La brisa, fría y violenta de la tarde, provocó un temblor inusual en el cuerpo de Sebastián. No confiaba en que el plan de su amigo llegara a funcionar, pero a esas alturas ya no podía dar marcha atrás a sus acciones. Por lo que, decidido, juntó sus manos en señal de oración para, luego, envolverse en las mismas corrientes de aire con un par de movimientos circulares de brazos. Su control del elemento no era tan bueno comparado con el de su amigo Aldo, más sí lo suficiente como para crear un remolino y con este, impulsarse para lograr rebasar sin problemas los muros que protegían a la academia para jóvenes benditos, magos y civiles: San Felipe.
Arturo Céspedes, uno de sus mejores amigos, lo estaba esperando del otro lado con algo de pavor impregnado en su pasivo rostro. En ese momento, vestía una casaca deportiva color azul con franjas blancas verticales y un pantalón oscuro que hacía juego con sus botas, ya gastadas por los años de uso.
Ni bien puso un pie sobre los campos de entrenamiento de la academia, corrieron con dirección a la torre “B” ubicada en los terrenos de educación básica para ocultarse dentro de uno de los salones. Ahí, el primogénito de la familia Robles aprovechó en preguntarle si sabía lo que hacía, a lo que este afirmó con un movimiento lento y para nada convincente de cabeza. Lucía igual o más temeroso que él.
- La portera y el personal de la limpieza se irán dentro de poco _afirmó en lo que se escondía detrás de una vieja carpeta de metal_. Cuando eso pase, tendremos la academia para nosotros y podremos entrenar la técnica que vimos en la revista el otro día. ¿La trajiste?
Robles sacó el magacín que ocultaba celosamente bajo su casaca, entregándosela con las páginas abiertas en el número 26 de la edición. Ahí, ambos leyeron acerca de una técnica ígnea de nivel básico conocida como “bengala arcoíris”, muy popular en el continente de Jensen allá por los lejanos años de 1978 de la era de los bendecidos. Se dejaba muy en claro que no era difícil de aprender, aunque Arturo tuvo sus sospechas. Nunca fue particularmente bueno en el manejo del poder bendito, contrario a Sebastián.
Por su genética, los Robles eran conocidos en el reino como una de las pocas familias especializadas en el arte del combate en sus múltiples disciplinas. Muchos de sus miembros destacaron a lo largo de la historia como guerreros representativos del elemento fuego gracias a su ingenio a la hora de desarrollar nuevas técnicas benditas y a su posterior aplicación en el campo de batalla, logrando hazañas que, rara vez, otros eran capaces de emular. Sebastián se ruborizaba cada que su mejor amigo hacía un recordáris histórico de su apellido, aclarando que en cada generación siempre había una “oveja negra” y, según su punto de vista, él cumplía ese papel.
- Detesto cuando pecas de modesto _bramó el también pelinegro.
- ¡Lo digo en serio! _respondió en el acto, pegándole un golpe suave a la altura de su hombro derecho_. Ni siquiera me gusta el fuego bendito y tu mejor que nadie lo sabes. Solo lo aplico en casos puntuales como este y porque la técnica no es ofensiva.
- Tú tienes un trauma que es diferente _suspiró con desgano, sin mirarlo a la cara_. ¡Como sea! Al menos puedes darte el lujo de elegir que técnicas usar y cuales no, en cambio yo debo de adaptarme a mi limitado repertorio _consultó su reloj. La hora marcó las seis y treinta de la tarde_. Uhm… Según Grecia, la academia tendría que estar quedándose vacía en este preciso momento.
- Hablando de ella, ¿no la meteremos en problemas con su papá?
- Tranquilo, Enrique no tiene manera de saber que estamos aquí. Grecia me contó que su papá manda a desactivar los hechizos de seguridad de la academia durante las vacaciones para no “malgastar” el financiamiento del reino _Sebastián lo miró con indignación_. ¡Lo sé! ¡Es un corrupto! Por supuesto que no se lo dije porque, bueno, sigue siendo su padre. Pero, estoy seguro que ella lo sabe. Supuestamente, solo los mantiene activos en su oficina para no comprometer la información de los alumnos.
- Con razón pude burlar los muros sin problemas _llevó una de sus manos bajo la mandíbula para aclarar mejor sus ideas_. Pero, todavía hay algo que me preocupa. Grecia es experta en la detección de presencias benditas. ¿Y si se da cuenta de que estamos aquí?
- Si nos llegara a descubrir, cosa que no creo que pase, al único al que le haría problemas sería a mí. Pero, eso no va a suceder. Podré parecer tonto, pero pienso en todo, amigo. A estas horas, ella está de camino a sus clases privadas de defensa personal en el distrito 13 y no volverá a casa hasta entrada la noche.
Su cuerpo tembló de repente.
Arturo volvió a consultar el tiempo en su reloj.
- ¡Bien! ¡Llegó la hora! ¡A la cuenta de tres, salimos! ¡Uno!
- No... ¡Espera! ¡No lo hagas…!
El adolescente dijo “dos” con mucha emoción, pero Sebastián empezó a respirar con dificultad. Lo tomó del hombro, tratando de frenar sus pasos a toda costa. Para ese momento, la oscuridad de la noche ya se había apoderado de gran parte del salón en el que se ocultaban. De un momento a otro, todos sus recuerdos regresaron a él como una ráfaga embravecida. Conocía su destino, pero no solo eso. También fue consciente del futuro que les esperaba a Arturo y a Grecia. Debía de impedirlo. ¡Debía de salvarles la vida!
Cuando la cuenta llegó a tres, el pelinegro gritó con todas sus fuerzas e intentó frenar sus acciones interponiéndose en su camino. Pero, en lugar de cruzar por el umbral de la puerta junto a Arturo, el primogénito de los Robles se halló en medio de una habitación que le resultó bastante familiar. Traía la cara sudada y su respiración comenzaba a recuperar su ritmo habitual con cada segundo que pasaba. Sus piernas se encontraban envueltas por una fina sábana bastante cómoda que no tardó en deslizarse rápidamente hacia el suelo.