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Pasaron varios meses desde la última vez que supo algo de aquella niña llorona a la que su mamá ayudó a encontrar sus padres. El nombre de Luciana fue tema de conversación en la familia Robles por varias semanas, siendo recordada principalmente por doña Flor y su hija Lesly. Ambas, aprovechaban que Pilar o Humberto salían a trabajar para hablar mal de los Flores, acusándolos de desnaturalizados por “abandonar” a una niña tan “dulce y tierna”.
Sebastián renegaba cada que las escuchaba en la cocina, en especial porque recordaba lo mal que la trató su abuela la noche que se quedó a dormir con ellos en su cuarto.
Eventualmente fueron olvidándose del asunto, contrario a él quien, cada noche, se preguntaba religiosamente si se encontraba bien al lado de los ventanales del salón principal.
La denuncia de desaparición que su mamá interpuso en el distrito 21 por supuesto que no procedió. Los padres de Luciana testificaron que su hija fue la que en realidad se apartó de ellos cuando visitaban el distrito 17. Jamás mencionaron algo sobre una pelea de pareja o una “amante”, mucho menos que la hubieran abandonado. Y así como aparecieron fuera de su casa, se despidieron con la promesa de traerla eventualmente para jugar, cosa que jamás pasó.
Fue así que Sebastián regresó a sus clases de nivel inicial, triste, pero a la vez preparado para cursar su último año en la academia infantil “Sagradas Azucenas” del distrito 17. Nada lucía diferente, todo estaba exactamente igual a cómo lo había dejado la última vez que recorrió sus pasillos, salvo… por una niña que no dejaba de mirarlo desde el umbral de la puerta de su salón.
Era bastante más alta que las demás y, por alguna razón, le dio la impresión que su uniforme le quedaba algo grande. De todos modos, algo en ella despertó poderosamente su atención, y no eran los lentes torcidos de marco grueso que adornaban su rostro.
No fue hasta que sonrió con timidez, que pudo reconocerla.
- ¡Sebastián! _chilló Luciana Flores de la emoción, corriendo para abrazarlo con todas sus fuerzas, al igual que aquella noche que tanto estuvo recordando los últimos meses. El pequeño pelinegro hizo lo mismo, no pudiendo ocultar lo feliz que lo hizo verla, ignorando a todos los niños a su alrededor quiénes, curiosos, no dudaron en rodearlos para ver lo que estaba pasando.
De repente, se volvieron el centro de atención.
“¡Miren, todos! ¡Sebastián tiene novia!”
“¡Si! ¡Es su novia! ¡Vean como la abraza!”
“¡Ay! ¡Es feita! ¡Yo soy más bonita que ella!”
“¡Pero…! ¡¿Quién es?!”
“¡Qué importa! ¡La va a besar!”
Luciana tomó al pequeño Robles de la mano, temerosa. Pero, este no dudó en soltarla al verse superado por la situación.
Avergonzado, se disculpó con ella y, con la misma, la hizo a un lado para ingresar corriendo a su salón, dejándola a merced de un público insatisfecho y con sed de morbo. Los pequeños no dejaron de acosarla, preguntándole qué tipo de relación tenía con él, desde cuándo lo conocía o cómo hizo para gustarle. Preguntas, que la primogénita de los Flores simplemente no supo responder más que con silenciosos sollozos sobre su pupitre.
Su tortura no acabó cuando la maestra les dio los buenos días a todos. Todo lo contrario, ahora venía la peor parte: presentarse por ser la alumna nueva de la clase. Sonrojada, dijo su nombre y apellido, así como sus principales pasatiempos, que eran leer o dormir después de hacer sus tareas. No mucho después, le tocó revelar cuál era su elemento primario, a lo que respondió que la naturaleza bendita por herencia de su mamá, aunque aclaró que no era buena con el dominio de su propia fuerza. Como mucho, era capaz de curar raspones o heridas leves con las manos.
El patito feo del estanque fue consciente que a sus compañeros poco o nada les importaba saber eso. Desde que aprendió los conceptos sociales de su mundo, Luciana siempre deseó ser popular para que su apellido fuera cobrando relevancia y así, hacer de los Flores una familia reconocida en el continente de Melendi. En cambio, ahora, solo quiso que todo regresara a la normalidad. La fama era mala para ella, sobre todo porque la alejaba del único amigo que tenía.
O que, al menos, consideraba como uno.
No volvió a saber de Sebastián hasta la hora del receso, cuando el salón “orugas” tuvo permitido usar la sala de juegos de la academia debido a las labores de mantenimiento de sus campos de entrenamiento. El lugar tenía el tamaño de, como mínimo, tres salones juntos, contando una amplia entrada de doble puerta de madera ubicada hasta el centro. Muchos niños jugaban con bloques, armando torres o usando masillas para impregnarlas de poder bendito y moldearlas a su gusto. Él hacía eso, aunque contrario al resto, aprovechaba el tiempo libre para crear bonitas figuras endurecidas con fuego bendito, como tacitas o platos con todo y detalles.
- ¡Qué bonito! _exclamó, impresionada, tomándolo desprevenido y llamando de nuevo la atención de los demás_. ¡Eres muy bueno controlando tu poder bendito! ¡Enséñame!
Todos esperaron una respuesta de Sebastián.
Incluyendo la propia Luciana.
- Ah… ¿y por qué tendría que hacer eso?
- Bueno, no sé… Pensé que podrías, como ahora somos amigos.