Escuchó susurros. Voces trataban de comunicarse con él, aunque sin mucho éxito. Se negaba voluntariamente a hacerles caso, puesto que lo único que quería Sebastián en ese momento era dormir y no despertar hasta mucho más tarde. Ya no le quedaba energía en el cuerpo, los brazos todavía le temblaban y ni qué decir de sus piernas. Por último, ni siquiera sabía en dónde estaba. Lo último que recordaba era que había ido al patio trasero de su casa a mitad de la noche para entrenar su estilo de combate.
Pensó en su papá, en su mamá y en su hermana, pero también… en Arturo Céspedes y en Cheren, el asesino de la katana.
“¿Sebas?”, esa voz, no podía equivocarse.
Movió su cabeza de lado a lado para recobrar la conciencia y su visión, que hasta hace poco era borrosa, recuperó nitidez, identificando un par de miradas. Jairo y Nadiuska eran los que más cerca estaban de su cuerpo, la rubia lucía preocupada mientras que el greñudo traía su clásica expresión de molestia con el mundo. Nilton y Aldo los escoltaban con intriga y solo unos pasos tras de ellos, una deprimida Luciana lo observaba como si tuviera ganas de correr a abrazarlo.
- ¡Baboso! _su amigo lo despertó de su trance con un violento golpe en la cabeza_. ¡Nos asustaste!
- ¡¿Yo?! _increpó el chico de anteojos_. ¿Por qué? ¿Qué hice? _miró a su alrededor. No supo cómo lo hizo, pero de alguna manera logró ponerse el uniforme y caminar hasta la academia San Felipe_. ¿Dónde…? ¿Qué hora es?
- Casi las ocho de la mañana _respondió Nilton, ya más tranquilo, mientras dejaba su mochila sobre su carpeta_. Tienes cara de muerto en velorio. ¿A qué hora te dormiste anoche? Lo último que supimos de ti fue que entrenarías con tu papá.
- No sé, ni siquiera recuerdo cómo llegué aquí _se frotó los ojos con fuerza para no caer rendido de sueño_. Y sí, es verdad. Entrenamos y luego, continué por mi cuenta buscando pulir algunas cosas _Aldo le preguntó si consiguió resultados, a lo que el pelinegro asintió con la cabeza, sonriendo a duras penas por el cansancio_. Creo que me concentré demasiado en eso que perdí la noción del tiempo.
Volvió a cruzar miradas con Luciana. La chica lo saludó con la mano alzada y luego, se alejó con dirección a su carpeta.
Ya más tranquila, Nadiuska recordó que todavía seguía enojada con él, por lo que no dudó en abandonarlo para seguir a la pelinegra mientras que el resto de sus compañeros ingresaban al salón rápidamente tras advertir la presencia de la profesora Anabel Baker, encargada de impartir el curso de Ciencia y Tecnología de la Moderna. La mujer, de gran tamaño y caderas prominentes, siempre vestida de camisa turquesa y gabardina marrón, puso un adorable gesto de sorpresa al notar la mirada de Sebastián, quien apenas alcanzó a distinguirla porque se estaba volviendo a quedar dormido.
- ¡Buenas días, clase! _saludó a todos de forma general y, tras dejar su maleta sobre su pupitre, dio unos pasos para acercarse a la mesa que compartía el muchacho con Jairo. Cada uno de sus pasos resonaba con fuerza gracias al golpeteo de sus tacones_. ¿Qué le pasó al joven Robles? ¿Está enfermo?
- ¡Estuvo entrenando hasta tarde con su papá! _contó el muchacho de cabeza rapada con el rostro colorado, evitando alzar la cabeza para no ver más de lo permitido. Si Nadiuska era la cúspide de belleza femenina entre las alumnas de la academia, la profesora Anabel también lo era, pero a nivel de docentes_. ¡No sabemos qué hacer con él! Tampoco nos gustaría importunar su clase.
- ¿Importunar, dices? ¡Es perfecto! _los amigos se la quedaron viendo con extrañeza_. Me viene bien para la clase de hoy porque, justamente, necesito demostrar los efectos de ciertos alimentos y creo, que el joven Robles podrá ayudarme.
Nadiuska preguntó de qué alimentos hablaba mientras que la mujer de cabello castaño bien cuidado, regresaba a su escritorio para sacar un frasco de vidrio del interior de su maleta con, lo que parecían ser, caramelos circulares de color morado oscuro en su interior.
Algunos lo reconocieron en el acto. Eran potenciadores, píldoras que, según su color, podían tener diferentes efectos. El morado, por ejemplo, era el más común de todos debido a que lo que hacía era básicamente, recuperar parcialmente la energía del guerrero en casos de apuros. Su sabor también variaba, aunque ya no por su color, sino por un hechizo simple que lo volvía agradable para cada usuario.
- Este que tengo entre las manos… _sacó una píldora del interior del frasco usando un trapo color hueso para, momentos después, enseñárselo a la clase_… vio sus orígenes en el continente de Jensen hacía ya varias décadas. Alumno Delgado _Nilton respondió en el acto_, dele esto a su compañero, que se lo coma en trozos. Uno será suficiente para que regrese al mundo de los despiertos.
Aunque con dudas, el grandulón obedeció y, con la ayuda de Jairo, abrió la boca del pelinegro para forzarlo a morder la píldora con mucho cuidado. Mientras lo hacía, la profesora Anabel contaba que el concepto de “potenciadores benditos” fue desarrollado en Jensen, más el continente de Ree logró revolucionar la idea al ver en ellas más que simples suministros alimenticios. Apenas terminó su oración, Sebastián recobró el conocimiento de golpe para, con mucha vergüenza, notar su presencia dentro de la clase.
Intentó disculparse con ella, más la adulta aclaró que no era necesario, al menos no esta vez. Eso sí, le pidió que no volviera a pasar porque, de ser así, no tendría más remedio que sacarlo de la clase.