Amil, 04 de marzo del 2013 (Era de los bendecidos)
Gigantescos bloques de cristal partieron la tierra bajo sus pies, provocando violentos temblores que destruyeron todo a su paso. No entendió bien lo que estaba pasando hasta que se fijó en los tonos, oscuros y carentes de vida, del cielo. Estaba en medio de un escenario apocalíptico, de esos que tanto se hablaban en las Sagradas Escrituras. Intentó correr, buscar un refugio para esconderse de la furia de Dios, más sus piernas no reaccionaron. Hecho, que lo llevó a desesperarse, respirando con mucha dificultad.
Sus manos temblaban, tenía sangre impregnada en ellas. Sus latidos aceleraron a mil por hora en menos de un segundo y la desesperación cobró nuevos matices, cuando oyó susurros dentro de su cabeza. Alguien le hablaba cosas, trataba de comunicarse con él, más no fue capaz de entenderlo, producto del intenso dolor que le provocaban sus palabras. Intentó frenarlas golpeándose contra el suelo reiteradas veces, pero no funcionó. Por lo que, resignado, se limitó a arrastrarse en línea recta, tratando de apoyarse sobre los cristales color turquesa para recomponerse. Grande fue su sorpresa cuando, en su interior, fue capaz de identificar una extraña silueta.
Había alguien encerrado, los gritos le pertenecían.
La sombra, pequeña y temblorosa, clamó porque lo ayudaran a escapar de su condena. El pelinegro no supo de lo que hablaba, mucho menos comprendía en qué momento fue que empezó a entenderlo. Sea como fuere, intentó calmar su angustia tratando de romper la superficie de su prisión con sus propias manos, aunque los resultados fueron los esperados.
Ni siquiera fue capaz de provocar una grieta.
Resignado, el adolescente se disculpó con él por su debilidad, más cuando volvió a buscarlo dentro del mineral, aquella figura amorfa empezó a adoptar la silueta y las facciones de lo que parecía ser una mujer de piel grisácea, cubierta de manchas negras similares a tatuajes, que llegaban hasta la punta de sus orejas puntiagudas. Sus escleróticas, oscuras y profundas, resaltaron aún más sus enormes ojos rojos, similares a los de una serpiente enfurecida.
“Con que esa es tu apariencia… ¡Hijo de Dios!”
Su voz fue tan profunda y desgarradora, que el muchacho intentó alejarse de lo que sea que fuera eso con todas sus fuerzas. Por desgracia, no fue capaz de desprender sus manos del mineral en ningún momento. Supo, sin embargo, que la desesperación era mutua, ya que con cada gruñido que este daba, su cuerpo débil y decadente terminaba siendo sometido por violentas convulsiones, perdiendo la ilación en varios momentos de su “plática”.
Un cruce de miradas marcó el fin de su encuentro.
¡Esa expresión…! ¡Disfrutaré mucho viéndola cuando…!
¡¡¡…TE LO ARREBATE TODO…!!!
No pudo más, sintió que su cabeza estaba a punto de explotar.
Gritó del miedo y, al fin, pudo emitir sonido.
Su cuerpo salió disparado hacia atrás, aunque no cayó sobre una ciudad envuelta en caos. Por supuesto que no. Cuando volvió a ser consciente de lo que sucedía a su alrededor, se dio cuenta que estaba sobre un bello jardín cubierto de césped adornado por un par de banquetas de madera bien cuidadas. A unos metros de distancia, vio a varios jóvenes desfilando en grupo hacia lo que parecía ser una formación. Todos se amotinaron frente a unos portones de metal que impedían el paso a uno de los complejos más importantes de su distrito, la academia emblemática para jóvenes benditos, magos y civiles de la ciudad de Amil: el San Felipe N°1050.
Sebastián Robles tenía lágrimas en los ojos y sus manos todavía le temblaban, producto de la pesadilla.
Alzó la cabeza para recordar en donde se había quedado dormido. Estaba bajo la sombra de un gran árbol que adornaba la entrada de la parroquia del distrito 17 de la ciudad de Amil, su pueblo natal. Fue ahí que varias memorias se le vieron a la mente de golpe. Como de costumbre, aprovechó su falta de sueño para salir a correr y ejercitar un poco el cuerpo antes de que su padre despertara. Así venía haciéndolo desde hacía ya más de un mes. Pero, esa mañana era diferente. Esa mañana, empezaban formalmente sus clases en la academia, su último año como estudiante de educación superior. Por lo que no se permitió llegar tarde bajo ningún concepto.
Mucho menos, si vivía prácticamente a la vuelta de la institución.
- ¡Oye, pequeño Robles! _una voz, grave y rasposa lo tomó de sorpresa. Era David, el celador de la parroquia y un viejo amigo de su familia_. ¿Estás bien? _preguntó con curiosidad. Entre sus manos sostenía un rastrillo, señal de que estaba a punto de trabajar.
- ¿Yo? _replicó el adolescente, aún confundido. Lo que provocó que el anciano alzara una de sus cejas y lo viera con expresión acusadora_. Ah… ¡Sí! Solo tuve… una pesadilla…
- Uhm… _lo analizó de pies a cabeza. Sebastián se sonrojó al notar que todavía seguía tumbado en el piso_… Ya veo. ¿Y te vas a quedar ahí? ¿O prefieres que te deje dormir un poco más?
- ¡No! ¡Lo siento! Ya me voy. Con permiso.
El chico de anteojos se recompuso en el acto y, con expresión tímida, abandonó la casa de Dios cruzando por el gran arco que servía como acceso para los creyentes de su palabra. Se reconfortó pensando en que, por lo menos, nadie más había sido testigo de su caída, por lo que, con disimuló, se abrió paso entre la multitud de estudiantes en busca de algunas caras conocidas. El miedo, sin embargo, volvió a apoderarse de su cuerpo cuando evidenció como muchos de ellos lo ignoraban a propósito y hasta le volteaban la cara con desprecio.