Algo en su interior lo obligó a seguir adelante, a no detenerse pese a no estar del todo recuperado. Escuchó a lo lejos como Yanet intentaba detenerlo a punta de gritos, pero Sebastián los ignoró todos pensando únicamente en la persona a quien le pertenecía esa presencia repentina: Arturo Céspedes. Su remolino, aunque inestable por momentos, soportó su peso el tiempo suficientemente como para transportarlo por los cielos sin llamar mucho la atención de las personas que transitaban libremente por las calles.
Fue en ese trayecto, que notó como del interior de la parroquia del distrito 17 comenzó a emanar grandes cantidades de humo negro. No lo creyó posible, pero la casa de Dios se envolvió en llamas. Mientras más se acercaba, mayores eran los gritos de los vecinos que se encontraban en los alrededores, confirmando que aún había muchas personas atrapadas en el interior.
Trató de buscar un punto ciego por el cual ingresar, pero al no encontrar ninguno, a Sebastián no se le ocurrió mejor idea que crear su propia entrada. Fue así que, decidido, se dejó caer desde las alturas apuntando al techo con sus dedos índices, concentrando toda el agua bendita que pudo en dos minúsculas balas de agua las cuales disparó poco antes de ser alcanzado por las brasas.
Más y más gritos lo rodearon.
Gran parte de la estructura de cemento terminó sucumbiendo ante su fuerza, viéndose obligado a atravesar una corriente de humo que emergió con fuerza para darle la bienvenida, logrando así descender y llegar al interior de la parroquia. Apenas lo hizo, comenzó a sudar a cántaros. Era la primera vez que estaba en una situación como esa y, aunque asustado, el primogénito de los Robles no retrocedió en ningún momento, buscando a Arturo en los alrededores.
Las largas banquetas de madera, así como varias otras reliquias que en sus mejores tiempos ornamentaron la casa de Dios, lucían o quemadas o destruidas, producto de lo que a todas luces fue el escenario de una violenta batalla bendita. Bloques de cemento se desprendían del techo con mayor frecuencia y si bien, ninguno le terminó provocando daño, si le impidió a Sebastián seguir desplazándose con facilidad. Eso, sumado al frenético deslizamiento de las flamas, hizo que comenzara a ahogarse por momentos.
- ¡Cuidado! _exclamó una mujer de repente.
Eran ellos. Todos los vecinos atrapados aparecieron reunidos en un rincón, erguidos como si estuvieran forzados a hacerlo. Más pronto que tarde, el chico de anteojos reconoció una presencia repugnante acercándose por su espalda, girando rápidamente para bloquear una patada volada con su brazo izquierdo. Sorprendido, el atacante misterioso no dudó en girar en el aire para volver a patearlo con su pierna libre, a lo que este lo esquivó con relativa facilidad.
- ¡Luces como la mierda! ¡Sebastián Robles!
Esa voz, no podía equivocarse. Como de costumbre, el hijo de Camus no dudó en mofarse de él a pesar de su cercanía con el fuego. Sus facciones, sin embargo, le adelantaron al pelinegro que no se encontraba bien de salud. Presentaba golpes en toda la cara, tenía signos de agotamiento e, incluso, su entonación se entrecortaba por momentos, producto de haber estado en contacto con el humo por mucho más tiempo que él.
sus movimientos también eran erráticos, incluso lentos. Pese a ello, no dudó en transmitirle superioridad.
- ¡No tanto como tú! _respondió Sebastián, ya con su postura clásica de combate que consistía en colocar su brazo más diestro delante del cuerpo y la menos habilidosa, a su atrás_. ¡¿Qué pasó?! ¡¿Papi te castigó por faltarle el respeto?! _volvió a mirar a sus alrededores. No había señales de Arturo por ninguna parte.
- Aunque lo intentes, ¡jamás sonarás intimidante, basura! _sonrió con malicia_. ¿Qué? ¿Buscas a alguien? Quizá… ¿a Arturo?
- ¡¿Qué hiciste con él?! ¡¿En dónde está?! ¡Habla!
- Bueno, digamos que él… está encargándose de cierta persona en este preciso momento…
Sebastián no lo terminó de entender, pero tampoco fue como si tuviera tiempo para pensar con claridad. Apenas terminó su oración, el hijo de Camus desenvainó su katana y no dudó en atacarlo a pesar de ser incapaz de empuñar su propia arma. Resignado, no le quedó de otra que llevar su cuerpo a sus límites envolviéndose de rayo bendito para potenciar su velocidad y así, tener una oportunidad contra él.
Afuera, la situación seguía siendo crítica. Los vecinos intentaban apagar las llamas del incendio con toda el agua natural y bendita que lograban reunir sin mayores resultados. El cuerpo de bomberos todavía estaba lejos de llegar, por lo que su máxima prioridad era impedir que las brasas que propagaran por las viviendas aledañas o peor, por los terrenos de la academia San Felipe. Justo en ese momento, Yanet hizo acto de presencia con grandes signos de agotamiento, maldiciendo la situación con asombro.
Buscó la presencia de Sebastián y la encontró en el interior del siniestro. Desesperada, se aproximó hacia las puertas de la parroquia para intentar volarlas con su nueva técnica, pero el inesperado ataque de cuatro encapuchados impidió que juntara sus manos en señal de oración. Desconocía su identidad, pero ellos sí que la conocían, advirtiéndole que acabarían con su vida por haber atentado en contra de los intereses de Nuevo Amanecer.
Ni bien escucharon ese nombre, varios de los vecinos retrocedieron por acto reflejo, señalándolos como rebeldes.