Los caballeros de Melendi formaron un escudo humano para impedir que Ezequiel llegara hasta la prisión móvil en el que tenían retenidos a la hermana Rita y a Shane, dos de sus compañeros líderes de Nuevo Amanecer. Embravecidas corrientes de agua bendita buscaron derribarlo como olas de alta mar a embarcaciones, pero el anciano logró salir bien librado sin la necesidad de usar sus manos girando en el cielo envuelto por corrientes de aire bendito. Admirados, sus oponentes supieron entonces a qué se enfrentaban.
Era un guerrero que no rezaba.
De regreso a tierra firme, el rebelde fue derribándolos uno a uno sin ejercer demasiada fuerza en sus golpes, acercándose cada vez más a su objetivo. No fue hasta que estuvo a nada de alcanzar la cerradura que retenía a sus compañeros, que fue sorprendido por dos bolas de fuego que, lejos de impactarlo, colisionaron entre sí con la clara intención de distraerlo. Y lo lograron. Una guerrera formó una grieta tectónica bajo sus pies de un solo pisotón, aprisionándolo en el interior de sus entrañas y conduciéndolo a una muerte segura.
Rocas con formas puntiagudas cobraron vida y buscaron atravesar su cuerpo desde todas las direcciones posibles. Ezequiel, desesperado, liberó grandes cantidades de acero líquido del interior de su boca para protegerse del impacto, cuando sus perseguidores cambiaron de objetivo y cobraron la vida… de todos los caballeros y guaridas civiles que combatieron en su contra.
Cuando salió a la superficie, no pudo evitar sentirse triste por el horrible destino que les tocó: morir en manos de May, su melliza mayor.
Bañada por la sangre de sus víctimas, la anciana suspiró, exhausta, mientras se tronaba los huesos de la espalda. Acto seguido, le reclamó por siempre tener que sacarlo de apuros, acusándolo de ser demasiado benevolente con sus enemigos. Ezequiel solo atinó a sonreír, apenado por sus comentarios, mientras saludaba a unos inconscientes Rita y Shane, todavía dentro de prisión.
Rompió la cerradura con su acero bendito y, con la misma, recuperó parcialmente las fuerzas de su camarada, cuyo cuerpo todavía presentaba graves secuelas de las quemaduras que le provocó Sebastián Robles en su breve combate.
Perdió prácticamente toda su cabellera rulosa, al igual que sus atributos físicos como mujer.
- ¿Qué harás con el hijo de nuestro señor? _preguntó May, todavía al tanto del poder bendito de Cheren_. ¿Lo dejarás a su suerte?
- Sabiendo como es Camus, estoy convencido de que no me pasaría nada si decidiera hacer eso. Pero, no puedo… _miró a sus alrededores. Ya no quedaban más rebeldes cerca y los pocos caballeros que todavía se mantenían de pie, no mostraron intenciones de querer seguir enfrentándolos_. Parece que la batalla ha llegado a su fin. Termina de curar a Rita. Haz que nos transporte a todos de regreso al Reclusorio cuando vuelva a ser capaz de usar sus sombras malditas. No podemos darnos el lujo de perder más aliados.
- ¿Te veré del otro lado?
- No es como si tuviera otra opción.
Una cómplice sonrisa de mellizos fue el gesto final que se tuvieron previo a que Ezequiel partiera con rumbo a los terrenos de educación superior de la academia San Felipe. Intentó serenarse, pero se le hizo imposible al sentir como el poder del primogénito de los Robles volvía a aumentar de golpe. Con la diferencia, de que esta vez no pareció provenir de fuentes externas a su cuerpo. Cheren, en cambio, su fuerza no dejaba de disminuir con cada minuto que pasaba.
Apresuró la marcha, temiendo lo peor, irrumpiendo entre las nubes de polvo que cubrían los terrenos cuando… una escena lo dejó paralizado de la impresión. Era él, no tuvo dudas. Sebastián quemó vivo a quién alguna vez fue su mejor amigo, Arturo Céspedes, con flamas que adoptaron una tonalidad carmesí jamás antes vista por el anciano. Las mismas, imitaron la apariencia de un león que el adolescente usó para rematarlo de un violento puñetazo en el estómago, atravesándolo al mínimo contacto y consumiéndolo de adentro hacia afuera.
La presencia de Arturo desapareció.
Mientras que la del pelinegro, se corrompía por el odio.
O, al menos así fue hasta que empezó a llorar.
¿Era remordimiento lo que sentía? Ezequiel no lo supo con certeza. Pero, lo que sí supo, fue que sus fuerzas se vieron mermadas rápidamente apenas las flamas dejaron de cubrirlo.
Cheren estaba en la escena, presenciándolo todo desde el suelo, siendo vigilado de cerca por un adulto con más bigote que cabello quién, aparentemente, escoltaba a los amigos de Sebastián. Todos estaban distraídos, era su oportunidad.
- ¡Sebas! _Yanet corrió con todas sus fuerzas para alcanzar a su amigo, dejando a Nadiuska en cuidados de un desesperado Aldo, cuyo único gesto por salvar la vida de la joven bruja fue cargarla sobre su espalda con extremo cuidado en lo que Jairo y Lucke se apoyaban mutuamente para poder caminar y no resentir aún más sus piernas lastimadas_. ¡Ya todo terminó! ¡Regresa con nosotros…!
Tuvo que pasar sobre el cuerpo de Luciana para llegar hasta él, fijándose en algo que nadie más había notado. Sus pasos, sin embargo, no se detuvieron en ningún momento.
La presencia de la pelinegra, ella…
Moscoso le gritó a alguien para que se alejara, volviendo a despertar las alertas en los sobrevivientes. Muchos lo reconocieron al instante, sobre todo Aldo. Era Ezequiel, el anciano al que no pudo derrotar ni con sus mejores técnicas. Se acercaba peligrosamente hacia el indefenso celador, cuya reacción natural fue juntar sus manos en señal de oración. Pero su oponente, lejos de inmutarse por su extrema cercanía, atinó únicamente a sonreírle mientras le sugería que no iniciara otra pelea sin sentido.