Incluso en tiempos donde, se supone, los hijos de Dios habían recibido la bendición de su padre tras haber sido testigos de su existencia hacía ya varios milenios, pecados como la corrupción, la discriminación o el clasismo seguían aferrados a sus más bajos instintos. Muchos, sínicos vistiendo traje y corbata, ostentosas armaduras o las más glamorosas telas de diseñador, lo negaban. Pero lo eran.
Arturo Céspedes no necesitó escucharlo para saberlo, ya que vivió todos y cada uno de sus rechazos desde incluso antes de aprender a caminar. Su madre, una agraciada mujer amilense de escasos recursos, tuvo la mala suerte de cruzar su camino con un guardia civil de poca monta. Cegada de amor, no dudó en escaparse con él para emprender una nueva vida juntos, alojándose en lo que se suponía, sería su casa temporal ubicada en una de las colinas desoladas del distrito 17 de la ciudad de Amil.
No mucho después, quedó embarazada.
Y al poco tiempo, también se quedó sin marido.
Ella creía que no entendía, pero el pequeño Arturo escuchaba, y lo hacía bastante bien. Las madres de las viviendas aledañas susurraban cosas, la tildaban de desamparada, de irresponsable por traer “bastardos” al mundo sin tener las posibilidades económicas para mantenerlo, mucho menos un futuro que ofrecerle. Por supuesto que la señora Céspedes también era consciente de sus habladurías, pero nunca les dijo nada por temor a represalias.
Nunca las puso en su lugar y eso a su hijo, lo llenó de dudas.
“Será que, quizá, ¿tengas razón?”
“¿Por eso no les dice nada?”
La palabra “bastardo” la escuchó una infinidad de veces más, muy para su desgracia. Siempre, pronunciada con cierta entonación de desprecio o de burla. Nunca con cariño o compasión. Incluso sus compañeras de academia se burlaban de él por oler mal a veces, por vestir ropas viejas o por usar útiles y herramientas gastadas. No eran capaces de entender que, a veces, el servicio de agua se iba en su casa por su difícil acceso; o que su mamá no siempre contaba con el poder bendito necesario para bañarlo en las noches con agua bendita tibia. Él, por último, ni siquiera era bueno en su dominio.
Era pésimo en todos los cursos, tanto teóricos como prácticos. No servía para nada, incluso ciertos profesores se lo dijeron en algún momento de arrebato emocional, consecuencia de su ineptitud.
Alguna vez, leyó que grandes guerreros de épocas pasadas surgieron así, como él, viviendo muchos horrores en su infancia. Pero, el pequeño Arturo también era diferente de ellos. Sus héroes, todos ellos fueron prodigios en el dominio del poder bendito. En cambio, él era la oveja negra en una era que se caracterizaba precisamente por eso, por el control de los elementos. De la bendición de Dios.
Cierto día, una de sus preguntas hizo llorar a su mamá.
- Ma, si no puedo controlar mi poder bendito. ¿Eso significa que no tengo la bendición de Dios?
Parecía una niña pequeña. Esa fue la primera vez, que pudo ver a su progenitora como lo que en verdad era, una mujer que se culpaba todos los días por arrastrarlo a ese mundo.
Un mundo cruel con personas como ellos que, aunque con derechos, se ignoraban para pisotearlos todos los días. Con comentarios, con rechazos, incluso activamente con acciones físicas.
Arturo nunca había llevado un amigo de verdad a la casa.
Y eso era… porque nunca tuvo uno…
Desconsolada, lo único que pudo hacer por su hijo, fue abrazarlo con todas sus fuerzas mientras repetía una y otra vez que “era su culpa”.
El pequeño la recibió con los brazos abiertos, llorando en silencio, incluso sin terminar de entender el por qué.
Lo único que tenía claro era una cosa. Si las vecinas hablaban mal de ella era porque no había un hombre en la casa que la defendiera. Él, entonces, se convertiría en uno para cuidarla y alejarla de todos aquellos que quisieran hacerle daño. Se prometió ese día que haría hasta lo imposible para que no le faltara nada. Para que se sintiera orgullosa del hijo que trajo al mundo.
Que no necesitaban de nadie más para salir adelante.
Pero, los años pasaron… y todo se mantuvo exactamente igual…
En todos sus años como estudiante de educación básica, no hubo un solo día que no intentara hacerse amigo de alguien. Sus compañeros de clase eran casos perdidos, todos lo odiaban o lo rechazaban sin una justificación coherente. Por supuesto que le dolía que fueran así con él. Muchas veces terminó llorando a solas, escondido en una cubeta de baño, comiendo lo que le mandaba su mamá a la academia para evitar que sus abusones lo golpearan.
Segmentó su lista. Los populares fueron los primeros en ser descartados. Casi todos eran niños o niñas arrogantes, orgullosos por llevar un buen apellido como podían ser los Robles o los Huamaní. Pregonaban ser importantes por hazañas que ellos no hicieron, sino más bien sus familiares. El resto los vanagloriaba únicamente porque querían sentir parte de su “fama regalada”. Incluso para alguien como Arturo, no valía la pena gastar sus intentos con ellos.
De ahí en más, buscó alguna oportunidad para acercarse a los grupos de otros salones, siempre los menos populares, incluso buscó a rechazados sociales como él. Pero todos coincidieron en lo mismo: juntarse con “bastardos” era sinónimo de desgracia.