Jairo, Nilton y Aldo lo esperaron en el patio central del mercado “Unión”, un recinto ubicado a pocas calles de la academia San Felipe que servía como punto de comercio para los vecinos de la zona. El lugar, aunque amplio a primera vista por sus dos pisos de altura, en realidad no lo era tanto en dimensiones. Lo recorrieron de pies a cabeza en menos de veinte minutos, yendo desde la entrada principal hasta el estacionamiento para carruajes en donde reposaba un único local dedicado a la venta de comida tradicional.
Bajo la sombra de un gran árbol, Nilton tuvo la grandiosa idea de buscar el mapa del distrito 17 en su holomisor e ir marcando con un aspa cada lugar en donde Arturo no se encontrase. El mercado y la academia fueron los primeros en ser descartados, pero todavía tenían muchos otros destinos en mente.
Aldo preguntó si sería buena idea incluir a los cerros que rodeaban al territorio debido a que, aparte de fungir como protección natural para los vecinos, también eran el hogar de muchas familias de escasos recursos en el reino como, por ejemplo, la familia Céspedes. Nilton no descartó la posibilidad, aunque Jairo y el primogénito de los Robles prefirieron hacerlo de momento, retomando así el paso hacia su siguiente destino: la plaza de “los tres valientes”.
Ubicado al pie de la Montaña Rocosa, el cerro más grande e importante dentro de toda su geografía. La plaza llevaba ese nombre en honor a los hombres que trabajaron en su construcción, quienes murieron poco después de culminar las obras en manos de una mafia que dominaba el lugar por aquel entonces. Los rasgos que más lo caracterizaban era la complejidad del lugar, rodeado de callejones que iban en sentidos diferentes y la inseguridad de sus calles. No solo era fácil perderse, sino también que te roben. Para su buena suerte, lograron pasar desapercibidos gracias a que dos vecinas los escoltaron de buena fe hacia la plaza, solo para minutos más tarde, ser ellos quienes las escoltaran hacia el mercado Gran Mayorista.
Este era mucho más grande y variado en puestos que el mercado Unión, aunque con la diferencia de que solo abastecían a personas que compraran productos al por mayor. Aprovecharon su breve visita para seguir con la búsqueda de Arturo, pero los resultaron fueron los mismos. Ya más cansados, cruzaron las pistas de la avenida principal y recorrieron el conjunto de parques “Nueva Esperanza” que colindaban con una extensión del distrito 18, solo para terminar su ruta de horas de caminata sin descanso al pie del puente “Viejo amigo”, una de las edificaciones más longevas que cruzaba sobre el majestuoso Río Hablador y que tenía del otro extremo al “Club La Atarjea”, una casa “recreativa” de juegos y apuestas para adultos.
- ¿Por qué Arturo venía a este lugar siendo menor de edad?
- Lo callado no le quitaba lo pervertido, Aldo _exclamó Jairo entre risas morbosas_. Nunca entraba. ¡Solo se quedaba esperando afuera para ver mujeres en paños menores!
Sebastián lo lamentó para sí mismo. Aunque, ese no era el momento para hablar mal de su amigo. Su objetivo seguía siendo el mismo, encontrarlo antes de que fuera tarde para él y limpiar su imagen. Aunque incierto, no le pareció mala idea ir a sitios poco concurridos por él. Si lo conocía tan bien como creía, este no se quedaría mucho tiempo en un mismo lugar. Rotaría cada cierto tiempo para evitar ser reconocido tanto por desconocidos como por ellos mismos.
Otros lugares como el “Club de entrenadores” de Amil y la “Hiper feria de mercaderes” también estaban contempladas en la lista de Nilton, aunque no eran una prioridad para el grupo puesto que el quinto amigo rara vez los frecuentaba. Para cuando la tarde cayó, los chicos apenas y tuvieron fuerzas para ir hacia el club, aunque solo para descansar un poco las piernas y poder almorzar.
Cuando el holomisor marcó las tres y quince de la tarde, sus ánimos decayeron por completo.
- Jamás nunca pensé decir esto… pero, ¡bravo, Arturo! _exclamó el greñudo con la cara sudada_. ¡Eres tan bueno escondiéndote que me dieron ganas de romperte la cara a golpes!
- Es… ¡es una locura! _Aldo tampoco pudo evitar incomodarse. Su cara colorada, consecuencia de la sobreexposición al sol, denotaba perfectamente su agotamiento_. ¿Cómo es que no hemos podido encontrarlo hasta ahora? Es decir, ¡estamos hablando de Arturo! ¡Ah! ¡Ahora me siento mal por hablar mal de él!
- Debo decir, que no está bien expresarse así de un amigo _opinó Nilton entre jadeos vergonzosos_. Pero, considerando que su desaparición nos metió a todos en problemas, supongo… que podemos pasar por alto uno que otro insulto. ¡Dios! ¡Es como buscar una aguja dentro de un pajar!
Sebastián, reacio a darse por vencido, trató de levantarles la moral diciendo que todavía les quedaban algunos sitios por visitar y que, muy posiblemente, terminarían dando con Arturo en alguno de ellos. A lo que Jairo, con el temperamento que lo caracterizaba, le pidió de mala manera que se guardara sus buenas intenciones por un rato ya que lo único que quería en ese momento era descansar.
- Entiendo que seas el principal interesado en encontrarlo _dijo, ya sin mirarlo a la cara_, pero hombre, míranos. Hemos estado buscándolo por horas. ¡Mis piernas ya no dan más!
Aldo y Nilton respaldaron al greñudo, por lo que el pelinegro no tuvo de otra que volver a su asiento y acompañarlos con un plato de comida. Para ese momento, la tarde se perfilaba a ser una de aquellas tantas ordinarias que últimamente se mostraban en el continente. Lo único que evitaba que cayera preso del cansancio era ver el partido de fútbol elemental que disputaban dos grupos de adolescentes en el campo principal del club, la mayoría de un tamaño superior al suyo. A lo mucho Nilton podía rivalizar con ellos, aunque por su porte, delgado y poco trabajado, lo más probable era que terminase sucumbiendo ante su fuerza más temprano que tarde.