Los Sobrevivientes: La cacería de Reaper

Capítulo 16. Alter ego

Ambos, adulto y estudiante, se abrieron paso entre la multitud de personas para ingresar a la galería elegida que quedaba en plena avenida Libertadores. Mientras caminaban, Jorge aprovechó para darle a Yanet un consejo que se mantendría en su cabeza por varios minutos: “el que menos resalta, es el que más sabe”.

Pensó en Arturo, pero también en Franco. Uno era un rechazado social y el otro, el patiño de una autoridad académica. En principio, ninguno de ellos parecería ser el objetivo de una agrupación de rebeldes como Nuevo Amanecer. Pero, ahí estaban. El primero, muerto en manos de quien alguna vez fue su mejor amigo por los crímenes que cometió y el otro, en calidad de prófugo, acusado por traición a su reino. Las palabras de su maestro vaya que tenían sustento.

Siguieron así con algo de prisa, pero, eventualmente, con algo más de pausas por lo estrecho que se iba haciendo el corredor. Tuvieron que llegar hasta el final del camino para que el representante de la familia Robles le pidiera a su alumna que tomara su izquierda y, posteriormente, su derecha, hasta coincidir con un pequeño pasaje que conducía hacia unas escaleras de metal.

Una única puerta doble destacaba en lo más alto, adornada por un bonito letrero luminoso en forma de casco con cuernos. “El pasaje de los DiSantis”, era el nombre del local.

Ya dentro, lo primero que notó la canterana de la Academia Élite fue la limitada iluminación del lugar. Aunque, eso quedó relegado a segundo plano apenas descubrió un enorme mostrador hasta el otro lado de la habitación que exhibía toda clase de cuchillas de mano. Detrás de la zona de recepción, también colgaban lanzas, espadas y escudos en filas de tres, ordenadas de menor a mayor tamaño. Aunque la decoración era algo tétrica, por no decir rústica, por las columnas de madera maltrechas y los manojos de tañaras que caían del techo, Yanet le vio cierto encanto.

Una alfombra morada con detalles circulares decoraba el piso. Estaba sucia, demasiado como para que quisiera pasar por encima de ella.

- ¡Señor Kang! ¡Si volvió! _una voz rasposa e inquietante la tomó desprevenida. Olvidó por un momento que se encontraba en una misión con su maestro. Un hombre de camiseta con mangas largas de color gris, semi calvo, pero con una barba canosa, frondosa y nada cuidada salió de repente de una de las puertas que quedaban detrás del exhibidor de cuchillas_. ¡Buenas noches!

- ¡Le dije que lo haría! _Jorge Robles apretó su mano derecha con júbilo. Actuaban como si se conocieran de toda la vida.

- ¡Y ya veo que trajiste compañía! _la miró fijamente. Sus pequeños ojos marrones la analizaron de pies a cabeza. Sonreía, no parecía tener malicia. Aunque, la sola idea de que fuera un rebelde infiltrado, le provocó repulsión a Yanet.

El “señor Kang” le pidió que se presentara.

- Soy Sara _le devolvió la sonrisa, pero con hipocresía.

Creyó que la atención se centraría una vez más en ella, cosa que habitualmente ocurría cuando socializaba con personas externas a su círculo de amigos. Pero, una vez más, olvidó que se encontraba en una misión de infiltración. Era a Yanet a quien le ocurrían esas cosas; a Sara, en cambio, solo la saludaban por cortesía. Su maestro, por otro lado, sí que disfrutaba conversar con el aparente dueño del local. No recordaba cuando fue la última vez que lo vio así de animado.

Bastó con que los escuchara hablar unos minutos para que la ahora “rubia” entendiera que llevaban tiempo conociéndose. Es decir, que el rebelde había formado una especie de amistad con el “señor Kang”, su semblante confiado así lo revelaba. Fue tanta su cercanía, que este no tuvo ningún problema en responder la pregunta que le hizo su maestro de en dónde se encontraba su hermano.

- ¿Ya lo olvidaste? ¡Es sábado de taller! Está allá al fondo _señaló a su atrás con el pulgar izquierdo_, enseñando mecánica a sus muchachos. Que la mayoría pertenezcan a la comunidad bendita le facilita la vida. Ya sabes cómo es ese negocio.

- De hecho, no… ¿A qué te refieres?

Lo vio mirar a ambos lados, como si se estuviera cerciorando de que nadie más, a parte de ellos dos, lo fueran a escuchar.

- No debería de decirte esto, pero pareces un buen tipo. ¡Sus clases son clandestinas! _susurró todo lo que pudo, provocando que ambos, alumna y maestro, se lo quedaran viendo con extrañeza_. ¡No lo juzgues! ¡Por favor! El local ya no produce como antes, las ventas han bajado drásticamente desde… _tragó saliva, nervioso_.... desde que los lacayos de “big Serg” le hicieron mala fama al sector herrero a principios de año. ¡Fue lamentable!

Ese alias… Escucharlo, fue suficiente para que el cuerpo de Yanet se estremeciera. Si conocía a ese sujeto, entonces él era…

- Pero, está muerto… _recuerdos fugaces del atentado a la academia San Felipe vinieron a su mente_... ¿Cómo pudo…?

- ¿Uhm? ¡No, niña! _se echó a reír en sobremanera. Incluso el “señor Kang” lo hizo, aunque solo para seguirle la corriente_. ¡Él no hizo nada! Como bien acabas de decir, ¡ya está muerto! ¡Y murió de la peor forma posible! Ni te imaginas como lo celebramos aquí en Libertadores cuando lo supimos. ¡Celebramos una semana completa! ¡Era el fin de una era marcada por la corrupción y la extorsión…! O eso quisimos creer. “Big Serg” era la representación física de la delincuencia en Melendi, pero hasta un tipo como él terminó siendo reemplazado. Poco después de año nuevo, los remanentes de su organización empezaron a saquear las tiendas de herrería a los que extorsionaban con el fin de armarse hasta los dientes. ¿Para qué? No tenemos idea.



#1329 en Fantasía
#1732 en Otros
#105 en Aventura

En el texto hay: misterio, romance, drama

Editado: 14.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.