Sebastián creyó que su vida daría un giro de 180 grados después de que oficializara su relación con Luciana, su amiga de la infancia, pero grande fue su sorpresa al ver que no fue así. Si bien, ahora ambos se trataban mejor en clases y hasta intimaban por momentos delante de sus compañeros, lo cierto fue que dejaron de ser el centro de atención con el pasar de las horas en la academia.
Jairo, Aldo y Nilton eran los únicos que todavía se quedaban atónitos cuando los veían caminar de la mano en el receso.
Quién sí pegó un grito al cielo fue Yanet, pero no de desaprobación, sino más bien de felicidad. Cosa que sorprendió ligeramente al chico de anteojos, quien no pudo evitar incomodarse luego de contarle la noticia por todo el bullicio que provocó sobre el estrado de educación básica. Para ese momento, su enamorada se había ido a comprar algunos aperitivos con Nadiuska para, ahora sí, contarle todo lo que había pasado entre ellos y Jonathan.
- ¡No sabes cuánto me alegro por ustedes!
- ¿De verdad te alegra?
- ¡Por supuesto! _le pegó un golpe con su hombro derecho, sonriendo luego de forma enérgica tal y como acostumbraba a hacer_. Ya te lo había dicho antes. Lo que más me atormentaba de la misión que me dio tu tío, fue que lastimaba indirectamente a la verdadera mujer que se moría por ti. Pero… ¡ya todo quedó en el pasado! Ahora, por fin están juntos y eso es lo único que debería importarte, Sebas.
- Si… _la miró a los ojos. Yanet le correspondió de la misma forma, sonriéndose en complicidad_... ¡tienes razón!
La conexión entre ambos se rompió de golpe al momento en que sintieron una extraña sensación invadiendo sus cuerpos. Apenas se estremecieron, alzaron las miradas con dirección al basto panorama que les proporcionaba los terrenos de la academia San Felipe, divisando a varios niños de educación básica correteando en grupos y a una que otra pareja de educación superior deambulando por los pasillos de lo más tranquilos. Ninguno de ellos los veía.
Nadie los llamó, a excepción de Luciana.
Confundida por su cercanía, la pelinegra volvió a llamar a Sebastián por su nombre, incomodándose ligeramente al no encontrar respuesta de su parte. Nadiuska tuvo que intervenir, tomando del brazo a Yanet, para que ambos despertaran del trance temporal al que habían caído, siendo sus miradas perdidas lo que más preocupó a las amigas.
- Oye tú… ¿estás bien? _preguntó la joven bruja a la estudiante de cuarto año, sin dejar de fijarse en sus ojos castaños.
- ¿Sebas…? _su enamorado recobró la cordura segundos más tarde, sorprendiéndose de verla a su lado.
- ¿Qué pasó? Yo… yo estaba…
- Me pareció escuchar… que alguien me llamaba.
- ¡Tontos! Nos hacen preocupar por las puras. ¡Claro que los estábamos llamado! _ya más tranquila, Nadiuska soltó a Yanet y llevó al chico de anteojos junto a su pareja, regañándolo por algo que este todavía no terminaba de entender_. ¿Y tú? ¡Eres un descarado! ¿Qué haces conversando con la ex tan pronto?
- ¿Qué yo qué? _desvió la mirada para fijarse en Luciana, encontrándola relajada a pesar del enojo de su amiga_. ¡Oh! No hacíamos nada malo. Solo conversábamos. Amor _tomó a su amiga de la infancia de la mano_, le contaba a Yanet de nuestra relación. Espero no te moleste.
- ¡¿Cómo no le va a moles…?!
- Para nada _Nadiuska quedó pasmada ante la respuesta inmediata de la primogénita de los Flores, quien, lejos de incomodarse por la situación, aprovechó el momento para acercarse a la hasta hace poco “pareja” de Sebastián y sonreírle de forma amical_. Te agradezco por hacer lo correcto. No negaré que me hiciste renegar muchas veces. Uhm… creo que también te maldije algunas veces en privado. Pero… nunca me pareciste una mala chica. Quizá no lo seamos ahora, pero espero que podamos llegar a ser buenas amigas.
La joven curiosa no supo que decir. Solo atinó a sonreír de los nervios para, a continuación, darle las gracias por la confianza, coincidiendo en que también esperaba su amistad. Mientras eso ocurría, Sebastián desvió la mirada unos segundos para volver a admirar el paisaje en silencio, cuestionándose que fue lo que acababa de pasarle a la par que Nadiuska lo observaba, atenta.
Quiso ignorar sus presentimientos, pero supo con verlo… que algo muy malo estaba por suceder.
El pelinegro no tardó mucho en llegar a la misma conclusión, cuando encontró esa misma tarde a su abuela y a sus tíos Lesly y Patrick, alistando todas sus cosas en grandes maletas de viaje. Un imponente carruaje de metal con bordes plateados y adornos con forma de águilas y otras aves cuyos nombres desconocía, se había estacionado en el patio trasero de la casa, siendo su papá el responsable de alimentar a los cuatro caballos destinados para su desplazamiento.
Dos caballeros que, intuyó, eran los cocheros, conversaban con él en voz baja. Se esmeraban mucho porque su conversación fuera privada, eso hizo que el adolescente se decantara por regresar al cuarto principal del primer piso para abordar a su familia. Buscó hablar con la abuela Flor, aunque la anciana poco caso le hizo.
- ¿Qué quieres? _preguntó sin siquiera darle la cara. Prefirió darle toda su atención a la ropa que sacaba del interior de sus cajones.
- No sabía que iban a viajar. ¿A dónde van?