Sebastián no estaba acostumbrado a usar ropa de fiesta, pero la ocasión lo ameritaba y tampoco tuvo la intención de desentonar. Solo por eso, desistió de vestir su clásica casaca color crema con guinda para usar algo más casual. El último grito de la moda melendiana en adolescentes eran las camisas floreadas con un polo manga corta o sin mangas por debajo. El pantalón era indiferente, cualquiera de color negro o azul noche hacía juego, junto a un par de botas de combate más pequeñas, ideales para reuniones o eventos.
Humberto Robles, su padre, no pudo evitar reír con malicia al encontrarlo cerca del umbral de la sala. Según él, su nuevo outfit no le quedaba del todo mal, aunque se notaba que no era su estilo. El chico de anteojos le pidió que no siguiera, excusándose con que todo era su culpa ya que antes de pensar ir a la casa de Ángela, su compañera y también, la dueña de la fiesta, debía de pasar por Yanet. El adulto no le vio nada de malo a eso, más su hijo sí, exclamando que se moriría de la vergüenza si llegaba a cruzarse con su mamá y no le transmitía ser un buen partido para su hija.
- Y pensar que hasta hace rato no la querías llevar.
- ¡Cállate! ¡Molestoso! _abrió la puerta de su casa, poco después de darse un último vistazo en el espejo de la sala.
- ¿Quiéres que te espere despierto? _preguntó Humberto.
- No, papá, llegaré en la madrugada. Mis amigos y yo nos quedaremos en el patio trasero para no molestar a nadie. Dudo mucho que encuentren carruajes para irse a sus casas, así que preferí adelantarme a eso. Ya puse un colchón dentro de la caseta de armas viejas y un par de sábanas para no morirnos de frío.
- Si vienen con amigas, por favor, procuren no hacer mucho ruido _su doble intención fue más que evidente.
- ¡Ok! ¡Te lo prometo! _le siguió el juego, esbozando una gran e hipócrita sonrisa en su rostro.
Fue así, que Sebastián partió cuesta arriba para llegar lo más antes posible a la residencia de la familia Benavides. Por suerte para él, Yanet también vivía a escasos metros de la academia San Felipe, teniendo únicamente que doblar a su derecha y seguir de frente hasta colindar con la calle que cruzaba la avenida. La chica estaba ahí, esperándolo afuera de una pequeña morada de dos pisos, al borde de unas escaleras externas de metal cuya pulcredad, era opacada por la sombra del conjunto de árboles que escoltaban la cuadra. Los postes de luz ya llevaban encendidos varios minutos.
La saludó con un cariñoso beso en los labios y ella le correspondió, aunque supo por su mirada que se forzó a hacerlo. Aun así, decidió obviarlo para no tener problemas.
Yanet no solo era una buena guerrera, también era muy bonita. En ese momento, llevaba puesto un vestido negro que le llegaba hasta las rodillas. De bajo, unas panties largas del mismo color que hacían juego con sus pequeñas botas de tacones bajos. Su cabello, recogido por una cola de caballo y sus labios, retocados con labial rojo, terminaron por mostrarle una faceta diferente de ella.
- ¡Estás muy linda! _exclamó.
- ¡Gracias! _se sonrojó_. ¡Tú también luces muy guapo!
Sebastián le extendió el brazo derecho para que pudiera apoyarse en él y Yanet, así lo entendió. Se acercó lentamente para hacerlo, pero, cuando estuvieron a punto de juntar sus manos, la tierra bajo sus pies se remeció de repente. Las personas a su alrededor gritaron de miedo, pensando que se trataba de un temblor. Pero, no fue así. El pelinegro mantuvo la cabeza gacha unos instantes mientras que su enamorada lo imitó, aunque mirando hacia el cielo.
Cuando el remezón pasó, ambos no se dijeron nada por unos instantes hasta que, en silencio, se apoyaron mutuamente para caminar con dirección a la avenida principal, dispuestos a asistir a la fiesta de cumpleaños de Ángela. Lo último que quisieron, fue perturbar el buen momento que había entre ellos. Pese… a haber sentido la presencia de Jorge Robles por una ligera fracción de segundo.
La hora marcó las siete con un minuto.
Un gran cráter se formó a escasos metros de la torre del Departamento de Oficios Civiles de Melendi. Esto, como consecuencia del choque de poderes entre el gran caballero Robles y el rebelde Shane. Este último, se defendió de la espada de Jorge usando su propio brazo como base para la creación de un sable de electricidad. Cruzaron miradas desafiantes por unos segundos hasta que, en una rápida maniobra, el fornido usó su mano libre para golpear a su oponente en la cara. Pero este ya lo veía venir y por eso, se dejó impactar con el fin de mandarlo a volar con un “contraataque”.
El rubio salió disparado hacia el cielo, quejándose de dolor ante la atenta mirada de varios transeúntes quienes, aterrados por el espectáculo, buscaron refugio en los locales aledaños. Robles, sin tiempo que perder, lo persiguió juntando aire bendito bajo sus botas para impulsarse como un misil, alcanzando su cuerpo para volver a elevar su espada familiar con los dos brazos.
“Técnica bendita del elemento fuego: ¡corte ígneo!”
Su arma, volvió a imbuirse de fuego con la particularidad, que las mismas formaron un pequeño remolino alrededor de la hoja. Sus colores, rojizos y amarillos, provocaron en Shane el más sincero placer, explotando en risas al momento en que fue alcanzado por el ataque del gran caballero, cayendo violentamente en el suelo mientras que sus extremidades eran consumidas por las brasas del justiciero. Jorge se mantuvo a la expectativa, todavía en el cielo, ignorando que había dejado de flotar con aire bendito desde hace mucho.