Los Sin Trono

22 El trofeo

El castillo vibraba como una bestia satisfecha. Antorchas encendidas, jarras chocando, botas golpeando piedra. La victoria tenía olor a cerveza y sangre seca.

Amadeo caminaba despacio por los pasillos. Tenía doce años y una corona que le quedaba grande, aunque nadie se atrevía a decirlo.

Los gritos lo guiaron hasta la sala real.

Su padre estaba en el centro, riendo, con espuma en la barba y triunfo en los ojos.

Vaelor era un rey hecho de guerra.

Cabello castaño claro, largo y sujeto en una cola baja. Piel curtida por el sol, áspera como las tierras que conquistaba. Ojos oscuros que brillaban con un fuego inquietante, sobre todo cuando celebraba victorias.

Siempre llevaba la ropa manchada de tierra, sangre o vino. Nunca parecía limpio del todo. Bebía hasta caer al suelo y sudaba constantemente, como si su cuerpo viviera en combate incluso en reposo.

No era un rey de mármol. Era un rey de hierro caliente.

—¡Mi hijo, el rey! —bramó al verlo entrar.

La multitud aplaudió. Algunos golpearon las mesas. Otros alzaron jarras como si brindaran por el sol.

Amadeo no entendía.

Su padre le puso una cerveza en la mano.

—Celebra. Hemos tomado parte de la Frontera Gris.

El salón rugió.

Afuera, la algarabía corría por las calles como incendio en verano.

El rey viejo le apretó la mano con fuerza.

—Tengo un obsequio para ti.

Lo llevó hacia una esquina, lejos del centro de la fiesta. Allí, contra el muro frío, estaba ella.

Cabello miel enredado. Manos y pies esposados. Vestido sucio. Ojos violetas inundados de terror.

Una niña.

—Es para ti —dijo su padre con satisfacción—. Llévenla a la habitación del rey.

Cuando Amadeo la vio, algo dentro de él se detuvo.

Su alma se anudó a esa mirada.

No fue deseo. No fue posesión. Fue otra cosa. Algo que le atravesó el pecho. En esos ojos asustados había una pregunta muda. El temor en su rostro lo rompió por dentro.

La amó apenas la vio. No como hombre. Como promesa. Tal vez fue en ese instante cuando realmente se convirtió en rey.

—Es para ti —dijo su padre con satisfacción—. Llévenla a la habitación del rey.

Amadeo se quedó inmóvil.

Las risas siguieron, como si no acabara de ocurrir algo que cambiaría el rumbo de un reino entero.

Esa noche lo condujeron a su propia cámara. La habían bañado. Le habían puesto un camisón limpio. Seguía temblando en la cama recostando su rostro a sus rodillas.

Se acercó con cautela.

—Hola.

Ella no respondió. Solo lloraba.

—¿Estás bien?

—Mataron a toda mi familia —sollozó.

Se sentó a su lado, manteniendo distancia.

—¿Cómo te llamas?

—Sonja.

—¿Cuántos años tienes?

—Diez.

Amadeo tragó saliva.

—Me llamo Amadeo. Soy el rey de Ardavan.

Ella lo miró, desconfiada.

—Eres muy joven.

—Mi padre perdió el derecho de ser rey cuando yo tenía cinco años.

Sus manos temblaban.

—¿Me vas a hacer daño?

Él negó con la cabeza.

—No. Puedes comer. Descansar. No te haré daño.

Le ofreció fruta. Ella dudó, pero la tomó.

—¿Qué me van a hacer? —preguntó en un hilo de voz.

Amadeo miró la puerta cerrada.

—No debes preocuparte por eso. Te protegeré. Nadie te tocará.

Esa noche, ella se quedó dormida con el miedo todavía en los hombros.

A la mañana siguiente, la puerta se abrió sin aviso.

Su padre entró.

—¿Y bien? —preguntó con tono impaciente—. ¿Por qué no te acostaste con ella?

Amadeo se puso de pie.

—No quise.

El rey viejo avanzó, tomó a Sonja del cabello y la obligó a alzar el rostro.

—Entonces será mía. No voy a desperdiciar un regalo.

Los gritos de ella lo volvieron una fiera con hambre.

—¡Suéltala! —ordenó.

Su padre lo miró con desdén.

—Es una simple campesina. Tómala y ya.

Amadeo dio un paso al frente. Su voz dejó de sonar infantil.

—Yo soy el rey. Y si le haces daño, pagarás por ello. Nadie la tocará sin pagar con su vida.

Hubo un silencio tenso como cuerda a punto de romperse.




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