Los Sobrevivientes: Entrenamiento antirrebeldes

Capítulo 10. Víctimas y victimarios

Lentamente, la figura de un hombre de gran porte y semblante triunfante descendió sobre unas escaleras de madera que brillaban de lo pulcros que estaban. El auditorio, aunque carente de luz natural, se iluminó en su totalidad gracias a que unas flamas de color azul emergieron repentinamente sobre las antorchas que reposaban en diferentes partes de la planta. Su sola presencia, hizo que todas las personas que aguardaban impacientes por su llegada, agacharan la cabeza en señal del respeto que le tenían.

Blandió su larga cabellera plateada con elegancia.

Camus saludó a sus seguidores con tranquilidad, dándoles los buenos días mientras que estos lo envolvían en aplausos. Adulado, les pidió amablemente que no hicieran eso, ya que no lo veía necesario. Pero, uno de los hombres más próximos a él, insistió en que era la forma que tenían para demostrarle lo leales que eran a sus creencias.

No replicó más, más sí alzó la mirada para buscar entre la multitud de, al menos doscientas personas, a un personaje en específico, encontrándolo después de varios segundos cruzado de brazos y apoyado sobre una de las columnas del auditorio. Su cabellera rebelde, por momentos impedía verlo a los ojos y sus atuendos, deportivos con tonalidades que iban entre los colores marrones y negros, no lo hacían ver tan peligroso como en realidad era.

Su katana descansaba plácidamente dentro de su funda.

A su diestra, una mujer de grandes pómulos y cabellera frondosa y risada lo escoltó con complicidad, afirmando que no tenían mucho tiempo antes de que fueran encontrados por la Guardia Civil. Camus le agradeció por el dato y entonces, comenzó.

- Siempre será grato para mí, verlos a ustedes una vez más, mis queridos hijos pródigos. Mucho me apena decirles, sin embargo, que nuestra reunión será más breve de lo que pensé _caminó unos pasos al frente, su gran y larga capa se blandía siempre para hacerlo ver como una figura inalcanzable_. Como bien ya saben, nuestra presencia aquí en el continente de Melendi no está bien vista. La familia real teme a nuestros ideales, sataniza a los que opinan diferente a ellos. Me alegra descubrir en ustedes, que ya se quitaron la venda de los ojos. Que, incluso a sabiendas de los peligros que representa vernos a plena luz del día, tomaran las medidas necesarias para responder con devoción a los llamados de la liberación. No les voy a mentir, todavía nos queda por recorrer un camino largo y difícil para conseguir lo que queremos. Muchos los mirarán mal, incluso irán en contra de ustedes. Será en ese momento, cuando verán quienes se equivocan realmente _aclaró la garganta. Su público lo escuchaba atento_. El mundo como lo conocemos ya no tiene salvación, está podrido. Y nosotros, los hijos de Dios, fuimos los que lo provocamos. El reinicio de la humanidad es inevitable. Y para cuando el ciclo del día y de la noche vuelvan a romperse, y las pocas comunidades logren soportar la furia implacable de nuestro padre celestial, ansío en que muchos de aquí logren ver el nuevo amanecer.

La hermana Rita se lo quedó viendo con evidente impresión, al igual que muchos de sus súbditos.

Cheren maldijo a su padre en silencio.

- ¿Nosotros? _la pregunta de una mujer sumisa y encorvada llamó la atención de su líder_. ¿Qué pasará con usted, mi señor? ¿Qué acaso no planea ver ese nuevo amanecer con nosotros?

- Acabo de decirlo _respondió Camus en el acto, serio y estoico como el viejo tronco de un árbol de bosque_, nos queda un camino largo y difícil por recorrer. Desconozco que vaya a ser de mi destino, ciertamente. Lo único que tengo claro, es que me veo cumpliendo todo lo que les he prometido, pero no más allá de eso. Se requerirá de compromiso para lograrlo, y lo tengo. Pero, también de muchos sacrificios… Lo que quiero decir… es que, quizá, muchos de los aquí presentes no logren ver el nuevo amanecer de la humanidad… ni siquiera yo mismo. Y eso está bien, ¿saben? Porque es un sacrificio que estoy dispuesto a pagar por todos ustedes. Que nos llamen rebeldes si quieren, no me importa. Solo nosotros sabemos lo que en realidad somos _su público dijo que sí en coro_. ¿Quiénes somos? _todos balbucieron la palabra “revolucionarios” _. ¡Más fuerte!

- ¡¡¡SOMOS REVOLUCIONARIOS!!!

Camus quiso seguir motivando a sus nuevos seguidores, en su mayoría menores de edad, cuando un violento golpe crujió por encima de sus cabezas. Gritos se oyeron a lo lejos, señal que muchos interpretaron como el momento de retirarse. La hermana Rita saltó a la palestra con las manos juntas y, empleando toda la oscuridad de la sala, envolvió a las masas humanas con sus sombras para transportarlos a todos en un solo viaje.

El auditorio se llenó de lo que parecían, eran flamas negras emergiendo del interior de la tierra por breves segundos hasta que la mujer, junto a Cheren, fueron los últimos en movilizarse. Le dijeron al líder de la organización que los siguiera, aunque este terminó rechazando su pedido con gentileza. La rulosa le preguntó que estaba tramando, a lo que el pelo platino respondió que hacía mucho que no entrenaba su cuerpo. Ansiaba tener una conversación larga y pacífica con los hombres de confianza de madame Vanderlei.

- Tú _tomó a su hijo del hombro con fuerza. Cheren chilló de dolor, aunque supo disimularlo bastante bien_. Encárgate de esos dos y encuentra a la rata cuanto antes.

Verlo sonreír fue suficiente para entender que había captado el mensaje, por lo que se despidió de ellos al momento en que la puerta de su sala de reuniones subterránea cayó derribada con violencia. Siete soldados vestidos con armaduras blancas lo apuntaron con lo que parecían ser armamentos civiles, gritándole para que no hiciera ningún movimiento en falso. Camus, lejos de inmutarse por la clara desventaja numérica, les preguntó sarcástico qué había hecho para que irrumpieran en su propiedad de esa manera.




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