Los Sobrevivientes: El amigo perdido

Capítulo 3. El patiño

En la academia para jóvenes benditos, magos y civiles de Melendi: San Felipe N° 1050, la metodología educativa para formar guerreros en condiciones se impartía a lo largo de once unidades anuales. Las primeras seis, se cursaban en el grado de educación básica y las restantes, en educación superior. Cada grado se dividía en tres secciones que iban de la “A" a la “C”; una manera efectiva, aunque muy cuestionable, de clasificar a aquellos niños y jóvenes que destacaban por sobre los más problemáticos y difíciles de educar.

La torre y el pabellón “A” albergaba a los menores de los primeros tres años; la “B”, a los de cuarto, quinto y sexto año. Lo mismo ocurría con las torres “C” y “D”, pero de educación superior. Generalmente no ocurrían problemas entre los alumnos durante su convivencia diaria, mucho menos con la supervisión del celador Moscoso. O, al menos, eso le hubiera gustado decir al ex soldado del reino, de no ser por la presencia de los ahora alumnos superiores de la sección “C”.

Faltas constantes, desacato a la autoridad de los docentes, mal uso del poder bendito y mágico dentro de los terrenos de la academia, incluso promoción de actos vandálicos. Sebastián sabía que cualquier otra academia en el reino ya le hubiera negado el derecho a la educación a varios de sus integrantes con tan pésimo récord estudiantil. Pero, eso nunca iba a pasar en la institución que regía Enrique Huamaní quién, aunque cuestionable en muchos sentidos, siempre se esforzó por respetar a raja tabla los principios y valores que su familia depositó en él al momento de su sucesión.

Fomentaba la igualdad entre todos sus alumnos, muy a pesar del tipo de vida que desearan tener o que ya comenzaban a formar. Moscoso hacía lo propio y, por eso, los golpeaba con su bastón sin discriminar.

Todos los adolescentes que lo escoltaban eran de la sección “C”.

- Bien, seré directo con ustedes. Desde hoy, los jóvenes aquí presentes se integrarán a su grupo hasta finalizar el año escolar. ¿Eso qué quiere decir? Que serán sus nuevos compañeros en lo que resta del año. ¡¿Quedó claro?! _fueron estas sus palabras, dando vueltas en círculos mientras divisaba de reojo a los recién llegados, quienes permanecieron inertes frente a toda la clase.

Parecían estatuas, ni siquiera parpadeaban del miedo.

- ¡Franco Mamani! _exclamó luego el celador, provocando que un chico de baja estatura se desplazara de su sitio, cual niño obediente, para ir a pararse a su lado con firmeza.

Rápidamente, lo mandó a sentarse en una de las carpetas cercanas a la entrada, junto con Luciana y Nadiuska, pero este hizo caso omiso a su orden y pasó a compartir lugar con Jairo y Sebastián. Ambos, sorprendidos por su atrevimiento, vieron impotentes como se hacía de un espacio entre ambos en lo que Moscoso retomaba sus llamados.

Dolores Alejos, Kieff Mongrutt, Pietro Bertocci, Gesu Vasconcelos, Harmony Nuñez, Lucke Tinoco y Ángel Cipriano imitaron sus pasos y fueron a sentarse a sus nuevos lugares.

- ¡Oye tú! _Jairo golpeó el hombro del recién llegado para llamar su atención. Su enojo era evidente_. ¿Eres sordo o qué? Moscoso te mandó a otro lado. ¿No ves que estamos copados?

- Hola, me llamo Franco _pese a esto, el nuevo los saludó con una gran sonrisa en el rostro. Les extendió la mano, aunque ninguno se animó a recibirlo_. ¿Okey?… Si, lo noté. Pero, ¿qué querían que hiciera? Me llamaron la atención desde que ingresé a su salón, son un grupo muy pintoresco. Y, bueno… me preguntaba si no querrían adoptarme y hacerme uno de los suyos.

- ¿Nos viste con cara de caridad o qué, manito? _Aldo, quien se sentaba en la carpeta del frente junto con Nilton, giró el cuerpo para enfrentar al muchacho con la mirada. Este, lejos de inmutarse, lo confrontó, aunque sin dejar de lado su extraña sonrisa_. ¡Ya oíste al greñudo! Cinco son suficientes para completar un grupo.

- ¿Cinco? Pero si ustedes son cuatro. ¿O acaso piensan que Arturo regresará a la academia como si nada?

Jairo estuvo a nada de propinarle un golpe en el rostro, de no ser porque el miembro más pequeño del grupo contuvo sus manos en un par de pequeñas esferas de aire a presión. Le pidió que se calmara entre susurros para no llamar la atención del celador y entonces, volvió a confrontar al recién llegado con palabras nada amigables.

- Así que por ahí van los tiros, ¿eh? ¡Tú solo quieres juntarte con nosotros por ser los bichos raros de la escuela!

- Ehm… ¿No? Eso no tiene ningún sentido. De hecho, creo que sería todo lo contrario. ¿O me equivoco?

Sebastián, aunque incómodo, tuvo que darle la razón.

- Lo acabas de decir, no tiene sentido _agregó después, tratando de hacer memoria. Ya lo había visto antes en alguna parte_. Pero, aquí estás, queriendo ser parte de un grupo donde todos somos amigos de un supuesto asesino. ¿Por qué lo harías? ¿Qué quieres lograr? Un momento… ¡ya sé de dónde te conozco! ¡Eres Franco el “patiño”! ¡Una de las muchas ratas del director Enrique!

Franco sonrió, aunque ya no con la confianza que lo caracterizaba, sino del miedo. Acababa de ser descubierto y para su mala suerte, el celador Moscoso terminó su discurso en ese momento alegando que regresaría a la salida para cerciorarse de que todo estuviera bajo control entre los alumnos de las secciones “A” y “C”.

No era confirmado, pero siempre se corrió el rumor entre los pasillos de la academia de que el director Huamaní tenía una sequita de patiños que trabajaban para él a cambio de mejores calificaciones, reconocimiento público y demás ventajas que los diferenciaban del resto de estudiantes, incluso de aquellos que de verdad se lo merecían. Rara vez se hacían notar, pero de entre todos siempre había uno que saltaba a la vista por escoltar a la máxima autoridad académica en toda actividad pública que requiriera de su presencia.




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