Los Sobrevivientes: El atentado

Capítulo 29. Unión de corazones

Enrique Huamaní presenció el cobarde asesinato de uno de sus estudiantes a manos de uno de los seguidores de Nuevo Amanecer. Al igual que con su hija, Grecia, el director de la academia San Felipe no pudo hacer nada para salvar a Nilton Delgado. Ver su cuerpo tumbado en el piso, desangrándose a la altura de su ojo izquierdo, que fue perforado por una flecha, hizo que su mente se transportara inmediatamente a la noche en que su vida cambió para siempre. Y todo, empezó por una llamada anónima.

Su holomisor personal reaccionó ante la alerta, el cuál contestó a pesar de encontrarse ligeramente ocupado.

- ¡Venga al San Felipe, ahora! ¡Su hija corre peligro!

Aquella voz temerosa, joven e inmadura, se perdió en menos de cinco segundos, negando su derecho a réplica. Intentó llamarlo de nuevo, pero fue inútil. La línea ya se encontraba fuera de servicio, situación que lo dejó desconcertado. En ese momento, no le tomó la importancia necesaria ya que no había forma de ser verdad. Su pequeña no estaba en la academia, sino de camino a sus clases de defensa personal. No fue hasta varias horas más tarde, que una nueva holollamada captó su interés. Esta vez, la voz ya no era la de un muchacho, sino la de un hombre con entonaciones graves y respetables. Su mensaje, en cambio, sí que fue el mismo.

- Ha ocurrido un accidente, señor Huamaní. Su hija… ¡ella está…!

Jamás pensó vivir lo suficiente como para escuchar las palabras “hija” y “muerta” en una misma oración. Pero, lo hizo. Lo siguiente que recordó de aquella noche, fue a él mismo ingresando al taller de carpintería y herrería para reconocer el cuerpo decapitado de su querida Grecia, rompiendo en llantos desgarradores al encontrar la cabeza de su pequeña tirada en un rincón, todavía con lágrimas en los ojos y una expresión de horror absoluta sobre su rostro. No le importó estar rodeado de caballeros, mucho menos manchar su elegante traje con la sangre de una vida perdida.

Abrazó lo que quedaba de ella con todas sus fuerzas mientras le pedía perdón por no haber podido estar ahí para protegerla.

Juró con su vida, que ningún otro estudiante moriría bajo su tutela.

Fue ahí, que su mirada volvió a posarse en Nilton. Otro sueño se frustró y, de nuevo, no pudo hacer nada para evitarlo.

Lleno de ira, intentó atacar al responsable de su muerte, cuando Sebastián Robles lo impulsó junto al resto de sus amigos hacia el interior del pabellón “A” de educación básica, protegiéndolos de una muerte segura. Apenas lo hizo, todos vieron como los terrenos de la academia San Felipe comenzaron a ser invadidos por una cantidad descomunal de rebeldes, jóvenes asesinos con armas en mano y rostros cubiertos con máscaras de rostros de animales.

De inmediato, retrocedieron a la mínima que el adolescente tomó la delantera, viéndolo correr desesperado sin despegarse de su enamorada. Subieron luego por las escaleras que conectaban al segundo piso, pero cuando este estuvo a nada de alcanzarlo, su cuerpo terminó siendo impactado por una técnica de aire bendito, el cual lo mandó a volar hasta el fondo del corredor junto a su secretaria y varios otros niños de educación básica.

Vio en la lejanía como sus estudiantes regresaron por ellos, pero no les quedó de otra que seguir su camino tras ser bombardeados con feroces llamaradas. Ataques, que este logró repeler con gran maestría, girando sobre su propio eje para formar una especie de barrera de aire alrededor suyo y de sus aliados.

- ¡Retrocedan! _ordenó, furioso, viendo a su trabajadora volver sobre sus pasos junto a los infantes para dejarlo a merced de los jóvenes asesinos_. ¡No volverán a burlarse de mí! ¡No más!

Juntó sus manos en señal de oración y gritó:

“Técnica bendita del elemento aire: ¡Ciclón de ataque!”

Respiró hondo y, tras medir a sus adversarios con la mano izquierda, retrocedió su puño derecho para, a continuación, golpearlos con un poderoso ciclón que emergió desde la punta de su puño, arrasando con cada uno de los rebeldes encapuchados, replegándolos de regreso hacia la entrada de la academia, muchos de ellos inconscientes y otros tantos, cubiertos de heridas y cortes profundos por todo el cuerpo. El asesino de la ballesta observó la escena con incredulidad, buscando apuntar a su cabeza para matarlo, pero renegando consigo mismo al no encontrarlo por ninguna parte. Lo que este no sabía, es que el grupo de Enrique aprovechó los segundos de confusión para esconderse detrás del muro del estrado de educación básica, agachándose para estar fuera de su alcance.

- ¡Grandioso! ¡El director es genial! _repetían los niños, felices.

- ¡Tienen razón! ¡Estuvo increíble, director! _la secretaria tampoco pudo ocultar su emoción_. ¡Pudo derrotar a más de una docena de ellos de un solo golpe!

- ¡No canten victoria! _ordenó_. ¡Esto apenas comienza…!

Tuvo toda la intención de regresar por Sebastián y sus amigos, cuando algunos niños advirtieron a lo lejos como el profesor de Defensa Contra las Artes Benditas, Sir Arthur Grimes, combatía violentamente contra varios rebeldes a la vez mientras evitaba que los estudiantes de la academia fueran atacados por estos. A los que lograba rescatar, los escondía en el acto dentro del salón de docentes, idea que fue bien recibida por la máxima autoridad del plantel. O al menos así fue, hasta que vio como un encapuchado se acercó sigilosamente a él ocultándose en el tejado de los pabellones técnicos para apuntarlo a la cabeza con una especie de espada de hoja corta.




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