Consultó la hora en su holomisor, pero no fue capaz de ver con claridad. Aun así, tampoco le representó muchos problemas. Después de todo, la estaba pasando muy bien al lado de Yanet Benavides, su enamorada; y de Luciana Flores, su mejor amiga y la mujer que de verdad amaba con todo el corazón. Ambas eran claramente conscientes de sus sentimientos, más en ese preciso momento de la noche, decidieron ignorarlo por completo con el único propósito de pasarla bien en la fiesta de cumpleaños.
La estudiante de cuarto año sollozaba por momentos cuando ambos no la veían y lo mismo hacía la pelinegra, cada que se servía un vaso más de cerveza artesanal. Un par de invitados se percataron de sus acciones, más evitaron entrometerse al tener mejores cosas que hacer como coquetear con mujeres, dejarse conquistar por hombres apuestos o armar planes lejos de la casa de Ángela.
Nilton y Dolores se acercaban a los tres de rato en rato para vigilarlos, aunque por la propia algarabía de la fiesta, terminaban regresando a la pista de baile no sin antes servirse más cerveza de las botellas que Sebastián encontró en una de sus últimas incursiones en la cocina. El adolescente juraba que seguía igual de lúcido que de costumbre, ignorando que el alcohol ya había hecho efecto en su cuerpo desde hace mucho. No dejaba de sonreír, de moverse al compás de la música con las personas que lo rodeaban quienes, lejos de incomodarse, lo motivaban a seguir con aplausos y exclamaciones.
En algún punto de la noche, terminó alejándose de su enamorada y de su mejor amiga, aunque a ambas no les interesó demasiado. Estaban más ocupadas platicando sobre sus vidas que otra cosa. Por ejemplo, Luciana descubrió que Yanet era huérfana de padre y que quería formar parte de la Guardia Civil de Melendi como una especie de tributo a su memoria. También, que nunca antes había tenido una pareja sentimental y que el chico de anteojos era su primera experiencia romántica. Reconoció que ni siquiera sabía cómo besar con propiedad, teniendo más en común de lo que pensaba.
Responsabilizó al alcohol por pensar de esa manera, pero le estaba cayendo bastante bien. No era tan mala después de todo.
Por parte de Yanet, la joven curiosa se enteró por un descuido de la pelinegra que estaba resentida con sus padres por algo que le hicieron hace muchos años, cuando aún era una niña. Quiso saber qué, pero su compañera solo se limitó a tomar otro gran sorbo de cerveza para, a continuación, explotar en carcajadas.
- ¡Nada! ¡Olvídalo! _volvió a tomar otro sorbo_. Esta situación. Me recuerda a cuando jugaba en mi cuarto con mis muñecas. Yo… no tuve amigos por muchos años, y mi hermano aún era un bebé cuando estaba en educación básica. Así que, digamos que pasaba mucho tiempo encerrada en mi habitación conversando con mis juguetes, imaginando que me escuchaban, que me respondían… Tú eres como Lola, ella hacía lo mismo por mí. ¡Ella nunca me dejó sola! Estuvo ahí para mi cuando me tuve que separar de Sebastián… y cuando mamá echó a papá de la casa por infiel…
- Creo… que ahora entiendo porque los mayores siempre dicen que la cerveza hace que hablemos con la verdad _al igual que Luciana, Yanet se sirvió otro vaso lleno de alcohol artesanal, aunque a diferencia suya, la estudiante de cuarto año se lo terminaba todo de un sorbo. Hecho, que no pasó desapercibido por la pelinegra_. ¡Solo sale y ya!
- ¡Es cierto! _le dio la razón y, a continuación, le pegó un suave golpe con el hombro para llamar su atención_. Oye, y aquí entre nos. ¿Qué le viste? ¿Eh? A Sebastián.
- ¿A Sebas? ¡Nada! _tomó otro sorbo de su vaso, uno grande y prolongado_. O sea, es lindo y todo, pero… _sonrió, luego se cayó por unos segundos, como si estuviera procesando sus palabras_… No, no me hagas caso. ¡Yo lo quiero mucho! Somos enamorados, ¿sabías?
- Sí… lo he podido notar… Pero, ¿qué le viste?
- ¿Por qué mejor no me respondes tú eso? _siguió riéndose, no con malicia, sino más bien de lo ebria que estaba_. A mí no me engañas, pilluela. Sé que te gusta y también sé que a él le gustas tú _intentó servirse más alcohol como pudo, pero terminó maldiciendo con enojo al descubrir que la última botella ya estaba vacía.
- ¿Cómo puedes decir esas cosas? ¡Es tu enamorado!
- ¡¿Y tú crees que de verdad quiero que lo sea?!
- ¿No es así? _preguntó, temerosa.
- ¡Por supuesto que no! _siguió riéndose hasta que, en algún punto de su plática, sus risas se transformaron en llantos que, gracias a la excesiva bulla de fiesta, fueron bien disimulados. Luciana no entendió bien lo que estaba pasando, más supo recomponerse de su borrachera para abrazarla al verla en un momento de debilidad. Yanet le correspondió y, de inmediato, se disculpó con ella por lo horrenda persona que era_. ¡Yo no quería mentirle! ¡Te lo juro! Pero… ¡no tengo otra salida! ¡Tengo que hacerlo!
- ¡¿Mentir?! ¡¿De qué estás hablando?!
- ¡Todo está mal en mi vida! ¡Procuro ser la hija perfecta! ¡La estudiante prodigio de mi clase! ¡La persona que todos esperan que sea! Pero, luego te veo, y lo veo a él y me doy cuenta… ¡que lo único que he hecho hasta ahora es arruinarlo y otra vez! Sebastián es un lindo. No me mira con ojos de amor, pero se esfuerza por hacerlo, por respetarme. ¡Pero es evidente que es infeliz a mi lado! Y lo es… ¡porque la única mujer que está en su corazón eres tú!
Yanet tomó a Luciana de la blusa y reconoció que era mejor persona que ella. Por eso, le pidió entre llantos que, por favor, hiciera el esfuerzo por entenderla. La primogénita de los Flores accedió, con la única condición de que le hablara con la verdad y le explicara de una vez que era lo que tanto la mortificaba. Enterándose así, de cómo el gran caballero Jorge Robles le pidió que fingiera ser su enamorada para disque protegerlo y, de paso, mantenerlo lo más lejos posible del caso de “la noche de la tragedia”.