Los Sobrevivientes: La calma antes de

Capítulo 26. Reunión familiar

El carnovorus cargó su cañón lentamente, mientras que Luciana aprovechaba para llamar miserable a Jonathan. Este le prometió entre llantos que no volvería a molestarla, con la condición de que no le hiciera daño. Pero la pelinegra no oyó razones, la ira que la consumió fue tanta que estuvo a nada de provocarle heridas mortales con su técnica y lo hubiera hecho… de no ser porque la gigantesca planta carnívora comenzó a incendiarse.

Sus raíces se consumieron rápidamente en fuego bendito, lo que llevó a que la adolescente perdiera la concentración ante los violentos bramidos que liberaba la planta, misma que terminó cayendo de cabeza en el campo de batalla para desvanecerse con cada segundo que pasaba. El fétido aroma que desprendió la obligó a retroceder unos metros, buscando a su aún enamorado con la mirada, creyéndolo el responsable de tal atrocidad. Más temprano que tarde, lo encontró dentro del siniestro, cubriéndose con sus brazos mientras era protegido con una corriente palpitante de agua bendita.

Giró de inmediato al reconocer su fuente de origen, viendo como un malherido Sebastián extendía su brazo izquierdo con fuerza para protegerlo, impidiendo así una tragedia.

Tragedia de la que, poco a poco, comenzaba a ser consciente.

- ¡¿Por qué?! _preguntó, molesta_. ¡¿Por qué no me dejaste hacerlo?!

- Porque… tú no eres una mala persona…

Agotado, el primogénito de los Robles sucumbió ante el desgaste de energía y perdió el conocimiento poco después de que el carnovorus de Luciana desapareciera por completo. Jonathan, todavía asustado, trató de aprovechar la oportunidad para volver al ataque, pero su hasta ese momento enamorada lo dejó fuera de combate sin siquiera mirarlo a la cara, haciendo que una de las pocas raíces que quedó intacta del fuego lo golpeara en la cara. Ella, en cambio, no lo pensó dos veces y fue a socorrer a su amigo, recogiendo su espada y guardándola en su funda para, con mucho esfuerzo, llevárselo sobre sus hombros hacia el lugar más seguro que conocía: su propia casa.

La ida se le hizo muy complicada, sobre todo porque no solo tuvo que lidiar con el peso del pelinegro, sino también con las miradas acusadoras de sus propios vecinos quienes, temerosos por su fuerza, se apartaron sutilmente de ella mientras corrían para amotinarse alrededor del campo de entrenamiento.

Ya en su vivienda, recostó a Sebastián en el mueble más grande de la sala para escuchar, primero, los latidos de su corazón. Eran acelerados, bombeaban con mucha fuerza. Preocupada, apoyó las dos manos sobre su torso y conjuró su técnica de “lágrimas de sábila” para recuperar su energía. Le rogó para que despertara, incluso presionó su pecho con fuerza repetidas veces hasta que, por fin, luego de varios segundos de incertidumbre, lo vio retorcerse de dolor.

Poco a poco, su cuerpo dejó de iluminarse por aquella luz verdosa tan característica de la naturaleza bendita.

- ¡Eres un tonto! _le recriminó entre lágrimas, llorando sobre él sin medir el volumen sus gritos _. ¡Te dije que no volvieras a seguirme! ¡No sabes lo mucho que me preocupé por ti!

Sebastián intentó hablar, pero el dolor que todavía sentía en el cuerpo fue tan intenso que lo único que pudo hacer fue quejarse frente a la primogénita de los Flores. Tras notarlo, Luciana no dudó ni un segundo en apartarse de él para, todavía con lágrimas en los ojos, ir en busca de los medicamentos que sus padres guardaban dentro de su recámara, trayendo todos los que pudo encontrar para, luego, quitarle la casaca lentamente y comenzar a limpiarle sus heridas.

Trató de detenerla, pero la chica se negó tajantemente.

Verla así de preocupada por él le rompió el corazón. No se suponía que las cosas sucederían así, pero pasó y el adolescente entendió que ya no podía hacer nada cambiarlo. Por lo que, resignado, cerró sus ojos lentamente y cayó en un profundo sueño del que no tardó nada en despertar al sentir como sus heridas entraban en contacto directo con algodón imbuido en alcohol puro.

Gritó por el ardor, incluso lagrimeó un poco.

- ¡Lo siento mucho! Me gustaría curarte con naturaleza bendita, pero como todavía no estoy acostumbrada a usar el “cañón de Nephentes”, consumí más fuerza de lo usual. ¡Tengo que hacerlo a la antigua!

- No… ¡no pasa nada! _trató de hacerse el fuerte con ella, pero no pudo_. ¡Es solo un poco de alcohol!

Tras varios minutos de agonía exagerada, por fin, Luciana terminó de curar sus heridas más visibles, sobre todo en los brazos. Más calmada, lo ayudó a sentarse y, en silencio, inclinó su cabeza hacia atrás para frenar su hemorragia nasal. Lo obligó a quedarse así por al menos diez minutos más, tiempo en el que ninguno se dijo nada pero que, curiosamente, no se les hizo incómodo. Al contrario, fue como si estuvieran esperando el momento perfecto para retomar aquella conversación que tenían pendiente. Y la encargada de romper la tensión fue la misma pelinegra.

Aunque, no para hablar precisamente del tema.

- ¡Quítate la camisa! _ordenó, seria.

- ¿La camisa? ¿Para qué?

- ¡¿Cómo que para qué?! ¡Para curarte, tonto! Además, no puedes llegar así a tu casa. Tu papá te castigará si descubre que estuviste envuelto en otra pelea _extendió sus dos manos, muy lentamente_. Necesitaré que también te quites el pantalón.




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