“Técnica bendita del elemento rayo: ¡Campo eléctrico!”
Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos.
El terreno de combate se iluminó de un amarillo tan intenso, que ninguno tuvo oportunidad de esquivarlo. Enrique Huamaní fue el primero que sucumbió ante la violencia de la descarga eléctrica, estremeciendo su cuerpo desesperado hasta que, al final, cayó de rodillas al piso, inconsciente. Pero Sebastián tampoco salió bien librado, recomponiendo su guardia el tiempo suficiente como para reducir los niveles de electricidad en sus extremidades y dejarse caer también, sí, pero sin perder el conocimiento.
Intentó recomponerse, pero las cosas empeoraron para él cuando advirtió que había sufrido de parálisis.
Lo peor de todo, fue ver a Franco deambulando por su costado, temeroso, pero libre de todas formas. Intrigado por conocer a su salvador, le preguntó si era parte de la causa, a lo que este dijo que sí para, a continuación, volver a posar su atención en Sebastián. Quien, asustado, trató de esquivar el nuevo ataque de su enemigo al ver como lo apuntaba con su mano izquierda, cuando lo que en realidad ocurrió fue que restauró su poder con un “manto de purificación”.
- ¡¿Qué haces?! _reclamó el estudiante, verdaderamente asustado mientras corría a ocultarse detrás de su capa_. ¡Nos matará!
- Eso quiero. ¡Quiero que intente matarme!
Sebastián lo escuchó, atónito, al momento en que sintió como la parálisis abandonaba su cuerpo. Ya recompuesto, tomó aire para poder pensar con claridad y, acto seguido, se puso de pie lentamente para admirarlos en silencio.
Buscó al director Huamaní con la mirada, resintiendo que siguiera inconsciente. Estaba solo, pero no por mucho tiempo. La Guardia Civil estaba a nada de llegar, lo único que necesitaba era advertirles de la situación y distraerlos el tiempo suficiente para que Franco no fuera el único detenido, sino también el confeso seguidor de la ideología de Nuevo Amanecer. Fue así que, antes de siquiera cruzar palabras con él, alzó su brazo derecho al cielo para liberar una poderosa descarga de fuego que terminó explotando en lo más alto.
Logró su cometido. Su “bengala arcoíris” no solo fue vista por los guardianes civiles de la dependencia del distrito 17, sino también por todos los vecinos y ciudadanos que merodeaban en los alrededores por esas horas de la noche, entre ellos Jairo, Aldo y Nilton.
- Confías en que lograrás darme pelea. Muy bien, eso me agrada.
Su forma sarcástica y despectiva de hablar era idéntica a la de Cheren, pero su presencia no era la misma. Incluso el tono de voz era más grave que la del asesino de la katana.
Pero, entonces, ¿por qué poseían katanas similares?
- Tú me curaste. ¿Eso no te haría a ti el confiado? _su pregunta lo hizo reír, reacción que también despertó la curiosidad de Franco_. Que extraño eres. ¿Será que también estudias aquí?
- ¡Para nada! _respondió el encapuchado.
- Y, entonces, ¿por qué salvarlo?
- Digamos… que es más importante de lo que crees. Las técnicas benditas no son lo más importante en nuestro mundo. Al menos, no para mí. Lo que más valoro en esta vida es la información y él, querido Sebastián Robles, es una fuente andante de información. Perdóname, pero no puedo dejar que lo entregues a la Guardia Civil.
- Si lo entregas ahora, prometo que te dejaré ir.
- Me temo… _colocó su mano izquierda sobre el mango de su katana, retirándola de la funda lentamente para apuntarlo con la hoja con dirección a su cabeza_... ¡qué debo insistir!
Un parpadeo bastó para que el rebelde pasara de estar frente a él, a elevarse a su lado con su arma a punto de atravesarle la garganta. El primogénito de los Robles tuvo que apretar los dientes para, como medida desesperada, mandarlo a volar con un “contraataque” a corta distancia, saliendo ambos disparados en sentidos contrarios mientras que Franco corría a ocultarse detrás del cuerpo inconsciente del director Enrique. No fue hasta que volvió a prestar atención a la pelea, que notó que los dos habían desaparecido.
O, al menos eso fue lo que interpretó con su vista.
Lo cierto era, que los guerreros benditos estaban intercambiando golpes a una velocidad diferente a la suya, gracias al rayo bendito imbuido en sus cuerpos. El rebelde pudo defenderse de Sebastián con una sola mano, la derecha, mientras que con la izquierda cargaba su afilada katana la cual, no dudó en usar contra él en un momento de descuido. Guiado por su instinto, el pelinegro quiso bloquear la hoja con su espada familiar, reaccionando en el acto al descubrir que no la cargaba consigo, por lo que no tuvo de otra que girar hacia atrás para salvar su vida, esquivándolo al último segundo, aunque perdiendo algunos mechones de caballo en el trayecto.
De inmediato, juntó sus manos en señal de oración para atacar, encontrando a su enemigo imitando su misma postura:
- Técnica bendita del elemento agua: ¡¡¡Vórtice de agua!!!
Sus técnicas colisionaron entre sí con tanta fuerza, que ambos terminaron siendo despedidos en sentidos contrarios debido a su cercanía con la onda expansiva. Pero, no fueron los únicos. Franco y el cuerpo inconsciente de Enrique Huamaní también resintieron la explosión, cayendo ambos dentro de un pequeño jardín que colindaba con los terrenos de educación superior mientras que gran parte de la academia era envuelta por varias capas de neblina. Aunque adolorido, Sebastián no dudó en volver a la pelea, envolviendo sus brazos con sus extensiones de agua mientras cubría sus puntos débiles. Incrédulo aún, por lo que presenció del encapuchado.