Los Sobrevivientes: Entrenamiento antirrebeldes

Capítulo 14. Preámbulo

El cielo se oscureció de repente, producto de las inmensas nubes que se desplazaban rápidamente sobre el altiplánico territorio donde montañas y bosques terroríficos reinaban a sus anchas. No había ninguna ciudad o pueblo a la vista, ni siquiera vida animal que se animara a enfrentarse a las embravecidas inclemencias de la madre naturaleza. Solo un objeto se desplazaba lentamente sobre un camino mal trecho, desafiando a las fuertes corrientes de aire y a las gotas de lluvia que caían como rocas congeladas.

Lo que parecía ser un carruaje sin caballos a la distancia, redujo aún más la velocidad cuando se vio rodeaba de una fuerte neblina. Combatió durante muchos minutos para no descarrilarse y caer al gran vacío. Los cocheros no podían ver nada y, aun así, fueron tan afortunados que lograron llegar al otro lado de la ruta con el sudor sobre sus rostros. Uno de ellos suspiró aliviado y, luego, le recriminó a su compañero el por qué tenían que usar un vehículo tan anticuado como ese para completar su misión.

- ¡Son órdenes del líder! _exclamó, todavía con la mirada hacia el frente, achinando la vista para no perder la concentración_. ¡Las condiciones climáticas impiden que podamos viajar a caballo! ¡Tampoco podemos usar magia porque corremos el riesgo de ser detectados por la seguridad mágica del reino!

- ¡Mierda! _exclamó con enojo, abrazándose a sí mismo para no morir congelado. Para ese momento, su cara ya estaba roja producto de las bajas temperaturas_. ¡Vaya mala primera impresión me estoy llevando del continente de Jensen!

La travesía del dueto de rebeldes terminó varios minutos más tarde, cuando su transporte llegó a lo que parecía ser un gran arco de cemento, deteriorado por la humedad del ambiente. El fondo boscoso todavía alcanzaba a verse desde la cima, hecho que los hizo acelerar un poco al descubrir que el camino ya no presentaba desniveles que podían poner sus vidas en riesgo. El cochero detuvo la unidad al pie de una pendiente rocosa, justo del lado derecho. Una persona encorvada, de baja estatura y envuelto de pies a cabeza por una capa de tela gruesa los recibió de inmediato, atravesando sin problemas la densa neblina que seguía formada sobre la superficie.

El viento helado rompió en sus pulmones cuando intentaron exhalar para recuperar el aliento. Uno de ellos temió lo peor, aunque fue rápidamente calmado por el desconocido.

- Te acostumbrarás _dijo con tono sereno. Su voz rasposa y lenta les advirtió que se trataba de una persona mayor_. Si un viejo como yo pudo hacerlo, no será problema para ti.

- ¡Como sea! _bramó el rebelde, todavía con la cara roja y ambas manos, sobre su boca_. ¿Qué es este lugar? _divisó al vehículo_. ¿Y por qué nos hicieron venir desde tan lejos con tanta comida?

- Yo no soy el indicado para responder eso. Vengan _los llamó con la mano alzada_, descarguen todo. Ya no falta mucho.

Aunque cansados, los dos viajeros obedecieron al misterioso anciano y, con cuidado, bajaron las cajas de comida que traían en la parte trasera del automóvil. El cochero ya había leído sobre ellas en el pasado, se trataban de unidades de transporte muy habituales de ver en la vida pasada. Funcionaban a base de gas o combustible fósil y, aunque prácticos, eran más los daños que le provocaban al planeta que sus beneficios en sí. Eso hizo que los cinco grandes monarcas desistieran de ellas durante su tiempo de reestructuración de la civilización e instauraran de nuevo el transporte a carruaje.

Con el paso de los siglos, y el descubrimiento de nuevas habilidades benditas y mágicas, se instauraron medidas de protección animal para no poner sus vidas en riesgo.

El carro que condujo, era de las poquísimas unidades que lograron sobrevivir hasta la era de los bendecidos.

- Hasta aquí _mencionó el anciano de repente.

- ¿Qué? _el rebelde de la boca cubierta miró a sus alrededores, pero solo encontró más y más niebla a su paso_. ¿Pasó algo?

- Pasa, que ya llegamos…

Juntó sus manos en señal de oración y, a continuación, elevó el brazo derecho hacia el cielo para pronunciar “liberación”. A penas lo hizo, toda la neblina empezó a disiparse rápidamente, lo que les hizo entender a los rebeldes que todo este tiempo estuvieron dentro de una técnica bendita de elemento agua. Solo aquella que de verdad era producto de la naturaleza, terminó siendo repelida hacia lo más hondo de la hermosa laguna que acompañaba a su vista, justo en las laderas de la imponente cordillera que rodeaba todo el territorio.

Pero, eso no fue lo único que descubrieron.

Una edificación de cuatro pisos dividida por dos pabellones todavía a medio construir comenzó a alzarse frente a sus ojos, resguardada por lo que parecía ser un cerco imbuido en rayo bendito. A sus alrededores, encontraron tres canoas de madera mal amontadas en un rincón y hasta su izquierda, lo que parecía ser un pequeño cementerio de árboles resecos y deshojados.

- Impresionante, ¿verdad? _una voz profunda y enérgica los tomó a ambos desprevenidos. Ninguno lo pudo creer, pero apenas reconocieron al hombre de gran tamaño y cabello platinado, inclinaron sus cuerpos en señal de respeto. Era el mismo líder de Nuevo Amanecer, Camus, en persona_. ¡Bienvenidos al Reclusorio!

Les preguntó si tuvieron complicaciones en llegar que no guardaran relación con el clima o las condiciones geográficas del territorio, a lo que el cochero respondió que no, todavía sin mirarlo a los ojos. Su compañero, en cambio, se atrevió a elevar un poco la vista, fijándose en el curioso anillo que descansaba sobre su dedo anular izquierdo, para luego mencionar que siguieron sus órdenes al pie de la letra. Escucharlo, embriagó al hombre de confianza.




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