Para cuando la noche cayó en el distrito 17, Sebastián se dejó caer rendido sobre su plácida cama para curarse los moretones que se ganó al enfrentar a su papá con un “manto de purificación”. Renegaba consigo mismo mientras que Humberto Robles sonreía airoso por su victoria. También, con un par de raspones en el cuerpo, sobre todo en los brazos y una que otra rasgadura en sus pantalones. Hizo mención que la fuerza no lo era todo en un combate. Una lección que, creyó, ya había aprendido en la academia San Felipe.
- Incluso un anciano podría ser un grave problema si la experiencia juega a su favor. No por nada han vivido tantos años _explicaba mientras hacía un par de movimientos con la espada familiar_. Siempre se noble y mide a tu oponente de a pocos. Si le muestras tu verdadero poder desde el inicio, le darás carta libre para que analice tus puntos débiles y cree una estrategia.
- Si… ¡Ya me quedó claro! _admiró su cuerpo en el espejo que adornaba su recámara. Por primera vez en mucho tiempo, notó cansancio en su rostro representado en forma de pequeñas ojeras. Ahora que no tenía sus lentes, la vista le pesaba aún más_. Quiero aprender. ¡Enséñame a usar técnicas benditas con la espada! Hasta donde sé, mi tío y tú saben hacer eso.
- Claro que puedo enseñarte, pero no mañana _Sebastián, decepcionado, preguntó por qué_. Porque iremos a recoger tus lentes nuevos al Centro. Tu mamá y Xiomara nos acompañarán, así que quiero que pongas buena cara, por favor.
- Hasta ahora me resulta increíble que la toleres a pesar de que te abandonó _graznó, fastidiado.
- Uno aprende con el tiempo, sobre todo cuando hay inocentes que dependen de ambos para sobrevivir _sentenció.
Y, dicho esto, se retiró a su cuarto para poder descansar de la forma que solo a él le gustaba, viendo películas clásicas de acción en su holomisor. Su hijo, en cambio, pensó en sus palabras finales rememorando cómo fueron los últimos meses previo a la separación de sus padres. Todo el caos, los gritos, las pequeñas pero intensas peleas verbales que libraban dentro de cuatro paredes. El día que su mamá se fue, celebró que la calma regresara a su hogar, pero lamentó que lo hiciera a costa de la presencia de su hermana adorada.
Aun así, ambos intentaban llevarse bien por ellos. Porque eran más importantes que todos sus problemas.
O, al menos, eso repetía siempre su papá.
Los problemas que Sebastián tenía con ella, sin embargo, eran tema aparte. Fue su mamá, quien le enseñó a aborrecer las injusticias.
Injustamente, se quejaba de las aventuras maritales de su, en ese entonces, todavía esposo. Cuando su mamá también hacía lo mismo y peor, porque no solo los dejó para irse a Huarmany con Xiomara, sino que meses después, formalizó su relación con el hombre que fue su amante por varios meses. Una vez, se enteró por una tía que pretendía hacer que su hermana viera a ese sujeto como a un padre, a pesar de que éste ya tuviera otros tres hijos de su anterior relación. El resentimiento estuvo latente y, al menos en el pelinegro, seguía fuertemente arraigado en su corazón.
Ver caer a su ejemplo a seguir, fue el peor de los dolores que le tocó experimentar a la corta edad de trece años.
Su problema con la vista fue mejorando gradualmente después de que retomara el hábito de usar lentes. Sus nuevos “ojos” eran muy similares a los anteriores, con la diferencia de que su marco se sentía más ligero y delgado al contacto. Según el oftalmólogo, estas propiedades le servirían mucho en combate ya que, además de ser más resistentes, se mantenían pegado a la cara en todo momento. Eso sí, le sugirió usar gotas dos veces al día por las próximas tres semanas para no agravar su medida, colocándoselas antes de ir a visitar a Yanet y después de cenar, unas horas antes de acostarse.
Algo que sí cambió en su rutina diaria post internamiento en el Hospital Mayor de Melendi, fue que algún extraño lograba reconocerlo en la calle cuando salía a solas o con su familia. A veces, se acercaban para felicitarlo por “lo que hizo” con Nuevo Amanecer y otras tantas, lo insultaban por la espalda. Intentó llevar su repentina popularidad de la mejor manera, evitando peleas innecesarias y sonriendo cuando tenía que hacerlo para contentar a su público. Incluso en ese momento, se le hacía raro cada que decía esa palabra.
De ahí en más, solo se dedicó a entrenar arte de la espada con su papá, a visitar a Yanet los días que tenía permitido en el hospital y, cuando había la oportunidad, a salir con Xiomara para pasar tiempo de calidad como hermanos. Encontró relajante las caminatas lentas en los parques, viéndola jugar con otros niños a que eran caballeros y combatían contra “los lobos del bosque”. Perros callejeros quienes, animosamente, se prestaban a correr con ellos a cambio de un poco de comida de los padres.
Así como él, ella también heredó el amor por los animales.
Jairo, Aldo y Nilton lo visitaban regularmente en su casa. La única de quien no tenía ninguna información nueva fue Nadiuska, aunque a esas alturas ya no esperaba verla. Solo una vez les preguntó a sus amigos si sabían algo de ella, a lo que el greñudo fue el encargado de responderle con una poderosa afirmación.
- Pues… está consolando a Luciana _arremetió, serio.
- ¿Será que ahora sí nos contarás qué pasó con ella? _Preguntó Nilton.
Aquel día, Sebastián aprendió que la curiosidad no siempre era buena. Resignado, no le quedó de otra que ponerlos al día para evitar caras largas. Aunque, al final, quien terminó así fue él mismo, luego de advertir en sus miradas el mismo gesto de desaprobación de Yanet.