Los Sin Trono

25 Más allá del muro

Isabella era una chica curiosa. Así la vio Arianne la primera vez que la condujo a la escuela de la Frontera Gris, ese lugar que no solo enseñaba oficios, sino que parecía tallar destinos como si fueran estatuas en piedra viva.

Allí la formación era gratuita. Los jóvenes aprendían a cultivar la tierra si querían trabajar en los campos, a pelear si aspiraban a entrar al ejército, a leer y estudiar sin descanso si soñaban con ser profesores. También estaban las áreas de medicina e ingeniería, caminos distintos que se abrían como senderos en un bosque amplio y exigente.

Isabella caminaba a su lado observándolo todo con ojos atentos.

—¿Tengo alguna limitación por ser mujer? —preguntó de pronto, sin bajar la voz.

Arianne la miró con calma.

—No. Aquí se elige por mérito. Según tus notas, serás seleccionada para el área en la que mejor rindas.

Isabella asintió, aunque algo en su interior seguía en guardia.

La llevaron a la biblioteca. El lugar era espléndido. Mármol pulido que reflejaba la luz como agua quieta, estanterías altas y ordenadas, sillas de madera clara alineadas con precisión. Todo impecable. Todo silencioso.

Isabella se detuvo al entrar.

Los libros estaban a su disposición. Filas y filas de conocimiento aguardando manos curiosas. Sintió una emoción limpia, casi infantil. Allí, al menos, nadie podía decirle que ocupaba demasiado espacio.

—Tengo asuntos que atender —dijo Arianne con suavidad—. Puedes quedarte.

Isabella asintió y avanzó entre los estantes.

Las otras chicas la miraban.

No con abierta hostilidad, pero sí con esa distancia afilada que corta sin necesidad de palabras. Murmuraban entre ellas. Eran menudas, de facciones delicadas, cuerpos pequeños que parecían ajustarse al molde esperado. Ella, en cambio, siempre había sido distinta.

Más alta. Más cuerpo. Más presencia.

El traje de gasa que llevaba marcaba sus curvas. Pecho y caderas que habían llegado antes que la aceptación. Los chicos de su edad no la miraban con interés; la veían “gordita”, “rara”, algo que no encajaba en sus preferencias juveniles y estrechas.

Isabella nunca se había sentido igual a las demás.

La única que la comprendía era su madre. Le decía que a su edad su cuerpo también era así, que la forma no definía el valor. Que crecer era un proceso, no una competencia.

Se acercó a una estantería y eligió un libro al azar, o tal vez el libro la eligió a ella. Se sentó en una silla de madera y lo abrió.

Las miradas continuaban.

Susurros.

Comparaciones invisibles.

Suspiró.

Para ella, las batallas nunca terminaban. No encajaba en el palacio con un padre arrogante que exigía perfección, ni allí, donde la diferencia se notaba como una antorcha en la noche.

Bajó la vista y empezó a leer.

Las palabras comenzaron a envolverla. Frases que no juzgaban, historias que no señalaban, mundos donde podía existir sin explicarse. La lectura siempre había sido su refugio, el lugar donde la tristeza se disolvía como sal en el agua.

Mientras las demás murmuraban, Isabella viajaba. Y es que, para una joven de catorce años, las batallas estaban en todas partes.

***

Arianne encontró a Zafiro con el ceño fruncido y las manos entrelazadas, como si estuviera sosteniendo una sospecha que pesaba demasiado.

—Rescatamos a una niña de los campos —dijo en voz baja—. Tienes que escucharla.

La llevaron a una sala tranquila. La niña ya estaba limpia, con ropa sencilla y el cabello aún húmedo. Tenía comida en el estómago, pero el temblor seguía instalado en sus huesos.

Arianne se sentó a su lado, despacio, sin invadir.

—¿Tienes padres?

La niña negó.

—Murieron por la hambruna. Toda la comida me la daban a mí… hasta que ya no pudieron levantarse.

Las palabras no tenían lágrimas. Eran ceniza. Era la primera vez que hablaban con una niña de estuvo en los campos.

—¿Qué pasó después?

—Entraron soldados a la casa. Me llevaron a los campos de cultivo.

Tragó saliva.

—La tierra parece ceniza. La trabajas y no crece nada. Solo hay niños… pocos adultos. La mayoría son soldados, siempre con armadura. Dicen que hay una plaga que solo afecta a los adultos, que por eso no pueden estar allí. Pero yo no vi a los pocos adultos enfermar.

El silencio se volvió denso.

—Yo escapé —susurró—. Pero los demás… los demás sufren abusos todo el tiempo.

Zafiro apretó los labios

—Hay algo allí —dijo ella —. Algo que el coronel Rojas está ocultando.

Arianne miró a la niña.

—Has sido valiente. Aquí estarás protegida.

Cuando salieron, el aire parecía distinto.




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