Su holomisor marcó las doce del mediodía, poco antes de descender de la carrera con la que se había desplazado desde su casa hasta los límites del distrito 13 de la ciudad de Amil.
La calle, cubierta de tierra y adornada por un tremendo descampado protegido por un enrejado de metal oxidado no le resultó para nada atractivo. Le costaba creer que ese sería el lugar en donde se reuniría con su mentor, Jorge Robles, después de tres largos meses de no verse. Pero ahí estaba él, de pie bajo la sombra de un puesto de comida avícola de dos pisos, vistiendo unos pantalones marrones que hacían juego con su camiseta gris pegada al cuerpo y sus botas de combate técnico. Todavía no se acostumbraba a verlo con otros atuendos que no fueran su armadura de combate o su uniforme reglamentario de la Guardia Civil de Melendi.
Verlo sonreír, hizo a Yanet muy feliz.
- Entonces… así están las cosas _expresó el ex gran caballero con evidente preocupación, dejando de lado la ración de torta helada que había ordenado segundos atrás.
- Si. Y eso me preocupa, maestro _contrario al adulto, la menor aún no había probado ni una pizca de su refresco de frutas_. La señora Flores no mentía cuando me dijo que Luciana no parecía ser la misma. Bueno, tampoco es como si la conociera mucho. Fue más por Sebastián que nos hicimos ligeramente cercanas después de que se amistaran. En ese entonces sonreía, con algo de nervios, pero demostraba tener más confianza de sí misma. En cambio, ahora… ¡Ay…! ¡No lo sé! ¡Explicarlo me resulta complicado!
- Tranquilízate, Yanet. Lo importante es que tu amiga ya despertó del coma y que podrá llevar sus sesiones de rehabilitación tranquila. Muy al margen de lo que pasó con, bueno… con Sebas… eso no quita que salvó la vida de mi sobrino en un momento crítico del atentado y siempre le estaré agradecido por eso. Es una pena que, al final, su sacrificio no haya servido de mucho. Imagino lo frustrante que debe ser eso para ella. Porque, te aseguro que ya lo ha pensado.
La aspirante a guardia civil lo escuchaba en silencio, siempre atenta a su manera de ver las cosas. Y, en efecto, el experimentado guerrero bendito dijo algo que, al menos hasta ese momento, no había considerado: la decepción de Luciana. El haber tenido que abrazar a la muerte y tenerla cerca de ella por tres largos meses, solo para terminar descubriendo que la persona a la cual protegió con su propia vida, al final, sí fue secuestrado por sus enemigos.
Aunque incógnitos, las sombras de Camus, Rita, Shane y de todos los rebeldes que conformaban Nuevo Amanecer seguían aferrados a ellos para hacer sus vidas miserables.
- ¿Todavía te cuesta hablar de lo que te pasó en el atentado? _Yanet no entendió su pregunta_. En una de las primeras cartas que me enviaste, me contaste que tuviste un par de pesadillas en el que el fallecido delincuente identificado como Sergio Dardo, mejor conocido como “big Serg”, abusaba de ti. Dime, ¿has vuelto a tener esos episodios? ¿O ya estas mejor?
Previo a su respuesta, el actual representante de la familia Robles leyó sus gestos faciales para identificar una posible mentira. Pero, lejos de ello, lo que en realidad vio en ella fue incomodidad.
- No necesito que sienta lástima de mí, maestro _cruzó los brazos con autoridad_. Puedo lidiar con lo que sea, creo que ya se lo he demostrado antes. Pero, respondiendo a su pregunta, tengo mis pesadillas controladas _respondió de forma tajante, presionando al ex gran caballero a darle la razón_. Mejor, hablemos de usted. ¿Cómo le ha ido estos meses? ¿Ya ha concedido alguna entrevista para los acosadores medios de comunicación?
El adulto vaciló sin previo aviso, teniendo incluso que cubrirse el rostro con sus brazos para evitar que la menor lo viera.
- ¡Me sales con cada cosa, niña! Definitivamente tienes el don de toda gran mujer, poder cambiar de tema de conversación en milésimas de segundos. Eso es bueno… hasta cierto punto _agregó_. Tienes razón, puedes lidiar con lo que sea. Solo ten en cuenta que, esta vez, el enemigo ya no tiene un arma en sus manos. Está aquí _apuntó a su cabeza_. Pero, bueno, respondiendo a tus dudas. ¿Qué te puedo decir? He estado mejor, la verdad. Las quemaduras… _observó con atención las suaves manchas que se extendían por sus brazos_... ya casi no se notan, gracias a Dios. Respecto a tu segunda pregunta, pues no. No pienso darles el gusto, no con todo lo que dicen de nosotros. Tratan el secuestro de Sebastián como si fuera el evento del año, las muertes de mis camaradas como un mero sacrificio sin importancia y a ti, como si fueras una soberbia a quien se le ha subido los aires de grandeza. ¡Es una estupidez!
Fruto de su enojo, el hombre de cabellera oscura y laterales ligeramente canosos pegó un golpetazo sobre la mesa con ambas manos, provocando que los utensilios temblaran con frenesí. Acción, que no pasó desapercibido por las meseras del local, quienes se mantuvieron vigilantes de sus acciones desde ese momento. Todas a excepción de una, quien solo se limitó a sonreírle.
- Perdón, me exalté _bramó Jorge, apenado.
- Me pasa todo el tiempo _volvió a percatarse en la adolescente. Le resultó bastante atractiva_. ¿La conoce?
- Algo así. Rodolfo y yo solíamos venir antes a este lugar después de un largo día de trabajo. A veces nos atendía. Supongo que ahora que soy mediático, querrá un autógrafo o algo por el estilo.
- ¿Y por qué no se lo da? No noto malicia en ella.