Todo giraba a su alrededor. Sus oídos apenas y eran capaces de distinguir cada uno de los sonidos que lo envolvían. Quiso levantarse, ver el estado de cada uno de sus amigos. Por desgracia, su cuerpo ya no tuvo respuesta. No dejaba de temblar, posiblemente como consecuencia de haberse quedado sin energías desde hacía ya mucho tiempo, o porque tal vez ya había llegado a su límite en lo que al uso del poder de su familia se refiere.
Sea como fuere, lo máximo que pudo hacer Sebastián fue arrastrarse por el suelo y apoyarse de sus brazos para poder quitarse de encima los escombros del pabellón “A” que le cayeron encima.
Por un momento, creyó que su técnica había sido suficiente para detener al rebelde de cabellos dorados. Pero, nada más alejado de la realidad. Este, como él, también había logrado salir a la superficie valiéndose de sus increíbles músculos para machacar las rocas que tuvieran la osadía de cruzarse en su camino. Su expresión cansina, sin embargo, le advirtió que estaba mucho peor de lo que imaginaba. La pérdida de sangre sí le estaba pasando factura después de todo.
Quiso volver a atacarlo, pero lo único que consiguió fue suspirar para, a continuación, golpear su cabeza contra una piedra.
Las sombras a su alrededor empezaron a desvanecerse.
- No… _pronunció, desmoralizado_. ¡¿Qué fue lo que hicieron…?!
Fue con su pregunta, que el primogénito de los Robles tuvo la curiosidad de vigilar sus alrededores, encontrando que muchos de los combatientes de ambas facciones avizoraban incrédulos el gigantesco domo que se había formado alrededor de los terrenos de la academia San Felipe. Mismo, que contaba con el poder mágico de Nadiuska fluyendo desde todas las direcciones posibles.
- ¡Ya veo! _exclamó, sonriente_. ¡Con que a eso se refería Fiorella! _se apoyó en la espada de su familia para lograr ponerse de pie, consiguiéndolo a duras penas_. ¡Gracias, Nad! Yo me encar…
Una fuerte presión en el pecho lo frenó en seco, provocando que no solo perdiera la fuerza de su familia, sino que también cayera sobre los escombros con brusquedad, deslizándose forzosamente hasta que la firmeza del suelo lo detuvo.
Intentó llevar oxígeno a sus pulmones, pero no lo estaba logrando. Su corazón latía con tanta fuerza, que su cuerpo empezó a pegar ligeros sobre saltos, perdiendo la noción de la realidad. La visión le falló, la igual que sus oídos. De repente, todo el caos y la destrucción a su alrededor se deformó para dar paso a un escenario en el que reinaba la oscuridad, envolviéndolo casi al instante.
Tuvo miedo, mucho miedo.
No quería morir así, no sin estar seguro de que sus seres queridos estarían a salvo. Sus padres, su hermana y Luciana jamás se lo perdonarían. No podía fallarles, no cuando la seguridad de todos estaba en sus manos. Grecia, Nilton, Dolores, Ángel, el caballero Orihuela y el director Enrique. ¿Qué pensarían de él si lo vieran llegar sin haber hecho pagar a sus asesinos?
Su vida ya no era suya, también les pertenecía.
No quería decepcionar a nadie…
Fue tal y como su enamorada se lo advirtió. Su poder bendito estaba prácticamente intacto, pero su condición física estaba en su límite. No estaba físicamente preparado para soportar tanta fuerza en su cuerpo, por más que fuera compatible con ella por ser de su propia familia. Y el resultado de su negligencia, fue el desgaste extremo de sus músculos, órganos y huesos.
Lloró, reacio a aferrarse a los brazos de la muerte. Pero la oscuridad no tuvo piedad de él. Se dejó envolver, muy a su pesar, por una extraña sensación que, de alguna manera, le hizo acordarse de alguien. Más pronto que tarde, descubrió que, lo que en realidad lo estaba llamando era el poder bendito de Yanet. No podía equivocarse, era ella. De alguna manera, había logrado llegar hasta las profundidades de su mente. La buscó por todas partes, pero seguía prisionero de sus más profundos temores hasta… que su cuerpo empezó a temblar, sacudido por una fuerza que escapaba de su entendimiento.
Recuperó la visión, y junto con la estudiante de cuarto año, también pudo reconocer a Luciana y a Aldo. Los tres luchaban para traerlo de regreso al mundo de los vivos. No supo descifrar sus palabras, aunque, muy probablemente, no distaba mucho del discurso que dio Lucke frente al cuerpo de Ángel.
Les sonrió. O, quizá, ¿no lo logró?
No estuvo seguro.
- ¡¿Qué pasa?! ¡¿Por qué no reacciona?! _cuestionó Yanet a la pelinegra, vuelta un manojo de nervios en lo que se aseguraba que ningún rebelde se acercara a ellos. Para su buena fortuna, los felipianos, liderados por las profesoras Saettone y Baker, se usaron como escudos humanos para protegerlos de la ofensiva rebelde, cubriéndolos con una barrera de agua bendita formada principalmente por el celador Moscoso y Sir Arthur.
Sus compañeros cayeron uno a uno frente a sus ojos.
- Yo… ¡no lo sé! _imbuyó más naturaleza bendita en el cuerpo de su enamorado, iluminándolo con intensidad. Sin embargo, este no dejaba de mirarlos fijamente con una leve sonrisa en el rostro_. ¡Ya curé todas sus heridas, pero sigue así! _comenzó a ejercer presión sobre su corazón como medida desesperada_. ¡Maldición! ¡Te sobre exigiste demasiado! ¡No era tu responsabilidad salvarnos! ¡Tampoco lo era vengar las muertes de nuestros amigos! ¡Lo único que debías hacer… era vivir! ¡Enrique y Orihuela entregaron sus vidas para eso! ¡Para que pudiéramos vivir en un mundo de paz!