Un ruido extraño lo puso en alerta.
Por alguna razón, sintió muchas ganas de vomitar.
Su cabeza era un caos y el cuerpo le pesaba una barbaridad. Aun así, tuvo la osadía de intentar reconocer sus alrededores para identificar al responsable de sus miedos, pero lo único con lo que se tomó al abrir los ojos fue una profunda oscuridad. Algo le cubrió la vista con descaro y sus manos, aunque reaccionaban a sus órdenes, tampoco pudieron hacer mucho por él ya que algo las apresaba detrás de su espalda. Luchó con todas sus fuerzas para liberarse, pero fue en vano. Ni siquiera fue capaz de crear técnicas benditas.
Alguien sonrió, no estaba solo.
Reconoció su situación, lo vigilaban. Y esa misma persona, fue la responsable de regresarle la visión.
Era él, el anciano que rescató a Cheren.
Ver la sonrisa de Ezequiel, hizo que Sebastián Robles recuperara todas sus memorias. La muerte de Grecia Huamaní, la desaparición de Arturo, el ataque del asesino de la katana, la búsqueda y posterior traición de quien alguna vez consideró como su mejor amigo. También, a Yanet, su falso noviazgo, la batalla con los rebeldes en los exteriores de la parroquia del distrito 17, su internamiento en el hospital y posterior soledad conjunta cuando todos los rechazaron. Jairo, Aldo, Nilton, Nadiuska, Dolores, Lucke, Ángel, Fiorella; el director Enrique, sus profesores de la academia; sus padres, su hermana, Luciana… el atentado y las muertes de sus seres queridos…
Supo entonces en dónde estaba.
Y el miedo, se apoderó de él.
- ¡Buenos días, Sebastián Robles! _saludó el anciano con normalidad, como si estuviera feliz de verlo consciente_. Que gusto tenerte de regreso con nosotros. Al juzgar por tu expresión, puedo inferir que ya recordaste todo lo que pasó. ¿No es así? _el adolescente no respondió_. Descuida, no te culpo. Yo también temería si estuviera en tu situación. Nos has causado muchos problemas, niño. Lo sabes, y es por eso tienes miedo de lo que pueda pasarte _sonreía. ¿Por qué lo hacía? _. ¿Sabes? A lo largo de los años, hemos tenido que lidiar con una infinidad de sujetos quiénes, al igual que tú, buscaron derrotarnos guiados por idealismos heroicos. Por supuesto que Camus acabó con todos ellos. Tus amigos y tú fueron los primeros que no solo lograron arrinconarnos, sino que tal cual nos expusieron frente a todo su reino. Lo reconozco, subestimamos a “los sobrevivientes”. Por desgracia para ustedes, lejos de generar rechazo, lo que hicieron fue conseguirnos más adeptos. ¡Y todo porque fueron traicionados por sus líderes! Pero, tranquilo. Mi señor es bondadoso. Desde ahora te prometo, que lo que último que él quiere es matarte.
- ¡Ayúdame…! _respiró con dificultad_. ¡Yo no debería estar aquí!
- ¿Y por qué debería de hacerlo?
- ¡Porque tú no eres como ellos! ¡No eres malo!
Reconoció su entorno. Lo habían mal sentado sobre una silla de madera vieja y astillada con las patas de acero oxidadas y hasta carcomidas. Seguía con su uniforme puesto, aunque al juzgar por el hedor que desprendía de sí mismo, intuyó que llevaba varios días sin asearse. En cuanto a sus manos, no solo estaban apresadas por gruesas cadenas de metal, sino que le habían puesto sobre sus muñecas un par de esposas oscuras que desprendían colores de tonalidades rojas y amarillas.
Ambos conversaban dentro de una habitación vagamente iluminada por un foco parpadeante.
La humedad del entorno se vio reflejado en sus paredes.
- ¿En qué te basas para decir eso? _preguntó Ezequiel, intrigado.
- ¡Te vi! ¡Pudiste matar al profesor Arthur y al celador Moscoso con esa extraña técnica que usaste cuando los tocaste! Pero, no lo hiciste. ¡Los liberarse de su tormento apenas te fuiste!
- Fue mera compasión, eso es todo. Con tu profesor, mi objetivo siempre fue rescatar al amo Cheren y con el otro sujeto, bueno, secuestrarte. Matarlos o no era lo de menos. Como ahora verás, no alteró el resultado en lo más mínimo.
- ¡Y, sin embargo, decidiste dejarlos con vida! _su mirada, aunque tranquila, le auguró al pelinegro que su persuasión no serviría de mucho. Más, sin embargo, se aferró al diálogo únicamente para ganar tiempo y pensar en un plan de fuga. Lo que este ignoraba, fue que el anciano ya se había anticipado a su jugada, alejándose levemente de él con pasos sutiles e imperceptibles_. Si no van a matarme, entonces… ¡¿qué harán conmigo?!
- Mostrarte la realidad de nuestro mundo…
Un chirrido estruendoso provocó que, tanto Sebastián como Ezequiel, posaran su atención en el golpeteo frenético que producían los pequeños cristales de la única puerta que adornaba en la habitación al momento de abrirse. Aquel hombre que se dirigió a él con total seguridad, irrumpió tranquilo vistiendo su clásico traje color gris rata, ondeando su tan imponente capa oscura con cada paso que daba dentro de la sala. Apenas descubrió al pelinegro, no pudo evitar sonreír de la emoción, haciéndose a un lado para que otros dos encapuchados de menor tamaño se hicieran presentes portando túnicas que al adolescente le resultaron muy familiares.
Eran magos veteranos del continente de Dawson, sus distintivos saltaban a la vista.
Camus lo saludó poco después de cruzar sus miradas.
- Al fin das la cara… ¡Infeliz…!