Su holomisor vibraba, pero el gran caballero Robles optó por no responder las holollamadas de su aprendiz Yanet ni de su compañero de trabajo, Rodolfo Orihuela. Esto, debido a que los soldados de reciente ingreso de la Guardia Civil estaban más preocupados porque se propague el caos en la marcha para saltar a la acción, que en cumplir con sus labores como tal.
El general Prado fue claro en su orden, lo único que harían ellos sería montar a caballo y guiar a los manifestantes por las calles seguras a fin de garantizar la seguridad de los transeúntes.
Todavía se sorprendía cada que las personas se lo quedaban viendo con asombro. Definitivamente, la armadura jugaba mucho a su favor y que muchos lo reconocieran por su apellido, también. Nadie se metía con él, tampoco con los guardias y caballeros que lo escoltaban unos pasos por detrás de su caballo. Solo Ramírez se le acercaba cada tanto tiempo para preguntarle la hora, excusándose con que había olvidado su holomisor en la dependencia del distrito 13.
- Una y quince de la tarde _pronunció con aburrimiento, solo para verlo sonreír con malicia de oreja a oreja.
Ya no faltaba mucho para que salieran a almorzar.
Para suerte suya, el desplazamiento de esa mañana tenía a varios adultos mayores entre sus filas protestando por mejores tratos y remuneraciones por sus décadas al servicio del reino. ¿Su destino? El palacio de la familia real y la misión de Jorge junto al resto de sus compañeros era precisamente desviarlos y, hasta cierto punto, impedírselo sin violencia. La cantidad de infiltrados, sin embargo, era algo que no podía pasar por alto. Varias otras facciones también se sumaron a protestar, cada uno persiguiendo sus propios intereses.
Pese a ello, la caminata estaba próxima a acabar. Como de costumbre, los detendrían al pie de la sede principal del Departamento de Oficios Civiles, ubicada en pleno corazón del Centro de Amil.
- Oye, Robles _era Rossel. Su mirada habló por él, quería pedirle permiso para hacer algo fuera de sus deberes_. ¿Tú crees que pueda ausentarme por un rato? Necesito ir al baño.
- ¿Es tan urgente? _le increpó, serio.
- ¡Ya está a punto de salir!
- ¡Okey! ¡No tenías que ser tan explícito! _apoyó su mano derecha sobre su frente con enojo_. ¡Solo no demores, por favor!
Rossel no perdió el tiempo y, tras agradecerle de corazón, se retiró a paso acelerado montado sobre su caballo de color blanco y melena dorada. Partió hacia la izquierda, cerca de una calle concurrida de negocios de comida y bebida. García opinó que, lo más probable era que no volverían a saber de él hasta terminada su jornada laboral, comentario que fue respaldado rápidamente por Esposito. Jorge solo se limitó a decir que, mientras pudieran trabajar tranquilos, su ausencia o presencia no cambiaría en nada las cosas.
Sus compañeros le caían bien, pero no terminaba de acoplarse a ellos.
“¿Qué estará haciendo Orihuela ahora?”, se preguntó.
Lo imaginó sentado en su escritorio, sintiéndose el jefe de su despacho compartido, tomando café o matando el tiempo viendo noticias en el holomisor del segundo piso de la dependencia. Envidió su tiempo libre, definitivamente la estaría pasando mejor que él.
Rodolfo tembló, desesperado.
Aunque, evitó mostrarse vulnerable al verse rodeado de casi todos sus compañeros de trabajo, con quienes se movilizaban dentro de un gran carruaje con destino al distrito 12. Como la academia bendita Newton se encontraba hasta al otro extremo de la ciudad, su pelotón no tuvo más opción que buscar al único caballero mágico capaz de transportarlos con un hechizo de aparición. Ni bien llegaron, los representantes de ambas dependencias se saludaron con un apretón de manos para, a continuación, sumar fuerzas y transportarse juntos hacia el punto de ataque de Nuevo Amanecer.
Tres caballeros con capas y sombreros puntiagudos se postraron ante ellos con sus largas varitas en alto y, en menos de un parpadeo, exclamaron “aparentis” para llevarlos en bloques hacia los exteriores del gran recinto educativo, uno conocido por alojar a los hijos de las familias más importantes en todo el continente de Melendi.
No descendieron de su unidad hasta que terminaron de colocarse los trajes antidisturbios. Cuando estuvo armado de pies a cabeza, Orihuela alcanzó al resto de su equipo quienes esperaban órdenes del gran caballero del distrito 1, un hombre del mismo porte de Jorge, aunque mucho más canoso que él y con bigote rectangular sobre su labio superior. No mucho más adelantados que ellos, estaban los soldados y caballeros encargados de la línea defensiva, quienes formaron una gran barricada de tierra para impedir que los rebeldes los atacaran desde puntos ciegos.
Los gritos de fondo lo perturbaron. Muchos niños y adolescentes clamaban por ayuda. No pudo soportarlo, sus manos temblaron y, junto con él, las lágrimas que recorrieron sus mejillas.
- Estarán bien _escuchó de repente. Una de sus compañeras intentó consolarlo_. Tienes un gran corazón.
- De nada servirá si no podemos rescatarlos _respondió.
Ya más cerca del capitán, escucharon atentos su plan. Sonaba más simple de lo que realmente era: ingresar y rescatar a la mayor cantidad de rehenes posibles sin temor a abrir fuego. Su incursión comenzaría en uno de los muros que fueron dinamitados en televisión, posicionando a los miembros de la línea de ataque tras el escuadrón de defensa para desplazarse sin temor a ser sorprendidos. Un tercer grupo se encargaría de vigilar la salida y ayudar a los heridos. Ingresarían por el gran estacionamiento para carruajes; es decir, que estarían expuestos ante posibles ataques. Debían ir con la consigna de que los estarían esperando.