Los Sobrevivientes: Asedio en Amil

Capítulo 19. El mensaje

Fue recobrando la conciencia muy lentamente y, cuando lo hizo, lo primero que encontró frente a sus ojos fue la silueta de una pequeña mujer frunciendo el ceño mientras terminaba de ingerir todo el contenido espumoso de un vaso de vidrio. Supo por sus gestos que no tuvo buen sabor como también, que estaba enojada con él debido a que lo primero que le dijo, fue un “por fin despiertas” con tono bastante enérgico y recriminante.

Yanet llevaba puesto un bonito pijama rosado con pequeños conejos dibujados en la parte superior y lo que parecían ser zanahorias en la parte baja, justo sobre sus shorts que dejaban al descubierto sus pequeñas pero firmes piernas en desarrollo.

Sebastián no pudo ocultar su sorpresa.

- ¿Qué haces aquí? _preguntó_. ¿Cómo entraste a mi casa?

- ¿Tu casa? Querrás decir la mía.

No entendió a qué se refería hasta que, tras un rápido vistazo a sus alrededores, pegó un grito del susto al verse sobre un mueble que no era el suyo. Todo era tan apretujado, tan anticuado. Las paredes, así como los colores de la sala eran opacados gracias a los grandes anaqueles y repisas que adornaban la pieza. Mismos que, a su vez, servían para mostrar los juegos de platos y de tazas que, muy posiblemente, coleccionaban los miembros de esa familia.

La familia de su enamorada, los Benavides.

- ¿Ahora sí me dirás como llegaste aquí? _la pregunta de Yanet lo despertó de su trance.

- ¡No tengo idea! Se suponía que llegué a mi casa después de la fiesta, a no ser… _un recuerdo fugaz de Nadiuska se le vino a la mente, pero no más. Fue incapaz de recordar todo lo que había hecho en las últimas horas. Solo sabía que asistió al cumpleaños de Ángela junto a sus amigos, que tomó más de la cuenta… por Luciana… y que luego se fue a dormir con una loca de quien terminó haciéndose amigo. Fuera de eso, solo veía a la joven bruja regañándole por algo y luego, tomándolo de la mano para mandarlo hacia su casa.

- ¡Claro! ¡El hechizo aparentis! _exclamó y, de inmediato, se quejó por el fuerte dolor que cabeza que lo invadió. Yanet no pudo evitar burlarse de él por lo bajo_. ¡No es gracioso! Nad vino a buscarme y aplicó su hechizo en mí porque debía volver rápido con sus padres. Recuerdo que me pidió que pensara en mi casa, pero supongo que terminé pensando en la tuya. ¡Lo siento mucho!

- Bueno, eso lo explica todo _pronunció su enamorada con más tranquilidad, levantándose de su confortable asiento para aproximarse hacia la mesa más cercana de donde tomó un sobre de color verde oscuro para verter su contenido en otro vaso de vidrio. Apenas lo hizo, el agua que había en su interior se convirtió en un poderoso espumante de color blanco intenso_. Bebe esto, te ayudará con la resaca.

- ¿Sabe rico? _preguntó, temeroso.

- Ningún remedio que te haga bien, sabe rico.

El líquido espumoso recorrió toda su garganta de golpe, dejando a su paso una mezcla de sabores entre amargos y ácidos. El cuerpo de Sebastián se remeció por acto reflejo y no fue hasta que ingirió la última gota del vaso, que pudo darle las gracias por su ayuda. La estudiante de cuarto año, con una sonrisa modesta, sostuvo que no había problemas y entonces, volvió a formularle otra interrogante.

- Tú nunca has venido a mi casa. ¿Cómo pudo funcionar el hechizo aparentis sí, se supone, solo funciona con lugares conocidos previamente por el usuario?

- Yo que sé, es magia. Aunque provengan de la misma fuente, es un mundo completamente diferente a las bendiciones _trató de hacer memoria_. Ahora que lo pienso, Nadiuska ha sido capaz de ir y venir a lugares en donde nunca ha estado únicamente sintiendo nuestras presencias. Supongo que son los resultados de su entrenamiento. Sea como fuere, nos viene de maravillas porque ya no estamos condicionados a esa regla. ¿O me equivoco?

- Pues, viéndolo así, supongo que tienes razón _se quedaron mirando fijamente sin cruzar mayor palabra. El silencio que los envolvió de repente fue incómodo_. Y… ¿te vas a quedar ahí sentado todo el día? ¿No tienes que regresar con tu papá?

- ¿Mi papá? ¡Mierda! ¡Es cierto! ¡La hora! ¿Qué hora es?

- Cerca de las nueve de la mañana. Yo que tú me apresuro, con algo de suerte no sospechará nada.

Yanet sonreía con malicia mientras intentaba disimular la migraña que la aquejaba. Y si bien, disfrutaba viendo a su pareja asustarse por su grosero descuido de copas, no pudo evitar preocuparse cuando el pelinegro se levantó del mueble para petrificarse a mitad de la sala. De repente, comenzó a sudar a cántaros mientras su mirada, aquella tranquila y bondadosa, se perdía entre la nada.

“¡Esos idiotas siguen sin sospechar nada!” “Los estuve ayudando como me pediste” “¡No sospechan ni un carajo!” “¡No tendrá más remedio que volver con nosotros cuando descubra que su mamá está muerta!” “¡Y todo por su culpa!”

- ¡No! _pronunció desesperado y, apenas hacerlo, llegó a la puerta principal de la casa de un brinco con la clara intención de salir sin dejar una sola explicación. Reacción, que Yanet pudo anticipar para detenerlo en cuestión de segundos gracias a su aire bendito, con el que ejerció presión sobre la entrada de metal_. ¡Déjame salir! ¡Tengo que encontrarlo antes de que sea tarde!

- ¡¿Qué demonios te pasa, Sebas?! ¡Tú no eres así!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.