para dar cualquier golpe.
—Porque Lucien no es tonto. Sabe que leímos las cartas. Deben estar esperándonos.
Zane frunció el ceño.
—Entonces no podemos movernos.
—No ahora.
Un silencio breve.
—¿Cómo conseguiste los uniformes?
Adrián dudó apenas. Pensó en Sonja y en como revelar que la misma reina era la traidora causaria caos.
Luego sonrió con calma.
—Tenemos un aliado en el ejército. Un hombre que nos los proporcionó.
Zane la observó, intentando leer lo que no decía.
—Aun no entiendo cómo pasa la comida por la Frontera Gris.
Adrián no respondió.
Zane sabía que Arianne era mujer. Lo había descubierto hacía tiempo. Pero no sabía quién era realmente. Para él, era una campesina más, o al menos es lo que ella le dijo, no sabía si le creía.
Cerró la ventana y fue hasta ella
—Merezco saber quienes son amigos y quienes enemigos.
—Zane, ya te lo dije. La persona que me ayuda no me da tanta información. Solo sé lo que sé. Hay aliados en el ejercito y la comida se pasa por esa Frontera que tampoco sé como tienen aliados dentro.
El niega como todas esas conversaciones, no iban a ninguna parte.
—¿Estás lastimada? Sé que Lucien fue cruel.
Ella respiró hondo.
—Me duele la espalda. Pero estoy bien.
Zane se aproximó despacio. Con manos firmes, retiró la peluca rubia.
El cabello negro con puntas grises cayó con suavidad sobre sus hombros.
Sonrió.
—A veces olvido lo hermosa que eres cuando no usas esa peluca horrenda.
Ella sostuvo su mirada un segundo.
—No hagas eso. Es peligroso.
Se colocó de nuevo la peluca.
—Aún no sé nada de ti —insistió él—. Dónde vives. De dónde vienes. Solo sé que eres campesina, y sabes clavar dagas en el pie.
Adrián apoyó la espalda contra la pared.
—No es que no confíe en ti. Es que vivo en todas partes. Y no quiero meter a mi familia en esto.
Zane dio un paso más cerca.
—Podríamos vivir juntos. Si quisieras.
Ella negó suavemente.
—Ya tienes mucha responsabilidades, y yo solo sería una carga en tu vida.
Zane bajó la mirada, pero no con derrota. Con esa sonrisa ladeada que aparece cuando alguien ha sido descubierto en algo que no sabe ocultar.
—Tal vez —dijo—. Pero si algún día quieres un amigo… no un compañero de lucha. Solo alguien que escuche… tenme en cuenta. O un amante, también soy bueno en eso.
Ella soltó una risa que no se parecía en nada a la que usaba frente a los demás. Era ligera. Libre.
—De seguro debes ser bueno en eso.
—¿Ves? Confías en mí más de lo que admites.
Un pequeño silencio cómodo se instaló entre ambos.
—Voy a comer algo —dijo él finalmente.
—Ve.
Zane caminó hacia la puerta, pero antes de salir la miró una vez más. Esta vez sin bromas.
—No siempre tienes que ser fuerte... no conmigo.
Y salió.
La puerta se cerró con un sonido suave.
Adrián quedó sola.
La sonrisa tardó unos segundos en desaparecer.
Pensó en Sonja. En su llegada sin corona. En la determinación de una madre que cruzó un reino ardiendo por su hija.
¿Había dejado realmente todo por salvarla?
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Editado: 06.05.2026