Dentro de la dirección, el clima era otro.
La máxima autoridad de la academia San Felipe, Enrique Huamaní, observaba con vergüenza a tres iracundos adolescentes quienes, todavía vestidos con el uniforme y el emblema de su familia, forcejeaban para liberarse de la técnica de tierra que el celador Moscoso aplicó sobre ellos. Dos aros de roca envolvían sus cuerpos a la altura del torso, y si bien no parecía hacerles daño, lo cierto era que tampoco parecía ser algo muy cómodo de llevar encima. En otro momento, no le hubiera temblado la mano para darles un castigo ejemplar, no con todo lo que su hombre de confianza acababa de contarle. Pero, esa mañana lo pensó mejor. No porque se sintiera más condescendiente con sus alumnos, no, nada de eso.
No quería quedar mal delante de un miembro de la Guardia Civil.
- Perdóneme, muy buenos días _Moscoso le hizo una breve reverencia. El hombre de armadura tan brillosa como la plata se incomodó por ello_. Como le seguía diciendo, estos vándalos trataron de atacarme cuando intenté quitarles esto _le hizo entrega de una bolsa negra con varias latas de pintura en aerosol dentro. Su aroma nocivo todavía se alcanzaba a percibir en el ambiente_. No contentos con eso, se pusieron a armar todo un alboroto de camino para acá. ¡Quisieron pasarse de vivos conmigo! Y tanto usted como yo, sabemos que eso es una grave falta de respeto hacia la institución. ¡Expúlselos! No necesitamos elementos como estos en la academia.
- Tranquilízate, Juan, por favor. Son sólo niños _invocó Enrique con cinismo, logrando calmar a su eufórico compañero quien, al juzgar por la expresión de su rostro, parecía que estaba a nada de arrojar flamas de sus ojos_. Aun así, gracias por el parte. ¿Cómo fue que los descubriste? ¿Alguien te avisó?
Moscoso negó con un movimiento de cabeza, confesando que fue gracias a que una roca que le cayó en la cabeza que pudo darse cuenta de sus “fechorías”. Ambos, director y guardia, lo observaron con extrañeza, por lo que el celador tuvo que entregarles el guijarro para que le creyeran. Y así lo hizo, descubriendo que esta traía una nota mal pegada por encima escrita con tinta azul.
“Vaya al baño de hombres. ¡Es urgente!”
- Okey… esto no se ve todos los días… En fin, lo más seguro es que alguno de sus compañeros los acusó de esta manera para no meterse en problemas. Los muchachos de hoy en día son tan creativos _sus risas, nada naturales, perturbaron hasta a su hombre confianza, quien, desconcertado por su actitud, no tuvo más remedio que seguirle la corriente_. Pero, bueno. Gracias, Juan. Ahora, si me disculpas, tengo algunos asuntos que atender.
El celador, todavía intrigado, volvió a reverenciar al guardia civil para finalmente, pasar a retirarse en silencio a vista y paciencia de los adolescentes que mandó a la dirección. Estos, todavía enojados, no dudaron en sacarle la lengua y maldecirlo a sus espaldas.
Huamaní imploró para que la tierra se lo tragara en ese momento.
- Tiene un personal bastante pintoresco _las palabras de la autoridad ciudadana, firmes y seguras, calaron en lo más profundo de Enrique, cuya reacción natural fue sonreír de vergüenza para luego revelar que Moscoso era así por su pasado militar.
- Su familia ha servido a la mía por generaciones. A veces no coincido con él, pero admito que le guardo cierto cariño.
Uno de los menores, que hasta ese momento había permanecido en silencio, exclamó indignado que con razón no lo había despedido hasta ahora pese a las graves acusaciones que tenía en su contra. El guardia quiso saber de qué hablaba, a lo que la máxima autoridad de la academia aclaró que todo se trataba de un mal entendido.
No contento con eso, se adelantó unos pasos para observar mejor a sus alumnos quienes, al fin, agacharon la cabeza de temor. Estaban en serios problemas, o así hubiera sido de no ser por la repentina presencia del hombre de armadura. Solo por eso, el director tomó la decisión de dejarlos ir con la condición de que regresaran a la salida para hablar de su castigo. Sabía que no lo harían. Pero, prefirió eso a que lo siguieran dejando mal delante de su visita.
Ya a solas, el adulto de traje y corbata lo invitó a pasar a su despacho a lo que el guardia, de cabellera oscura con canas en los laterales, lo siguió con una expresión de desaprobación en el rostro.
- Disculpe el alboroto, no estamos atravesando nuestras mejores épocas que digamos. Asumo que sabrá el por qué _ambos tomaron asiento y al fin, se dio el tiempo de observarlo mejor_. Enrique Huamaní, mucho gusto. ¿Nos conocemos?
Por primera vez desde su llegada, el uniformado esbozó una ligera sonrisa para luego, corresponder a su apretón de manos.
- Jorge Robles. Y sí, nos conocimos este verano.
La mirada del hasta ahora carismático rector cambió por completo. De repente, fue como si se hubiera cruzado con un viejo fantasma de su pasado, perdiendo la noción de lo que ocurría a su alrededor por contados segundos. Su mirada, en cambio, se posó únicamente en la fotografía que reposaba plácidamente en un rincón de su escritorio. El caballero notó su depresión, aunque optó por mantenerse al margen para no empeorar más las cosas.
Después de todo, la última vez que ambos se vieron a la cara, este sostenía entre sus manos los restos sin vida de su hija.
- ¿Robles, dijo? _repitió Enrique, incrédulo_. Ya lo recuerdo. Perdone mi falta de memoria, pero en ese momento no era… consiente de con quien estaba hablando. Me sabrá entender.