Los Sobrevivientes: Un sueño más grande

Capítulo 1. Retorno

El viaje le resultó más agotador de lo pensado.

Su cuerpo, pequeño y bien cubierto bajo una manta gruesa que compartía con su mamá, se dejó caer sobre las frías planchas de metal que formaban la cubierta de la carroza con la intención de asomar la vista por la ventana más próxima a ella. Descubriendo así, como la carretera iba recuperando sus colores diurnos con cada minuto que pasaba. No era la primera vez que viajaba, más sí fue la primera vez que se tomó el tiempo para contemplar con lujo de detalle cada páramo que se dibujaba de camino hacia la ciudad de Amil, capital del continente de Melendi.

Lo único que le resultó desalentador fue ver como el bello cielo provinciano pasó de una coloración pulcra donde el celeste ganaba protagonismo, a otra en la que tonalidades grises deprimentes opacaban su magnificencia. Mucho se podía decir de Amil, pero una verdad irrefutable era que, rara vez, presentaba visuales agradables que no fueran opacados por la arquitectura del hombre. Y eso, lejos de ser pasado por alto como habitualmente hacía, hizo que Yanet suspirara con nostalgia, aferrándose a una funda para espadas que reposaba tranquila junto al arma.

Desafortunadamente para ella, el tiempo de divagar entre sus recuerdos terminó cerca de las ocho de la mañana.

Llegaron al gran terminal terrestre de la capital, descendiendo en una de las compuertas más próximas al área delimitada para los miembros de la comunidad mágica. Hasta hace solo unos meses, la joven se vio a sí misma deambulando por esos mismos pasillos para despedir con algo de vergüenza a una chica de cabellos dorados que, si bien, nunca fue del todo cercana a ella, supo ganarse su respeto por lo valiente que era. En cambio, ahora, lo hacía cargando de mala gana los recuerdos que su mamá se trajo de pueblo Karanca.

Todo iba tan deprisa a su alrededor, que Yanet no pudo evitar aturdirse ante el vaivén de los bendecidos, magos y civiles. La señora Benavides tuvo que acercarse a ella para abrazarla de lado, confirmando que todo estaba bien mientras le frotaba las manos para frenar su errática respiración. Aun así, no pudo evitar que girara su cabeza en repetidas ocasiones, preocupada porque algo malo les fuera a pasar.

No se despegó de la espada Robles en ningún momento.

Independientemente de la hora, lugares como el terminal de Amil siempre estaban abarrotados de personas. Y, precisamente eso la hizo sentirse vulnerable. Eran presas fáciles. Crujió los dientes con fiereza, el bullicio la desorientó y así se mantuvo hasta que ambas mujeres salieron del lugar, abordando la primera carroza que se ofreció a llevarlas de regreso a su casa en el distrito 17.

De rostro avejentado, pero mirada bondadosa, Aria trató de consolar a su hija intuyendo las razones de sus miedos. Le preguntó si se encontraba bien. Creyó que perdería el control, recordando las otras dos oportunidades en las que vivió un cuadro de crisis en público. Por fortuna, la aspirante a guardia civil confesó que ya se encontraba mejor, inhalando grandes cantidades de aire para, a continuación, recostarse en su regazo y admitir que temía volver, a pesar de no haber sido mucho el tiempo que estuvo fuera de la ciudad.

- Es natural que temas, lo raro sería que no lo hicieras _acarició su cabeza de la forma que sabía que le gustaba, dando leves movimientos circulares con la yema de los dedos_. Verás que todo estará bien, hija. ¡No estás sola! ¡Yo te cuidaré!

Su promesa, aunque sincera, no dejaba de ser una cruel mentira. Su mamá ni siquiera era una guerrera en actividad. Desde muy joven, se vio obligada a trabajar para apoyar en la economía de su familia y eso era algo que Yanet sabía a la perfección.

Por lo mismo, la seguridad de ambas dependía únicamente de ella.

De ahí en adelante, no volvieron a cruzar palabra hasta que el cochero comenzó a recorrer los terrenos del distrito 17. Exceptuando el tráfico que se generaba en las principales calles de la ciudad de Amil, el resto del viaje a casa fue bastante gratificante para Yanet. Quién, ya de mejor ánimo, volvió a asomar la vista por la ventana para “evidenciar” los cambios que se produjeron en su ausencia. Esperó y esperó, pero todo seguía exactamente igual a como lo recordaba. Como mucho, alguna que otra casa había cambiado los colores de su fachada.

Fuera de eso, lo único que sí se le hizo curioso fue encontrar a varios guardias civiles custodiando los límites del distrito.

Y, por fin, llegó el momento de descender.

El sol de la mañana les dio una cálida bienvenida.

La fachada de su casa sí presentó cambios importantes. Ahora estaba mucho más sucia que antes, aspecto que la señora Aria lamentó en sobre manera, sobre todo porque ella era la que mayor atención le prestaba en cuestiones de limpieza. Yanet, en cambio, solo se limitó a hacer gestos de desagrado en lo que pasaba uno de sus dedos sobre los barrotes de fierro que protegían las ventanas de la entrada, cubriéndolo enteramente de polvo.

Ya dentro, lo primero que hizo fue arrojarse sobre el sofá más grande de la sala y enfatizar que había olvidado lo cómodo que era. Su mamá, por otro lado, se apresuró en llegar a la cocina para servirse un poco de agua y dejar otro tanto hirviendo en una tetera. Pensó, luego, que ya era tiempo de una renovación total, incluso comentó que compraría pintura nueva para decorar la estancia. Aunque, remarcó que lo dejaría para el fin de semana. De momento, lo único que quería era descansar después de tan agotador viaje. La adolescente prometió que la ayudaría, aunque no le hizo nada de gracia tener que pasarse dos días enteros moviendo muebles de un lado a otro.




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