Un cuerpo reposaba frívolo, con el torso descubierto y la mirada fija hacia el gran vacío, atado de hombros y con las dos manos clavadas a una gran cruz de madera. La nieve, poco a poco empezó a ocultar los restos de las otras cuatro personas con las que compartió destino, todos sentenciados a ejecución pública en la plaza principal por traición a su reino. Fueron rebeldes confesos a excepción de uno, quien no dejó de repetir insistentemente que era inocente hasta que su corazón dejó de latir. Muchos lo escucharon, pero ninguno le creyó. Incluso entre ciudadanos, verlo liberar su último suspiro fue motivo de celebración, vitoreando frente a sus restos sin percatarse que un pequeño niño se había colado a la fiesta.
No despegó la vista del hombre de cabellera color ceniza.
Derramó un par de lágrimas en silencio para no llamar la atención y luego, se despidió de su padre para volver sobre sus pasos y perderse en algún rincón apartado de la ciudad de Greyrath, capital y región norte del continente de Jensen.
Con el corazón en la mano, buscó consuelo en los brazos de su madre quien, para su desgracia, terminó apartándolo con violencia sin dejar de llamarlo como aquel que le dio la vida. Repitió que su familia había caído en desgracia, que a partir de ese momento ya no serían los respetados Gaidolfi, cuna de los más prestigiosos caballeros de soporte en el reino; sino los desgraciados Gaidolfi, cuna de rebeldes, de genocidas que atentaban en contra de su propia gente.
A sus simples ocho años, el pequeño Ignacio no terminaba de entender nada de lo que su madre decía. Tuvo que apoyarse en sus dos hermanos mayores para comprender la magnitud del problema. Dil, el mayor de los tres, contó que en la era de los bendecidos, si no provenías de una familia de buen apellido histórico, prácticamente estabas condenado a una vida miserable. O, por lo menos así era en el continente de Jensen. Su mismo padre, por ejemplo, tuvo que adoptar el apellido de su esposa para ser alguien, decisión que el menor repudió desde lo más hondo de su ser.
- Pero, ¿qué no todos somos iguales ante los ojos de Dios?
- Si _afirmó Noah, el segundo hijo de la familia Gaidolfi_. Pero no interactuamos con él. Lo hacemos con aquellos hombres y mujeres que rigen nuestra sociedad.
- ¿Y ustedes? ¡¿Por qué no lloran la muerte de papá?!
- ¿Deberíamos? _la frialdad de Dil lo paralizó_. Papá ya andaba en malos pasos desde hacía varios meses. Todos nos dimos cuenta, menos tú. Eres el único al que le importaba lo que hiciera _extendió sus brazos para recibirlo, consolando su pena con un afectuoso abrazo_. ¡Tranquilo! ¡Sabemos cómo te sientes!
- Es triste esperar algo de alguien. Pero, es más triste esperar sabiendo… que nos volverán a decepcionar…
Noah se unió al abrazo de los hermanos.
Temerosos, por lo que fuera a pasar con ellos en adelante.
Camus recordó aquella calidez en su lecho de muerte, poco después de que su cuerpo cayera intempestivamente sobre un gran campo de nieve. Entre sus manos, todavía sujetaba con fuerza la piedra apariciente que lo ayudó a escapar de la súper técnica de la reina del continente de Melendi, Diane Vanderlei. Guijarro, que no tardó mucho en partirse en pedazos como consecuencia de su uso. El frío a su alrededor, las fuertes corrientes de aire y la escasa iluminación en los alrededores, forzó al hombre a cerrar los ojos.
Vio toda su vida pasar frente a sus ojos.
Se vio a sí mismo llorando frente al cuerpo de su madre, apartándola del cuchillo que usó para terminar con su vida. A sus hermanos, tomando caminos diferentes cuando llegaron a la etapa adulta y también, a una hermosa mujer de finos rasgos faciales y atuendos de seda. Sayuri Hinode, hija de un peligroso rebelde del continente de Ree, fue entregada a él como parte de un trato entre agrupaciones, casándose y concibiendo un hijo para formalizar su pacto.
El fruto de esa relación fue el pequeño Renato Gaidolfi.
Lo vio correr hacia él, tambaleándose por momentos, siempre sonriente y con los brazos extendidos para que lo cargara.
Rompió en llantos con su rechazo.
Y lo hizo una y otra vez.
“Ni lo pienses, Ignacio…”
“¡Todavía… es muy pronto para morir…”
Abrió los ojos con desesperación, solo para terminar retorciéndose dentro de una prisión rectangular llena de líquidos verdes.
Le tomó algo de tiempo reconocer a las personas que lo observaban temerosos desde el otro lado del cristal, aunque al final recobró la compostura cuando encontró varios rostros conocidos entre los presentes. Uno de ellos, la senda Ezequiel, no dudó en darle la bienvenida de regreso al mundo de los vivos. Camus frunció en ceño, solo para momentos después, evidenciar su deplorable estado físico. Trató de liberar su energía demoníaca para curar más rápido sus heridas, pero no lo consiguió. Nada ocurría, todo seguía exactamente igual y lo único que pudo hacer al respecto, fue gritar.
Y así se mantuvo por al menos una semana más, hasta que los doctores de su organización decidieron por fin, liberarlo del que por lejos fue, la peor experiencia de su vida.
Apenas salió de la máquina de recuperación, se dejó caer sobre una silla de ruedas y esperó a que sus seguidores secaran su cuerpo para que el cuerpo médico procediera a vendar las heridas que todavía faltaban tratar. La principal de todas, aquel corte profundo sobre su abdomen que le provocó aquel caballero, Jorge Robles, durante su enfrentamiento en Catedral de Esperanza. Se negó a aceptarlo, pero la realidad era una. En cualquier otro escenario, su técnica sí lo habría matado con semejante herida mortal.