Los Sin Trono

23 El Derecho de Relevo

Los recuerdos invadían su mente.

La habitación olía a vino rancio y derrota.

Las cortinas estaban a medio cerrar. La luz entraba en tiras grises, como si el día mismo no quisiera tocarlo. Amadeo yacía sobre la cama deshecha, la corona caída en el suelo, una jarra vacía colgando de sus dedos.

Miraba la ventana, pero no veía el paisaje. Veía otra cosa. Otra noche.

Una niña de ojos violetas temblando bajo un techo que no era hogar.

La puerta se abrió.

Lucien entró. Como general, tenía el derecho de hacerlo sin anunciarse; como hijo, no pediría jamás permiso a Amadeo para entrar en una habitación de ese palacio.

—Llevas días en esa cama —dijo con voz firme—. Debes levantarte.

—Lárgate —murmuró el rey sin mirarlo.

Lucien no se movió.

—Tenemos que revisar la situación de la falta de comida, ahora que no contamos con el dinero del matrimonio de Isabella…

Lo que quedaba de Amadeo se incorporó de golpe. Sus ojos estaban desgastados.

—Que se mueran todos —escupió— es lo mejor. La muerte será mi regalo para mi gente.

Lucien apretó la mandíbula.

—Estamos buscando a mi madre. La encontraremos.

Amadeo soltó una risa seca, rota.

—Ella me dejó. Aunque la encuentres, no me quiere más. Tomó a su niñita y se largó de mi vida.

Se pasó la mano por el rostro, como si quisiera arrancarse la piel.

—¿Sabes que llevo doce años sin dormir con tu madre? —dijo de pronto, mirándolo por primera vez—. Doce. Ella me prohibió tocarla.

Lucien guardó silencio.

—¿Sabes qué me dijo cuando traje a Olivia? —continuó, la voz temblándole entre rabia y humillación—. Me dijo que ahora sería problema de otra.

Se rió. Una risa que no tenía nada de alegría.

—¿Problema? Así me llamó. Después de que la salvé y protegí.

Su voz se quebró.

—Esa orgullosa…

De pronto gritó y se dejó caer de rodillas, los hombros temblando.

Lucien dio un paso adelante, pero se detuvo.

—Pido permiso para usar el Derecho de relevo —dijo finalmente, frío como acero bien templado.

Amadeo no levantó la cabeza.

—Haz lo que quieras. Solo tráiganme más vino… y déjenme en paz.

Lucien lo observó un momento más. Sacó un pergamino del interior de su chaqueta. El sello real ya estaba preparado.

—Fírmalo.

Amadeo soltó una risa áspera.

—Te dije que quiero vino.

—Fírmalo —repitió Lucien, acercándose—. Es lo mejor para el reino. No puedes gobernar así.

Las palabras salieron como una orden.

El rey lo miró largo rato. En sus ojos había cansancio. Derrota. Y una sombra de alivio que jamás admitiría, tomó la pluma con manos inestables.

—Siempre fuiste más frío que yo.

Amadeo ya había tomado la pluma cuando volvió a hablar, como si algo se le hubiese quedado atorado en la garganta durante años.

—Ella también te abandonó a ti —dijo, sin mirarlo—. Tu madre te dejó.

Lucien no parpadeó.

—Mi madre es una mujer inteligente. No se habría ido sin que le dieran motivos.

La frase cayó como una piedra en su cabeza.

—Siempre la quisieron más a ella que a mí. Todos. La corte. El pueblo. Hasta tú. Solo importa que ella sea feliz. ¿Y qué hay de mi felicidad?

Los celos de Amadeo con el amor de Sonja eran casi enfermos, no la quería para nadie más, pero Sonja era un alma libre, y ella no creía en cadenas ni coronas.

—Trajiste a Olivia. Luego a Bruna. No por amor. Para humillarla. Para recordarle que podías reemplazarla.

Amadeo se puso de pie tambaleante.

—¿Y qué sabes tú del amor? Solo te acuestas con prostitutas. Pagas para que finjan que te aman.

El golpe fue directo, pero apenas le incomodó.

—¿Y Olivia y Bruna no fingen amarte a ti?

—Al final —continuó Lucien— casi todas fingen. Porque es más seguro. Porque decir la verdad cuesta. Y las únicas que no fingen… molestan.

Se acercó un paso.

—Porque se necesita valentía para vivir una verdad.

Amadeo lo miró como si acabara de reconocerlo y perderlo al mismo tiempo.

—Yo la salvé —murmuró—. La protegí cuando era una niña. Le di un reino.

—Y cuando dejó de mirarte como rey, no supiste qué hacer —respondió Lucien.

Amadeo apretó los puños. Por un instante pareció el niño de doce años que abrazaba a una niña temblorosa prometiéndole protección.

—No sabes nada —susurró.




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