Lucien caminaba por los pasillos del palacio con la mandíbula tensa.
Los rebeldes no habían acudido al envió de comida.
Eso lo irritaba más que el ataque mismo.
No eran impulsivos.
No eran torpes.
Pensaban.
Y un enemigo que piensa es peligroso.
Empujó la puerta de su habitación.
Allí estaba Ivar.
Sentado en la cama, comiendo pan con absoluta tranquilidad.
Veinte años. Cabello color miel, lacio y ordenado. El único de los hermanos sin ojos violetas. Los suyos eran oscuros, profundos, idénticos a los de Amadeo. La piel clara, casi luminosa. El parecido físico con el rey era innegable.
Pero donde Amadeo tenía dureza, Ivar tenía dulzura.
Lucien se acercó y le dio un golpe seco en la cabeza.
—¿Qué haces?
Ivar alzó la vista, más sorprendido que ofendido.
—Comer.
Lucien le arrebató el pan.
—¿Por qué escondes comida?
Ivar rió.
—No la escondo. Madre me la dio hace unos días. No sé de dónde la sacó.
Lucien chasqueó la lengua.
—A mí también me dio. Ya me la comí.
Se dejó caer sobre la cama, boca arriba, mirando el techo.
Ivar masticó con calma.
—¿Todo bien?
—El pueblo sigue mal —respondió Lucien—. Y si ellos están mal, nosotros también. El ejército perdió respeto. A mí tampoco me respetan. Me miran con odio. Con desprecio.
Lucien giró el rostro hacia él.
—Y no los culpo.
Ivar siguió comiendo, casi feliz en su pequeña burbuja de pan.
—No tenemos noticias claras de los cultivos —continuó Lucien—. El coronel Rojas dice que hay una plaga. Mata solo a los adultos. Mandan niños a trabajar, pero no saben cómo cultivar. Es una pérdida total.
Ivar frunció el ceño.
—¿Has ido a los cultivos?
Lucien negó.
—No. No pienso morir por una plaga absurda.
Ivar ladeó la cabeza.
—¿Y por qué el coronel Rojas no muere?
Lucien bufó.
—Dice que usa armadura todo el tiempo.
Ivar dejó el pan a un lado.
—Si quieres respeto, pierde el miedo y ve a verlo con tus propios ojos.
Lucien lo observó.
Ivar no era estratega. No era brillante. Pero tampoco era tonto.
—Esa historia es rara —añadió Ivar—. Hasta a mí me lo parece.
Lucien se incorporó ligeramente.
—Sabes que Amadeo jamás me dejaría desobedecer al coronel Rojas.
—No tienes que obedecer a Amadeo, eres el general, mereces saber que pasa con tus propios ojos. El coronel es bueno peleando, pero es una lagartija sin valores, vendió a su propia hija, se dice que mató a su esposa, ¿crees que no haría algo contra padre?
Ivar solo decía en voz alta lo que todos pensaban, esa plaga era extraña, nada parecia encajar, pero Amadeo estaba cegado ante Rojas.
—¿Cómo van tus clases?
Dice para disipar la tensión el ambiente, pero su mente ya planeaba algo, él tenía que ver con sus propios ojos que pasaba en esos cultivos, aunque le costara la vida.
Ivar hizo una mueca.
—Un fastidio. Y la presión por tener esposa es peor.
Lucien soltó una risa breve.
—Bienvenido a mi mundo. Padre me presionó durante años para embarazar cualquier cosa que respirara. Ahora parece haberse rendido.
Ivar bajó la voz.
—Tú deberías ser rey.
Lucien lo miró fijo.
—He matado a demasiadas personas.
Silencio.
—Según la ley de Ardavan, el rey debe ser puro. Si ha derramado sangre, pierde ese derecho.
Ivar apretó los labios.
—Eso es una ley vieja.
—Sigue siendo ley.
Lucien se levantó.
—Además, no estoy hecho para sentarme en un trono.
Ivar lo miró mientras caminaba hacia la puerta.
—Pero sí para salvar tres reinos.
Lucien no respondió.
Un grito rompe el silencio.
Lucien e Ivar se miraron apenas un segundo antes de correr. El pasillo parecía más largo de lo habitual, como si el palacio quisiera retrasarlos.
Entraron sin anunciarse a la habitación del rey.
Y el mundo se quebró.
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Editado: 06.05.2026