Los Sin Trono

24 Dale lo que quiere

La casa que Esteban les había dispuesto era pequeña, pero para Sonja era perfecta. Las colinas verdes respiraban lento, el aire traía perfume de tierra mojada y la lluvia descendía con una delicadeza casi devota, como si pidiera permiso antes de tocar el suelo. Allí, el futuro no gruñía. Allí, la gente caminaba sin mirar por encima del hombro.

Estaba recostada en el muro de mármol de la terraza cuando lo vio llegar. Don Esteban avanzaba bajo la lluvia, empapado y sonriente, como un muchacho que hubiera vencido al clima en un duelo secreto.

—No es muy inteligente mojarse a su edad —le dijo ella, alzando una ceja.

Él soltó una risa breve.

—Tampoco lo es recibir la lluvia con ropa tan ligera como la tuya.

Sonja rió más fuerte. La risa le salía limpia en esas tierras.

Esteban le extendió una jarra.

—Del manantial.

Ella bebió. Cerró los ojos. El agua tenía memoria. Sabía a infancia sin sobresaltos.

—Es como lo recordaba —susurró.

Lo invitó a pasar. Isabella dormía.

—Pensé que el trabajo me pesaría —confesó Sonja, apoyando la jarra en la mesa—. Creí que la rutina me doblaría la espalda… pero la libertad tiene un sabor que compensa cualquier precio.

Esteban la observó con atención, como si midiera la firmeza de esas palabras.

—Si lo deseas, Isabella puede ir al colegio mañana mismo —dijo con calma—. Arianne enseña allí.

Sonja lo miró de lado. Había cautela en sus ojos.

—Aunque desconfíe de ustedes —añadió él—, jamás le negaría a una doncella el derecho de aprender. No mientras esté bajo mi cuidado.

A Sonja se le iluminó el rostro.

—A ella le encantará. Y a mí también.

Por dentro, la casa era sencilla, apenas dos habitaciones, no necesitaba más. Completamente revestida de mármol blanco, donde la luz natural era la verdadera protagonista.

Desde la sala se abría un pequeño jardín interior, con una fuente de piedra con agua que provenía de los pozos era limpia, fresca, bebible.

El fuego de la cocina le daba un olor amable, calentaba en las frías noches y te hacía sentir que el día valió la pena.

—¿Cómo estás? —preguntó él.

—Bien. Solo hice lo que mi corazón me pidió.

Esteban miró la lluvia por la ventana que daba a la terraza de la entrada.

—La vida se complica con los años. Cada camino pesa más.

—Hablas como un viejo nostálgico.

—No me han roto tanto el corazón. La única mujer que he amado ha sido mi madre… y mi hija. Pero son amores distintos al que tú sientes por Amadeo.

—Te recuerdo joven —dijo Sonja con una sonrisa ladeada—, caminando entre los cultivos dorados, conquistando muchachas.

Esteban soltó una carcajada baja, de esas que vienen con polvo de memoria.

—Era una época peligrosa para los corazones distraídos.

—Y para las muchachas ingenuas —replicó ella.

Él negó con la cabeza, aun riendo.

—De esa temporada de conquistador nació Arianne.

Sonja alzó las cejas, divertida.

—Al menos dejaste algo valioso entre tanta conquista.

—Lo único verdaderamente valioso —corrigió él, con una sonrisa que ya no era de conquista, sino de padre.

Sonja asintió.

—El amor a un hijo no exige. Solo es. En cambio, de los esposos esperamos demasiado. Y la expectativa… siempre hiere. Sé que confiar en mí te costó.

—Ahora eres reina. Es complicado. Pero la rebelión no habría llegado tan lejos sin ti

Sonja negó con suavidad.

—Hace años dejé de ser reina. Ni todo el oro del mundo ni el ejército más grande valen más que el futuro de mi hija. Y no se lo regalaré a nadie.

—Isabella es fuerte —dijo Esteban con convicción tranquila—. Estará bien.

—Lamento haberte impuesto la carga de protegernos.

—No es una carga cuando se elige. Y yo lo elegí —contestó él—. hemos sido invitados al cumpleaños del príncipe Lian.

Sonja asintió.

—Esa familia es lo que un reino desea. Lian es tan prudente como su padre. Pero no vas por cortesía. Quieres entrar en ese reino.

Esteban no lo negó.

—La rebelión necesita a los tres reinos. Si no, el vínculo no se rompe.

—Si quieres romper el vínculo —añadió— no necesitas llegar tan lejos. Dale a Malehor lo que más quiere: salvar a su pueblo. Su lealtad vacila cuando su gente sufre. Hazte su amigo y lo tendrás para siempre. No es colérico. Piensa. Elige en quién confiar.

La lluvia siguió cayendo mientras él analizaba.

—Pero Drakavar no tiene ejercito propio. Amadeo puede atacarlos con solo una orden.




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